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Períodos Críticos

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Períodos críticos

Aprendizaje

Junto con las necesidades de exploración, la psicología, apoyada por la biología, establece períodos críticos en el proceso de aprendizaje. “Los períodos críticos son periodos del desarrollo caracterizados por el hecho de que durante, y sólo durante ellos, los animales, incluyendo al ser humano, pueden adquirir unas características, conductas o capacidades específicas, estos periodos son también conocidos como periodos sensibles“ (Bruer). Un ejemplo clásico es el fenómeno de impronta, descubierto por Konrad Lorenz, el famoso etólogo austríaco. Lorenz notó, que al momento de salir del cascaron, las crías de oca seguían a cualquier objeto grande y en movimiento que observaran y que era muy difícil que los polluelos transfirieran su “afecto” a otro objeto, incluso si este nuevo objeto era su verdadera madre. Luego de dos días de nacidos, la tendencia a adquirir una impronta por parte de los polluelos desaparece. Lorenz identifico un periodo crítico en el desarrollo de las ocas y concluyo que este mecanismo poseía un valor evolutivo para la supervivencia de la especie.

En los años sesentas los investigadores Hubel y Wiesel identificaron un periodo crítico, pero esta vez en los gatos. Estos investigadores impidieron que uno de los ojos de un grupo de gatitos recibiese luz durante los tres primeros meses de vida. Luego de este periodo los gatitos nunca pudieron recuperar la visión en ese ojo. Las investigaciones de Hubel y Wiesel, —por las cuales recibieron el premio Nobel en 1981—, resaltan la importancia de las primeras experiencias y su impacto en los procesos de aprendizaje a largo del desarrollo.

Los registros clínicos nos permiten identificar la existencia de periodos críticos en el ser humano. Al igual que en los gatos, los niños que desarrollan cataratas a una edad temprana pueden ver atrofiado su sistemas visual de una manera mucho más profunda —e incluso irreversible— que un niño con cataratas de más edad. Además de la visión y probablemente otra funciones perceptivas, el ser humano posee un periodo crítico lingüístico delimitado (al parecer) por los once años de edad. Si luego de ese tiempo al niño no se le ha suministrado la estimulación socio-lingüística necesaria, ya nunca podrá dominar la gramática de un idioma. Los periodos críticos parecen ser una astuta respuesta de la evolución, al dilema de "tender el cableado" neurológico por medio del gen o por medio de la experiencia. El periodo crítico es una poderosa y flexible combinación de ambos métodos. El cableado de nuestro cerebro (para usar una vez más el símil de la central telefónica que se encuentra ampliamente difundido en la literatura del tema), está mayormente definido por la naturaleza, pero existen ciertas capacidades psicológicas que parecen construirse mejor si la naturaleza y la experiencia trabajan conjuntamente. El cerebro da el material de construcción pero es el ser-en-el-mundo el que aporta el plano de la edificación.

Períodos críticos en el lenguaje

El desarrollo del lenguaje, un periodo crítico en humanos Muchos animales se comunican por medio de vocalizaciones, sin embargo, la gran mayoría de las vocalizaciones animales están basadas en el instinto y no requieren el aprendizaje del individuo. Por ejemplo, en ciertas especies de aves, los machos despliegan toda la gama de cantos de la especie aún cuando hayan crecido aislado de otros individuos. En contraste, los niños humanos necesitan una larga y rica experiencia para que desarrollen las capacidad de comunicarse. La experiencia lingüística no sólo debe ser prolongada y compleja sino que debe realizarse a una edad determinada en la vida del niño. La necesidad de escuchar y emitir sonidos en ciertos periodo se hace evidente cuando se comparan los niños normales con niños con sordera congénita. Mientras la mayoría de los bebés comienzan a producir balbuceo a partir de los siete meses, los niños sordos no la producen y no tienden a producirlo a menos que los sonidos de los adultos sean remplazados por otro medios simbólicos. Sin embargo si los niños con sordera son expuesto a otro símbolos (como el de las manos) a una edad temprana (alrededor de los seis meses) comienzan a "balbucear" con las manos. Esto sugiere que la actividad lingüística es independiente de la modalidad por la cual se adquiera, la importancia radica en la introducción de símbolos y en la interacción del niño con los adultos. Los niños que pierden la audición antes de la pubertad también muestran una declinación importante en su lenguaje hablado, presumiblemente debido a que al no poder escucharse a sí mismos, no pueden establecer el ciclo de retroalimentación que les permita corregir sus errores e incrementar sus habilidades.

Ejemplos de patologías que impidieron la exposición del niño a una cantidad substancial de estimulación lingüística, confirman la importancia de ciertos periodos en el desarrollo del habla. En un caso bien documentado, una niña llegó a la edad de trece años con una situación casi absoluta de privación de lenguaje a causa de las psicopatologías de sus padres. A pesar del intenso entrenamiento al que subsecuentemente se realizo con ella, nunca llegó a poseer más que un zafio manejo del lenguaje. Este y otro caso de “niños silvestres” demuestran al importancia que posee la edad temprana en el desarrollo de ciertas funciones psicológicas. En contraste con los devastadores efectos que acarrea la falta de estimulación lingüística, los adultos mantiene intactas sus habilidades de comprender y generar lenguaje incluso si pasan años sin oír o hablar. Resumiendo: la adquisición normal del lenguaje en los humanos está sujeto a un periodo crítico que está comprendido entre el primer y el quinto año de edad.

También la forma de hablar y de escuchar es afectada por la experiencia temprana. Cada lenguaje humano está compuesto por partículas de voz llamadas “fonemas”, (como "ca" o "ma" en español). Todos los niños humanos pueden diferenciar entre todos los fonemas hablados en el mundo, pero esa capacidad se pierden con el tiempo. Los adultos japoneses no pueden distinguir entre los fonemas que inician con r y l del español, probablemente porque la r no está presente en el japonés. No obstante, los niños japoneses de 4 meses que han crecido en un hogar donde se habla español, pueden hacer esta distinción sin problemas. A los 6 meses de edad los niños muestran una preferencia clara a los fonemas nativos de su lenguaje y al final del primer año ya no responden a fonemas no nativos a su lengua madre, esto es debido, al menos en parte, a los adultos, los cuales al “hablar” con el neonato enfatizan mucho más los sonidos típicos del lenguaje que cuando hablan entre adultos . La habilidad para entender fonemas extranjeros permanece por años más, como lo muestra el hecho de que los niños menores a siete años pueden aprender un segundo idioma sin acento y con una fluidez equiparable a los hablantes nativos. Después de esta edad, la habilidad declina gradualmente sin importar cuan extensa sea la practica. La prosodia es lo primero que se adquiere y lo último que se pierde.

Ciertas modificaciones en el cerebro podrían explicar estas observaciones. La máxima de la neuropsicología que reza “circuito que no se usa, se pierde” explican el porque los fonemas que se practican crecen y se cristalizan mientras otros desaparecen. pero la explicación no es tan sencilla. Cuando un niño aprende un segundo idioma no desarrolla dos grupos separados de conexiones para entender dos grupos de fonemas, en lugar de ello el cerebro agrupa los fonemas similares de ambos idiomas y los utiliza como si fueran instancias particulares de una clase.


Última actualización: 2007-04-29 10:57:00-05



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