ExtraÃdo de: Historia Universal del Desánimo
Ciencia
Cuando el entró, ella ya estaba sentada en el fondo, con el cuerpo echado hacia adelante, apoyando los codos en la mesa, leía un libro. Había un cenicero, una colilla.
Pidió un americano, a él le parecía más elegante, más europeo, tomar espresso, pero la verdad prefería el americano. De la misma manera le hubiese gustado que Mahler le gustará. Fiel a su espíritu moderno, nunca había encontrado el menor placer en las prolijas morosidades del vienés.
El vió la hermosa cabellera hirsuta, las sandalias, el sweter ajustado que dejaba entrever la breve cintura, el busto.
Beatriz se había marchado hacia ya tantos meses que ahora podía recordarla casi sin dolor. Quizás en el fondo lo que más le dolía es que no había inspirado ni siquiera odio o desprecio en ella. Su presencia sólo se había resbalado por un período de su vida, como una gota resbala en un cristal para caer en el próximo. Indiferente.
Algo, que no acababa de ser una sonrisa le llego del fondo del café. Ahora ella sostenía el libro, a él le hubiese gustado que fuese un libro de Mallarmé o Rimbaud, quizás hasta Neruda, decepcionantemente, era Coelho. Hubo una sutileza de miradas, un inicio de preparativos.
Él ensayo un frase, alguna broma sobre los guerrero de la luz, una sonrisa. Estaba apunto de pararse...
Imagino la plática, el intercambio de números, de correos, alguno días pasarían, no parecer desesperado, una cena, regalo de libros, el sexo en el sofá, el desayuno.
Habría que esconder toda la pornografía que el desordenadamente tenía en casa: se había masturbado tan larga y plácidamente esa mañana. Tendría que terminar de pintar la cocina.
Imagino la primera vez que alguno fingiría un dolor de cabeza, la primera vez que uno encontraría un hábito irritante en el otro, la ropa interior usada que habría que recoger. Las manías. Las presentaciones familiares. El tedio y las formalidades de bautizos y bodas. Siempre habría algo que sacrificar, ¿qué es lo que el habría de sacrificar?
Ella fumaba, leía a Cohelo.
Sólo tenía un billete de 100 pesos. Lo puso en la mesa, la taza sobre él, sin esperar el vuelto salió hacia la avenida Juárez mientras un par de ojos sorprendidos lo seguían.
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