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Psicologia \ Adolescencia e intereses Este artículo ha sido consultado en 2,693 ocasiones. El problema de la transición de interéses en el adolescente
Los jóvenes hoy en día son unos tiranos. Contradicen a sus padres, Es imposible no ponderar la enorme importancia práctica que se deriva de la comprensión de la transición de intereses en la adolescencia. Este periodo de transición marca un momento crítico en el desarrollo de todas las personas. En teoría, después de pasar por este momento, surgirá un joven adulto, activo y consciente, listo para llevar a la práctica sus muy personales teorías de la felicidad y de la vida. Al hacerlo, enriquecerá y ensanchará las experiencias, logros y conocimientos del grupo social al que pertenece: se volverá un miembro útil y valioso de la sociedad, la cual ha gastado un sinnúmero de recursos en su formación. El periodo de transición señala el final de la adolescencia, y en muchas ocasiones conlleva el duelo sobre la personalidad adolescente perdida. Muchos sujetos en transición viven este periodo como una verdadera expulsión del paraíso y no es difícil adivinar el porqué. En el adolescente crecen y actúan varios aspectos psicológicos que influyen en el desarrollo del individuo. En primera instancia, la adolescencia se caracteriza por una mayor, y súbita, consciencia de sí mismo. Esta mayor consciencia deriva de las nuevas estructuras psicológicas que se desarrollan en el adolescente, sobre todo, la capacidad de abstraer los significados de los momentos particulares. Mientras que para el niño pequeño y el púber, la vida transcurre día a día y de forma contingente a su percepción inmediata, el adolescente ya puede pensar y planear en periodos prolongados de tiempo y espacio. Aparece, con plenitud, el hecho innegable de la muerte, el adolescente comprende que él morirá. Anteriormente, el niño pequeño sabía que la muerte existía, pero sólo aprehendía sus aspectos fisícos, conductuales. Ahora, por primera vez comprende la transcendencia abstracta del no ser. En la personalidad juvenil la sexualidad y la muerte conviven de manera muy cercana. Al mismo tiempo, al adolescente percibe por primera vez (y en ocasiones de forma exagerada) la importancia que el estatus tiene en la vida social. Este estatus es otorgado por el grupo concreto de conocidos y amigos que lo rodean. Tristemente, gran parte de los adolescentes se concentran en las marcas de ropa y calzado en pos de alcanzar un prestigio. No tener los Nike o la camiseta de moda provoca enorme angustia en la mente del adolescente. Muchas veces son los propios padres —los cuales poseen sus propios problemas de insatisfacción y baja autoestima—, los que heredan este poderoso "anhelo de posesión" a sus hijos. Es común observar en los centros comerciales como la madre le indica a su hija cual falda es la mejor mientrás el padre habla con su hijo sobre que automóvil le ganaría la admiración y la superioridad frente a los otros. Pero a diferencia de los padres, que sabe muy bien que esto es sólo un escape de weekend, el y sobre todo la adolescente creen realmente que estas aspiraciones de éxito y prestigio son alcanzables. Si a estos factores agregamos la falta total de experiencia y el revolucionado impulso vital —característico de este periodo de la vida— obtendremos una serie de factores socio-biológicos cuyo resultado visible es un delicioso y perenne fantaseo del adolescente volcado sobre sí mismo. En efecto, el adolescente utiliza sus funciones psicológicas recién adquiridas para colocarse como el héroe en una obra que el mismo crea y recrea de una manera desordenada. Este fantaseo (al que Freud llamó «fantaseos del super-Yo») se caracteriza precisamente por su falta total de relación con las condiciones objetivas en las que vive el adolescente. Por ejemplo, el fantaseador se imagina ganando el maratón olímpico, no importa que fume y que nunca entrene, o se imagina dando un gran concierto de rock, donde él es un requinto sensacional, no obstante que no sabe tocar ningún instrumento. En otras ocasiones se imagina ganando un concurso de belleza a pesar de saberse poco agraciada. No importa cual sea la situación, en su imaginación, el adolescente siempre es el ganador, el más rápido, el más apuesto, el más adinerado, en resumen, el más querido. Freud, a este respecto, escribió: Junto con esta imaginación desbordada, en el adolescente se presenta una necesidad casi compulsiva por admirar a alguien, por venerar ciegamente y sin condiciones. A este respecto André Guidé escribió el oficio de los jóvenes es idolatrar. En ocasiones el sujeto a admirar es alguien conocido, como puede ser el chico temido del barrio, o algún pariente rico. Pero la mayoría de las veces es alguien sobre el que recae cierto consenso social. Muchas veces el sujeto a admirar es propuesto por los medios masivos, ya sea este una estrella de rock, un basquetbolista o alguna actriz de telenovelas. Las menos de las veces se trata de grandes artistas como Shakespeare o Beethoven. Como sea, la cuestión principal en esta admiración desmedida radica en el hecho de que esta idolatría se practica en la pasividad, es decir, no provoca un intento real en el adolescente por seguir los pasos del sujeto de su adoración. Si admira a una actriz no intenta estudiar ningún arte dramático, si se trata de un futbolista no hace ningún intento por practicar ese deporte. De este modo, y hablando siempre en términos generales, el adolescente sobreejercita su mente con su fantasía inagotable, pero abandona su cuerpo, de esta manera muchas veces es llamado "holgazán" por los adultos que lo rodean y que no comprenden que el adolescente descubre el mundo, a su modo y a solas. Dejando de lado esta última observación, la sensación general de esta etapa de la vida es de bienestar y hasta de euforia, sensación que es acompañada por el sólido convencimiento de que "todo es posible". Es la época de los grandes planes, los cuales (de algún modo) se realizarán y el adolescente vencerá. Si le preguntásemos al adolescente los pasos concretos que seguirá para convertirse en eso que quiere ser (superestrella de rock o éxitosa conductora de televisión), levantaría los hombros y, quizás, nos miraría con profunda lástima. Para el adolescente todo los adultos —empezando por sus padres— son perdedores, personas vulgares y aburrias, y lo son por que no son excepcionales. En efecto, frente a estos fantaseos magníficos los adultos le presentan al adolescente un mundo ordinario y gris donde la organización social obliga a los individuos a seguir un rutina mediocre hasta alcanzar el retiro y la muerte. Así, no es de sorprender que algunos psicólogos hayan calificado a la etapa adolescente como la edad del porqué, pues el adolescente lo cuestiona todo, la política, el culto al dinero, el matrimonio, la religión, la obligación de tener hijos, es decir, la sociedad como tal. No nos causa sorpresar el comprobar que la cultura norteamericana haya hecho de este periodo un símbolo emblemático de la belleza y fuerza físicas, la pureza moral y el poder de los sueños. No sólo los norteamericanos, los griegos clásicos, los soviéticos y los nazis presentaron a la adolescencia como el mejor periodo de la vida. También en México se presenta esta fascinación por la adolescencia. Todos los adolescentes, no importa su aspecto físico, poseen un bono de simpatía con el resto de la gente, exceptuando, claro está, otros adolescentes. Se les tiene más paciencia, provocan más ternura, nada se les exige. Pero alrededor de los veinte años comienzan las primeras señales de que el bono se agota, hacia los veintitrés no queda nada de él. En esta etapa de la vida presentan los primeros contactos con una realidad que durante años se ha desdeñado y rechazado. Surge así el «periodo de transición», franqueado en un extremo por la adolescencia y por el otro por la joven adultez. Durante este periodo (en teoría) los sueños deben abandonar su ambiente estéril de invernadero para tomar la laboriosa ruta de los hechos concretos. Pero, ¿cuáles son los factores que llevan al individuo en transición a percatarse de que ha dejado de ser un adolescente?, no lo sabemos. Para muchos, es difícil aceptar el fin de esta etapa, surgiendo así, esa figura patética que vemos de vez en cuando a las puertas de la discoteca de moda, ese hombre de treinta y ocho años, el puer aeternus de Jung, vestido juvenilmente y soñando con ganarse un premio para adquirir un auto deportivo y, así, humillar de manera definitiva a sus vecinos. Sea como fuese, el hecho estadístico es que el paso de los sueños a los hechos termina en fracaso. Basta cuestionar a algunos pocas personas adultas sobre la realización de sus sueños adolescentes para percatarnos de que la gran mayoría no se cumplen. Ni siquiera parcialmente. Aquella chica que soñó con ser escritora famosa acabo siendo una aburrida secretaria, aquél de más allá, campeón de Wimbledon (en su imaginación) trabaja ahora vendiendo comestibles. Todos parecieran repetir con Homero Simpson: "Un segundo eres un joven lleno de sueños, al otro, un gordo y calvo sin futuro". A la luz de este escenario se nos presenta una ecuménica disyuntiva, por un lado, o la adolescencia es un estado semipatológico luego del cual las personas retoman la normalidad o bien, la mediocridad y la pereza gobiernan con copiosas huestes el mundo. Probablemente la verdad se encuentre en un punto medio entre estas dos afirmaciones. Sin embargo, la cuestió que quiero tocar aquí es ¿bajo qué condiciones las expectativas se traducen en trabajo hacia el objetivo? Es evidente que no existe ninguna posibilidad de cumplir todos los sueños adolescentes, pero también es evidente que bajo ciertas condiciones los interéses y objetivos vitales se traducen en procesos reales de actividad. Los cambios en la esfera motivacional del adolescente, que ocurren en la marcha de la actividad, son los que condicionan el paso a un nuevo nivel del desarrollo psíquico y estos cambios permanecen totalmente inexplicados. El número de vinculaciones exitosas entre los intereses y la actividad tiene un substancial impacto en la economía de un país y debido a esto, como ya señale anteriormente, comprenderlos guarda una enorme importancia tanto social como económica. Esto nos lleva a la necesidad de un estudio científico de la felicidad, que ya abordaremos en una próxima ocasión. Última actualización: 2007-04-29 10:57:00-05 |
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