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Aborto y conocimiento

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En estos días el semanario Enfoque del diario Reforma a publicado un dossier sobre el aborto, y en verdad, sería una lástima dejar pasar esta oportunidad para repasar los argumentos en pro y contra de esta espinosa y compleja cuestión. El aborto es uno de los mayores temas que se debaten y debatirán en América Latina durante los próximos años pues, —estoy convencido— es cuestión de tiempo para que en alguno de estos estados se despenalice el aborto.

El artículo en el que me gustaría centrarme es en el firmado por el director del Centro de Análisis Político (CAP); Bernardo Graue Toussaint. El artículo en cuestión se titula “Tortuguidad y humanidad”. En su artículo, Graue recuerda, y revive, pensamientos de Carlos Castillo Peraza, el cual hacia notar que la armada de México cuida los huevos que las tortugas marinas depositan en las playas mexicanas. Graue, siguiendo a Peraza, razona que estos huevos son cuidados porque se tiene la seguridad de que de ellos saldrán pequeñas tortugas, se reconoce así la “tortuguidad” del huevo: “la armada de México —escribe Graue— tiene total certeza de su esencia. Reconocen en ese huevo una tortuga en potencia.” Y más adelante: “por lo tanto merecen toda la protección del estado”.

Evidentemente, algo debe estar mal en el razonamiento Peraza-Graue. Si el reconocimiento de una “esencia” es la condición para la defensa a ultranza de la vida entonces en México debería estar prohibido comer carne, pues habría gente de la armada de México en todos los rastro del país cuidando la “pollosidad”, “conejidad” y “cerdosidad” de todos los animales que solemos comer. Al leer el artículo de Graue uno se pregunta; si la armada de México, la cual según Graue está tan versada en la discriminación de metafísicas esencias, defiende un huevo, ¿qué no hará por un becerro ya nacido?, ¿no deberían estar los marinos en las corridas de toros impidiendo, a bayoneta calada si es necesario, la muerte de animales inocentes?

De lo que no parece darse cuenta Grue es que los huevos de tortuga son protegidos por pragmáticas razones medioambientales: necesitamos a las tortugas. Y aquí el argumento muestra su doble filo: ¿si los huevos fecundados de tortuga son protegidos porque pertenecen a una especie escasa, los huevos fecundados del homo sapiens, una especie sobreabundante, no deberían de ser los menos preciosos?

Una de las diferencias entre la derecha y la izquierda es su visión de los individuos que conforman la sociedad. Para los analistas de derecha, las sociedades están conformadas en su gran mayoría, por una masa de holgazanes, cínicos e ignorantes cuya única posibilidad de convertirse en buenos ciudadanos radica en la creación de fuertes regulaciones jurídicas que les impidan entregarse a su deshonestidad y pereza naturales. La frase “Por una patria ordenada y generosa” revela este anhelo de ordenar el caos social bajo la uniformidad y “el bien común”. En efecto, el bien común es una de las banderas de los partidos de derecha y es una idea peligrosa pues contiene, de manera implícita, la suposición de que en el país no hay diversidad cultural, ideológica, sexual, religiosa. Es de suponer que la idea de bien común que promulga un anciano ultraconservador de Tijuana difiere substancialmente de la idea de bien común con el que sueña una joven lesbiana de Mérida. En realidad, los gobiernos deben limitarse a crear las condiciones económicas y jurídicas para que cada individuo busque su propia versión de la felicidad. Por ejemplo, un joven de dieciocho años, después de largos razonamientos, podría llegar a la irrevocable conclusión de que la única vida digna de vivirse es la de una heroinómano. Obviando el hecho de que la heroína es una substancia prohibida, es verdad que nosotros no podemos hacer nada para impedírselo. Podemos intentar convencerlo, argumentar razones, pero si él lo ha decidido así sólo podemos respetar su decisión, por mucho que nos duela y repugne.

Volviendo al tema del aborto es claro que la argumentación fundamental radica en el hecho de si debemos considerar a un conjunto de células indiferenciadas un ser humano. Los detractores del aborto han argüido durante años la noción de potencialidad, pues esas células son, potencialmente, un ser humano. Desde el principio la potencialidad fue un concepto confuso, el cual, al ser llevado al extremo, produce conclusiones inaceptables para el sentido común. Potencialmente cada mujer puede tener hasta treinta hijos en su periodo reproductivo, siguiendo la idea de la potencialidad, la mujer que se limita a tener sólo dos es una asesina implacable de veintiocho niños potenciales. Por supuesto, al introducir la noción de potencialidad en toda la esfera ética, la totalidad de las personas que habitamos este planeta nos convertimos en unos seres infames. Por ejemplo, en este momento, yo podría estar ayudando en una misión en Centroamérica y no en mi estudio, tomando café con galletas. La gente no debería de gastar en autos ni tintes de cabello, pues, potencialmente ese dinero podría haber sido donado a la lucha contra el cáncer.

Pero más allá de las reductia ad absurdum, la idea de potencialidad ha naufragado por el reciente hecho de la clonación. Después de Dolly es lícito decir que cada una de nuestras células podría ser un ser humano y si aceptamos la idea de la potencialidad de las células en el útero también debemos concluir que cada vez que matamos células, (como hacemos al lavarnos los dientes) estamos matando seres humanos.

De este modo, pareciera evidente que la controversia contra el aborto debería ser resuelta por argumentos científicos, pero los defensores “pro-vida”, previendo que la ciencia nos los favorecerá concluyen que no es así. A este respecto Alfonso Ruíz Miguel escribe:

“La objeción clave aquí contra el argumento naturalista es que la ética, los criterios morales, que son los que están en juego cuando hablamos de la personalidad humana, no son ni pueden ser meramente una cuestión de hecho o científica, sino de valor, de actitud hacia la realidad, pues la ética nos dice lo que debe ser, no lo que es.

Claramente Ruíz, como la mayoría de los moralistas, divide los bueno de lo verdadero, como si lo uno y los otro pertenecieran a esferas diferente e incomunicadas. Este párrafo, es doblemente defectuoso.

Por un lado Ruíz no parece darse cuenta de que la ética trata sobre las leyes de la conducta, no de las conductas como tales. Durante mil cuatrocientos millones de años en este planeta pasaron muchas cosas, hubo multitud de muertes violentas y luchas dispares en las que uno de los participantes no tenía posibilidad real de ganar. Sin embargo, durante todo esos eones, nunca hubo nada parecido a un acto cruel. Sólo hasta hace algunos miles de años se dio en este zona del universo el primer acto inmoral. La mismo pasa con el resto de las ciencias, no es suficiente que haya gases para que exista una química de los gases. Yo sostengo, —a diferencia de Ruíz—, que la ética es una rama de la ciencia y que no es posible saber qué es bueno si antes no sabemos qué puede ser verdadero. Durante siglos en Europa se aconsejo a los jóvenes “inquietos”los baños de agua fría como remedio contra la lujuria, hoy sabemos que el agua helada estimula el apetito sexual. Sin duda los consejos eran de muy buena fe, pero estaban basados en la ignorancia.

Por otro lado las personas, al escuchar sobre las razones de la ética, es decir, sobre lo que deben y no deben hacer, quieren un porqué, y sólo se sentirán tranquilas si se les informe una razón que consideren suficiente para seguir la la ley ética que se les propone. Si una persona nos pregunta “¿porque hemos de aumentar el impuesto al tabaco?” les responderemos “Porque las enfermedades derivadas del tabaco aumenta en 13% los gastos médicos del IMSS”. La mayoría de la gente quedará satisfecha. Pero sin el conocimiento científico hubiese sido imposible llegar a esa conclusión pues las compañías cigarreras argumentarían que no había pruebas sólidas que relacionasen el tabaco con el cáncer de pulmón. Así pues, sin la ciencia es imposible construir leyes ética que nos digan cómo debería de conducirse el ser humano.

Dejando en claro esta cuestión, no preguntamos; ¿qué dice la ciencia del aborto?. Como ya vimos, la potencialidad no es suficiente para llamar a un grupo de células un ser humano. Tampoco la humanidad de esas células. Lo que dice la ciencia es que un ser humano es sobre todo, un sistema nervioso. Cuando el cerebro de una persona, tras un accidente, deja de funcionar los médicos están de acuerdo en que aún hay vida biológica, pero la persona en sí, ya ha muerto. Las funciones pueden mantenerse indefinidamente, incluso por décadas. Nadie llamaría a la desconexión de ese cuerpo un homicidio. De la misma manera la interrupción de un embarazo de unas pocas semanas no se puede llamar homicidio. Sin embargo no niego, —que bajo cierta condiciones—, el aborto podría ser un crimen.


Última actualización: 2007-04-29 10:56:59-05



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