 Emacs como IDE para CakePHP aarkerio La Negación del Viaje Lunar tonathiu Porque los mononeurones si tenemos madre! blacksoul BrunoFerías thot The Art vendaval Aclimatación extraterrestre ¿para qué? ahuramazdah ¿A que le tienes miedo? teosho Sobre nazis, terror y medios tonathiu Amenazas a la cuarta dimensión ¿de veras? ahuramazdah Tarjeta Broadcom BCM94311MCG rev 02 teosho
Noticias más votadas
Pidiendo OpenSolaris 2008.5 vendaval Sospechosismo aarkerio Slackware 12.1 Final vendaval Jaime Maussan da por auténtico video trucado del chupacabras hecho en Blender 3D asarch Linux hot girl aarkerio Calderón puede ser sujeto a juicio político, sostiene Carrancá tonathiu La desnutrición en México aarkerio Sistema Infalible ordbal Histórico aarkerio Nietzsche en la FCPyS aarkerio
Secciones
Jedit: programmer editor

|
GNU/Linux \ En el principio... fue la línea de comandos En el principio... fue la línea de comandos
Este artículo ha sido consultado en 1,728 ocasiones. En el principio... fue la línea de comandos
Neal Stephenson
1999
Índice
Presentación
Hace años que los fabricantes de sistemas operativos --como
Microsoft o Apple-- dedican ingentes recursos a ocultar cómo
funcionan realmente los ordenadores, se supone que con la idea de
simplificar su uso. Para ello, algunos de sus mejores ingenieros han
inventado toda clase de metáforas visuales e interfaces
gráficas, lo cual ha permitido que mucha gente se acerque a
los ordenadores personales sin sentir pánico o sin provocar
grandes gastos de formación de personal a sus empresas. Pero,
lamentablemente, construir ese muro de metáforas en forma de
interfaz gráfica entre el ordenador y el usuario (conocida
como GUI) ha tenido un coste social y cultural
muy notable, al contribuir decisivamente a que la tecnología
que subyace al ordenador se perciba como algo mágico, sin
conexión alguna entre causas y efectos, recubriendo de un
formidable manto de ignorancia todo lo que realmente sucede.
Eso ha propiciado estrategias comerciales basadas en el engaño
y la trampa,1
cuando no abiertamente delictivas2
y explica que productos muy deficientes, como el propio Windows, sean
consumidos masivamente y tolerados por el gran público, que
soporta resignadamente una mercancía plagada de errores y sin
garantía real alguna, que acepta las pérdidas
de datos, los virus, las vulnerabilidades, el control sobre su
intimidad y toda clase de errores inesperados como algo natural,
inherente al propio ordenador, y no al sistema operativo que lo hace
funcionar. El último --y gravísimo-- atropello
planificado por parte del principal constructor de interfaces
amigables tiene el nombre de TCPA/Palladium y pretende
universalizar el software propietario con código malicioso
incorporado. Hoy son las empresas las que «legislan» de
facto mediante la tecnología y, de imponerse dicho sistema
--una auténtica conspiración de Microsoft e Intel
contra libertades básicas de las personas--, permitiría
realmente la censura remota, la intrusión y el
control de los ordenadores personales por parte de las corporaciones
multimedia y de los gobiernos, a espaldas del usuario y sin su
consentimiento.
La «cultura de la interfaz» se ha impuesto, pero para
llegar a ese punto ha hecho falta un largo recorrido salpicado de
guerras no declaradas, una auténtica «lucha de clases en
el escritorio» que nos ha llevado desde la línea de
comandos hasta las vistosas interfaces gráficas actuales. Es
precisamente esa historia la que nos narra, de forma amena y
desenfada, Neal Stephenson, autor por cierto de algunas de las
mejores novelas de ciencia-ficción de la última década,
tales como Snow Crash y Criptonomicón.
Existe una comunidad, una cultura
compartida, de programadores expertos y gurús de redes, cuya
historia se puede rastrear décadas atrás, hasta las
primeras minicomputadoras de tiempo compartido y los primigenios
experimentos de Arpanet. Los miembros de esta cultura acuñaron
el término hacker. Los hackers construyeron la
Internet. Los hackers hicieron del sistema operativo Unix lo que es
en la actualidad. Los hackers hacen andar Usenet. Los hackers hacen
que funcione la WWW.3
El heredero de esa cultura es el movimiento del software libre, y
su buque insignia: GNU/Linux. En ese ámbito sigue muy viva la
interfaz de línea de comandos de la que nos habla Stephenson.
Tal circunstancia no responde a ninguna clase de nostalgia o
excentricidad, ni se debe solo a una decisión técnica,
sino política, pues con ello se ha mantenido intactos el poder
y la capacidad de decisión del usuario sobre lo que hace su
máquina. Es de esta historia, no muy conocida fuera del ámbito
hacker, sobre la que nos ilustra EN EL PRINCIPIO...
FUE LA LÍNEA DE COMANDOS. La obra que
presentamos constituye un ensayo sobre el pasado y el futuro de los
ordenadores personales, un recorrido personal y subjetivo --pero no
por ello menos preciso-- a través de la evolución de
los sistemas operativos que el autor ha conocido --Windows, MacOS,
Linux, BeOS-- y de la actitud que han representado a lo largo del
tiempo cada uno de estos en el uso y el tipo de usuario a los que ha
dado lugar. No es un libro que trate de evaluar o comparar
técnicamente las prestaciones de los distintos sistemas operativos, ni que aborde la típica (y artificiosa) controversia entre usuarios de Mac y de Windows. De hecho, Stephenson
sitúa correctamente en el mismo plano a Apple y a Microsoft,
como dos caras de la misma moneda: tal y como no hay diferencia
cualitativa entre un fabricante de ferraris y otro de ladas (por
mucho que estética e incluso funcionalmente no haya
comparación posible), tampoco la hay entre Redmond y
Cupertino: ambos gigantes representan un modelo basado en el código
cerrado, en la restricción y la apropiación de las
fuentes del conocimiento y en la venta de licencias.
La alternativa al software propietario no es otro software
propietario que funcione mejor o sea más vistoso, o nos salga
gratis, sino un modelo de desarrollo y uso del software que devuelva
a los usuarios de ordenadores el poder y la libertad que han ido
perdiendo a lo largo del tiempo o, aún más, que permita
a los usuarios autoorganizarse para ello: ese, y no otro, es el valor
del software libre, mucho más que sus excelencias técnicas,
las cuales, siendo indiscutibles, no dejan de ser un hecho
circunstancial. ¿Y qué es lo que caracteriza pues al
software libre? el permiso de copiar, modificar y redistribuir el
código (incluyendo su venta), con una única restricción
que se puede sintetizar con el título del himno de Caetano
Veloso y del Mayo francés: «prohibido prohibir», y
que los hackers comprimen aún más llamándolo
«copyleft». Esto no es una simple utopía de
informáticos libertarios, sino la columna vertebral de
Internet (más del 60% de los servidores web se basan en un
software libre llamado Apache), el modelo de negocio de numerosas
empresas y el sistema que usan ya más de veinte millones de
personas en sus ordenadores.
Esta obra sin duda supondrá un punto de vista novedoso para el usuario no especializado, pues le descubrirá de modo ameno un mundo que no es el que le han contado en las revistas de
informática, ni en los rutilantes anuncios de las grandes
compañías de software propietario, que prometen
facilidad de uso a cambio de aceptar la entrega ciega e incondicional
a sus productos. Neal Stephenson muestra que no es oro todo lo que
reluce debajo de esas metáforas visuales y esos vistosos y (se
supone) intuitivos escritorios, que se han impuesto a costa de un
ejercicio tramposo de idealización equivalente a las películas
de Walt Disney.
Hay que hacer una pequeña aclaración en cuanto a la excelente traducción de Asunción Álvarez. En el texto aparece a menudo «software gratis» como traducción
castellana de free software. En inglés, el término
free es polisémico, y puede significar tanto libre
como gratis. Sin embargo, free software, referido
al movimiento que abandera GNU/Linux, se emplea siempre en
el sentido de libertad, no de precio, y debe traducirse como
«software libre». Pero Stephenson usa muchas veces a lo
largo del texto free en un sentido inequívoco que
indica gratuidad y por supuesto la traductora ha respetado dicho
sentido. Cuando el autor quiere referirse a «software libre»
opta por la denominación open source («fuente
abierta»). El software libre es libre incluso para ser vendido.
Que el software se pueda copiar sin restricciones hace que tienda a
llegar al usuario a coste cero, lo cual es distinto a que no haya
costado nada producirlo o a que alguien no haya pagado por su
desarrollo: la gratuidad, cuando se da, es una consecuencia del
modelo de libre copia, no su razón de ser.4
Para elaborar este libro se ha empleado únicamente software
libre, en concreto el sistema de composición de textos LATEX,5
el editor GNU Emacs y el corrector Ispell,6
con los que se ha controlado todo el proceso hasta la salida final en
un fichero «postscript» para la imprenta. Tenemos el
empeño explícito por mostrar con hechos que el
resultado de la maquetación con herramientas libres es incluso
superior que el que se obtiene con los carísimos programas
comerciales que se utilizan en la composición de libros en
papel. Tampoco se ha usado interfaz gráfica: todo el proceso
se ha realizado sin efectuar un solo click de ratón desde una
terminal de línea de comandos (GNU bash). Una versión
digital de este libro, libremente reproducible para uso personal,
puede encontrarse en la Biblioweb de sinDominio.7
Solo nos queda agradecer la cesión de la traducción
a Asunción Álvarez y ciberpunk.org, en cuyo sitio se encuentra otra versión en línea de este ensayo.8También deseamos que conste nuestro agradecimiento a Pedro Jorge Romero, por permitirnos reproducir la reseña que hizo para el Archivo de Nessus.9
MIQUEL
VIDAL miquel@sindominio.ne
Prólogo 
Aparte de escribir buenas novelas de ciencia ficción (o
cómo se llame lo que hace), Neal Stephenson tiene otra faceta
más periodística. No está tan marcada como la de
Bruce Sterling, quien ha dedicado muchos esfuerzos a informar desde
cinco minutos en el futuro, pero es muy interesante, centrándose
sobre todo en el mundo de la informática y las tecnologías
avanzadas de comunicación. Y aquí es donde Neal
Stephenson gana a muchos de los que tratan esos temas: él
realmente entiende el fundamento técnico. No es que sus
comentarios sean análisis secos de posibilidades tecnológicas,
más bien todo lo contrario. Son piezas llenas de opiniones,
subjetivas y claramente escritas por una persona en concreto, pero
una persona cuya opinión merece tenerse en cuenta porque
demuestra conocer bien el campo sobre el que escribe.
Un buen ejemplo es este libro dedicado a los sistemas operativos. EN EL PRINCIPIO... FUE LA LÍNEA DE COMANDOS es una combinación de historia del software, discusión sobre la progresiva ocultación de la realidad tras una «interfaz» cada vez más bonita, meditación sobre el sentido de la vida, diario de los problemas de enfrentarse a varios sistemas operativos diferentes, canto nostálgico a los días en que las cosas se hacían como debían hacerse y, un poco, defensa de los muy masculinos
valores de la potencia y el control. Todo empieza con una analogía: los sistemas operativos son como los coches. La compañía Microsoft empezó vendiendo bicicletas motorizadas (MS-DOS),
luego pasó a producir una actualización (el Windows
original) que permitía a la bicicleta ir más rápido.
Y finalmente, produce un coche, no demasiado bonito, que pierde mucho
aceite pero que la gente compra mucho. La otra compañía,
Apple, vende unos coches muy cómodos, fáciles de usar,
pero que vienen herméticamente cerrados de forma que es
imposible saber qué hay en su interior. BeOS vende coches de
alta tecnologías, hermosos, con gran estilo y capaces de
volar, ir por el agua o hacer lo que uno quiera, y más baratos
que la competencia. Y por último tenemos algo que no es ni
siquiera una compañía, sino más bien un
campamento de refugiados, lleno de voluntarios de gran talento, que
produce tanques. Sí, tanques. Tan buenos, que nunca se rompen,
fáciles de maniobrar, que consumen el mismo combustible que un
coche, están fabricados con la última tecnología
y, lo mejor de todo, son gratuitos. A medida que uno de esos tanques
Linux, ¿no lo habían adivinado?, se termina, se deja en
la calle y cualquiera puede llevárselo.
A partir de ahí, Neal Stephenson construye un discurso en el que explica el valor real de una compañía de sistemas operativos (ninguno; su valor sólo está en la cabeza de los clientes que, como Mulder, «quieren creer»), analiza la necesidad de la sociedad americana (y por extensión,
el resto del mundo) de ocultar la complejidad tras unos bonitos botones, y discute los muchos problemas de instalar Linux. Y cuando uno sospechaba que está a punto de defender los valores de las herramientas para hombres (después de comparar a Linux con un, maravilloso en su experiencia, taladro industrial) se descuelga con una afirmación sorprendente para un hacker: el mejor sistema operativo sería aquel que combinase la potencia con una buena
interfaz gráfica. Es decir, uno que te dejase la posibilidad de abrir una ventana a la línea de comando. Es decir, BeOS.
Porque la línea de comando es la mejor forma de relacionarse con el mundo. La línea de comando es lo que te permite acceder a la realidad fundamental. Seguro que dios cuando
creo el universo lo hizo como un hacker delante de la pantalla de su
ordenador tecleando crípticos comandos para crear universos.
¿Son 150 páginas de un discurso laberíntico? Muy posiblemente. ¿Tiene razón en lo que dice? En buena parte. ¿Se va por las ramas? Ciertamente. ¿Es
apasionante de leer? Puedes apostarlo. Porque EN EL
PRINCIPIO... FUE LA LÍNEA DE COMANDOS
está escrito con pasión, y por un autor que sabe
utilizar atrevidas metáforas y brillantes imágenes, que
a cada página puede sorprender con una observación
inteligente o un dato interesante. Cuando terminas, te quedas con el
inexplicable deseo de instalar BeOS en tu ordenador. Lo que puede
resumirse diciendo que es otro buen libro de Neal Stephenson.
PEDRO JORGE ROMERO
Introducción 
HACE UNOS VEINTE AÑOS, a Jobs y
Wozniak, los fundadores de Apple, se les ocurrió la muy
extraña idea de vender máquinas de procesamiento de
información para uso doméstico. El negocio despegó,
sus fundadores hicieron un montón de dinero y recibieron el
crédito que merecían como osados visionarios. Pero en
esa misma época, a Bill Gates y Paul Allen se les ocurrió
una idea todavía más extraña y fantasiosa:
vender sistemas operativos de ordenador. Esto era mucho más
extraño que la idea de Jobs y Wozniak. Un ordenador por lo
menos tenía cierta realidad física. Venía en una
caja, podía abrirse y enchufarse y se podía ver cómo
parpadeaban las luces. Un sistema operativo no tenía ninguna
encarnación tangible. Venía en un disco, claro, pero el
disco no era, a todos los efectos, más que la caja que
contenía el sistema operativo. El producto mismo era una serie
muy larga de unos y ceros que, cuando se instalaba y se cuidaba bien,
te daba la capacidad de manipular otras series muy largas de unos y
ceros. Incluso los pocos que de hecho comprendían qué
era un sistema operativo de ordenador posiblemente pensaban en ello
como un prodigio increíblemente complicado de la ingeniería,
como un reactor o un avión espía U-2, y no algo que pudiera llegar a ser (en la jerga de la alta tecnología) productizado.
Pero ahora la compañía que fundaron Gates y Allen
vende sistemas operativos como Gillette vende hojas de afeitar. Se
lanzan nuevas versiones de sistemas operativos como si fueran
películas de Hollywood, con el respaldo de celebridades,
apariciones en talk shows y giras mundiales. Su mercado es lo
bastante vasto como para que la gente se preocupe de si ha sido
monopolizado por una compañía. Incluso los menos
inclinados a la técnica de nuestra sociedad tienen ahora al
menos una idea nebulosa de lo que hacen los sistemas operativos; lo
que es más, tienen opiniones sólidas sobre sus méritos
relativos. Es ya un conocimiento compartido el que, si tienes un
programa que funciona en tu Macintosh y lo pasas a una máquina
Windows, no funciona. Esto sería, de hecho, un error risible e
idiota, como clavar herraduras en las ruedas de un coche.
Una persona que entrara en coma antes de la fundación de
Microsoft y despertara hoy, tomaría el New York Times
de esta mañana y no entendería nada --o casi:
Ítem: el hombre más rico del
mundo hizo su fortuna a partir de ¿qué? ¿ferrocarriles?
¿buques? ¿petróleo? No, sistemas operativos.
Ítem: el Departamento de Justicia está investigando
el supuesto monopolio en sistemas operativos de Microsoft con
herramientas legales que se inventaron para restringir el poder de
los jefes de bandas de ladrones del siglo XIX.
Ítem: una amiga mía me contó recientemente
que había interrumpido un (hasta entonces) estimulante
intercambio de e-mails con un joven. «Al principio parecía
un tipo tan inteligente e interesante --dijo-- pero luego empezó
a ponerse en plan ``PC-contra-Mac''.»
¿Qué diablos está pasando aquí? Y
¿tiene futuro el negocio de los sistemas operativos, o sólo
pasado? Lo que sigue es mi opinión, que es completamente
subjetiva; pero, dado que me he pasado bastante tiempo, no sólo
usando, sino programando en Macintosh, Windows, Linux y BeOS, tal vez
no sea tan desinformada como para carecer por completo de valor. Este
es un ensayo subjetivo, más crítica que artículo
de investigación, y puede parecer injusto o sesgado comparado
con lo que se puede encontrar en las revistas de PC.
Pero, desde que salió el Mac, nuestros sistemas operativos
están basados en metáforas, y, por lo que a mí
respecta, es legítimo cuestionar cualquier cosa con metáforas
dentro.
Descapotables, tanques y batmóviles 
EN LA ÉPOCA EN QUE JOBS,
Wozniak, Gates y Allen estaban soñando estos planes inverosímiles, yo era un adolescente que vivía en Ames, Iowa. El padre de uno de mis amigos tenía un viejo MGB
descapotable1
oxidándose en el garaje. A veces conseguía que
arrancara y cuando lo hacía nos llevaba a dar una vuelta por
el barrio, con una expresión memorable de salvaje entusiasmo
juvenil en la cara; para sus preocupados pasajeros era un loco,
tosiendo y renqueando por Ames, Iowa, y tragándose el polvo de
oxidados Gremlins y Pintos, pero en su propia imaginación era
Dustin Hoffman cruzando el Puente de la Bahía con el cabello
al viento.
Mirando atrás, esto me reveló dos cosas acerca de la
relación de las personas con la tecnología. Una fue que
el romanticismo y la imagen influyen mucho sobre su opinión.
Si lo dudan (y tienen un montón de tiempo libre), pregúntenle
a cualquiera que tenga un Macintosh y que por ello imagina ser
miembro de una minoría oprimida.
El otro punto, algo más sutil, fue que la interfaz es muy
importante. Claro que aquel MGB era un coche
malísimo en casi cualquier aspecto importante: pesado, poco
fiable, poco potente. Pero era divertido conducirlo. Respondía.
Cada guijarro de la carretera se sentía en los huesos, cada
matiz en el asfalto se transmitía instantáneamente a
las manos del conductor. Podía escuchar el motor y saber qué
fallaba. El volante respondía inmediatamente a las órdenes
de las manos. Para nosotros, los pasajeros, era un ejercicio fútil
de no ir a ningún lado --más o menos tan interesante
como mirar por encima del hombro de alguien que introduce números
en una hoja de cálculo--. Pero para el conductor era una
experiencia. Durante un breve tiempo, estaba expandiendo su cuerpo y
sus sentidos en un ámbito más amplio, y haciendo cosas
que no podía hacer sin ayuda.
La analogía entre coches y sistemas operativos es bastante
buena, así que permítanme seguir con ella durante un
rato como modo de dar un resumen sumario de nuestra situación
hoy en día.
Imagínense un cruce de carreteras donde hay cuatro puntos
de venta de coches. Uno de ellos (Microsoft) es mucho, mucho mayor
que los demás. Comenzó hace años vendiendo
bicicletas de tres velocidades (MS-DOS); no eran
perfectas, pero funcionaban y, cuando se rompían, se
arreglaban fácilmente.
Enfrente estaba la tienda de bicicletas rival (Apple), que un día
empezó a vender vehículos motorizados: coches caros,
pero de estilo atractivo, con los mecanismos herméticamente
sellados, de tal modo que su funcionamiento era algo misterioso.
La tienda grande respondió apresurándose a sacar un
kit de actualización (el Windows original) al mercado. Se
trataba de un dispositivo que, cuando se atornillaba a una bicicleta
de tres velocidades, le permitía seguir, a duras penas, el
ritmo de los coches Apple. Los usuarios tenían que usar gafas
de protección y siempre estaban sacándose bichos de los
dientes,2
mientras los usuarios de Apple corrían en su confort
herméticamente sellado, burlándose por las ventanillas.
Pero los Micro-motopedales eran baratos, y fáciles de reparar
comparados con los coches Apple, y su cuota de mercado creció.
Al final la tienda grande acabó por sacar un coche en toda
regla: un monovolumen colosal (Windows 95). Tenía el encanto
estético de un bloque soviético de viviendas para
obreros, perdía aceite y le estallaban las bujías, pero
fue un éxito tremendo. Poco tiempo después, sacaron
también un enorme vehículo para la circulación
fuera de carretera destinado a usuarios industriales (Windows NT),
que no era más bonito que el monovolumen, y sólo algo
más fiable.
Desde entonces ha habido un montón de ruido y gritos, pero
poco ha cambiado. La tienda pequeña sigue vendiendo elegantes
sedanes de estilo europeo y gastándose mucho dinero en
campañas publicitarias. Tienen carteles de «¡LIQUIDACIÓN!»
puestos en el escaparate desde hace tanto tiempo que ya están
amarillos y arrugados. La tienda grande sigue fabricando
monovolúmenes y vehículos de circulación fuera
de carretera cada vez más grandes.
Al otro lado de la carretera hay dos competidores que llegaron más
recientemente. Uno de ellos, (Be, Inc.) vende batmóviles
plenamente operativos (los BeOS). Son más bonitos y elegantes
incluso que los eurosedanes, mejor diseñados, más
avanzados tecnológicamente y al menos tan fiables como
cualquier otra cosa en el mercado: y sin embargo son más
baratos que los demás.
Con una excepción, claro: Linux, que está enfrente
mismo, y que no es un negocio en absoluto. Es un conjunto de tiendas
de campaña, yurtas, tipis y cúpulas geodésicas
levantadas en un prado y organizadas por consenso. La gente que vive
allí fabrica tanques. No son como los anticuados tanques
soviéticos de hierro forjado; son más parecidos a los
tanques M1 del ejército estadounidense, hechos de materiales
de la era espacial y llenos de sofisticada tecnología de
arriba abajo. Pero son mejores que los tanques del ejército.
Han sido modificados de tal modo que nunca, nunca se averían,
son lo bastante ligeros y maniobrables como para usarlos en la calle
y no consumen más combustible que un coche compacto. Estos
tanques se producen ahí mismo a un ritmo aterrador, y hay un
número enorme de ellos alineados junto a la carretera con las
llaves puestas. Cualquiera que quiera puede simplemente montarse en
uno y marcharse con él gratis.
Los clientes llegan a este cruce en multitudes, día y
noche. El noventa por ciento se van derechos a la tienda grande y
compran monovolúmenes o vehículos para circulación
fuera de carretera. Ni siquiera miran las otras tiendas.
Del diez por ciento restante, la mayoría va y compra un
elegante eurosedán, deteniéndose sólo para mirar
por encima del hombro a los filisteos que compran monovolúmenes
y vehículos para circulación fuera de carretera. Si
acaso llegan a fijarse siquiera en la gente al otro lado de la
carretera, vendiendo los vehículos más baratos y
técnicamente superiores, estos clientes los desprecian,
considerándolos lunáticos y descerebrados.
La tienda de batmóviles vende unos cuantos vehículos
al maniático de los coches de ocasión que quiere un
segundo vehículo además de su monovolumen, pero parece
aceptar, al menos de momento, que es un jugador marginal.
El grupo que regala los tanques sólo permanece vivo porque
lo llevan voluntarios, que se alinean al borde de la calle con
megáfonos, tratando de llamar la atención de los
clientes sobre esta increíble situación. Una
conversación típica es algo así:
HACKER CON MEGÁFONO: ¡Ahorra
dinero! ¡Acepta uno de nuestros tanques gratis! ¡Es
invulnerable, y puede atravesar roquedales y ciénagas a ciento
cincuenta kilómetros por hora consumiendo dos litros a los
cien!
FUTURO COMPRADOR DE MONOVOLUMEN: Ya sé
que lo que dices es cierto... pero... eh... ¡yo no sé
mantener un tanque!
MEGÁFONO: ¡Tampoco sabes mantener
un monovolumen!
COMPRADOR: Pero esta tienda tiene mecánicos
contratados. Si le pasa algo a mi monovolumen, puedo tomarme un día
libre de trabajo, traerlo aquí y pagarles para que trabajen en
él mientras yo me siento en la sala de espera durante horas,
escuchando música de ascensor.
MEGÁFONO: ¡Pero si aceptas uno de
nuestros tanques gratuitos te mandaremos voluntarios a tu casa para
que lo arreglen gratis mientras duermes!
COMPRADOR: ¡Manténte alejado de
mi casa, bicho raro!
MEGÁFONO: Pero...
COMPRADOR: ¿Pero es que no ves que todo
el mundo está comprando monovolúmenes?
Lanzador de bits 
LA CONEXIÓN ENTRE COCHES y modos de
interactuar con los ordenadores no se me habría ocurrido en la época en que me llevaban de paseo en aquel descapotable. Me había apuntado a una clase de programación en el Instituto de Ames. Tras unas cuantas clases introductorias, nos dieron permiso a los estudiantes para entrar en una sala diminuta que
contenía un teletipo, un teléfono y un módem
anticuado consistente en una caja de metal con un par de cuencas de
plástico encima (nota: muchos lectores, abriéndose
camino a través de esta última oración,
probablemente sintieron un retortijón inicial de temor de que
este ensayo estuviera a punto de convertirse en una tediosa batallita
sobre lo difícil que lo teníamos en los viejos tiempos;
tranquilícense: lo que estoy haciendo, de hecho, es colocar
mis piezas sobre el tablero de ajedrez, por así decirlo,
preparándome para realizar una observación sobre temas
realmente interesantes y actualizados como el software de fuente
abierta. El teletipo era exactamente el mismo tipo de máquina
que se había estado usando durante décadas para enviar
y recibir telegramas. Se trataba básicamente de una máquina
de escribir ruidosa que sólo podía generar LETRAS
MAYÚSCULAS. Montada a un lado había una máquina
más pequeña con un largo rollo de cinta de papel y una
cesta de plástico transparente debajo.
Para conectar este dispositivo (que no era un ordenador en
absoluto) con la Universidad Estatal de Iowa al otro lado de la
ciudad, había que coger el teléfono, marcar el número
del ordenador, esperar a que llegaran ruidos raros y entonces colocar
el auricular en las cuencas de plástico. Si acertabas, una
cuenca envolvía sus labios de neopreno en torno a la parte de
la oreja y el otro en torno a la parte de la boca, consumando una
especie de sesenta y nueve informacional. El teletipo se
estremecía mientras era poseído por el espíritu
del lejano ordenador, y empezaba a martillear mensajes crípticos.
Puesto que el tiempo de ordenador era un recurso escaso, usábamos
una especie de técnica de procesamiento por lotes. Antes de
marcar en el teléfono, conectábamos la perforadora de
cinta (una máquina subsidiaria atornillada al costado del
teletipo) y tecleábamos nuestros programas. Cada vez que
pulsábamos una tecla, el teletipo imprimía una letra en
el papel delante nuestro, de tal modo que pudiéramos leer lo
que habíamos escrito; pero al mismo tiempo convertía la
letra en un conjunto de ocho dígitos binarios, o bits, y
perforaba un patrón correspondiente de agujeros a lo ancho de
una cinta de papel. Los diminutos discos de papel salidos de la cinta
caían en la cesta de plástico transparente, que
lentamente se llenaba de lo que sólo puede describirse como
bits reales. El último día del curso, el chico más
listo de la clase (no yo) saltó desde detrás de su
pupitre y lanzó varios kilos de estos bits por encima de la
cabeza de nuestro profesor, como confetti, como una especie de broma
semiafectuosa. La imagen de aquel hombre sentado allí,
atenazado por las fases iniciales de una atávica reacción
de lucha-o-huye, con millones de bits (megabytes) cayéndole
por el pelo y metiéndosele por la nariz y la boca, el rostro
poniéndosele morado a medida que se aproximaba a la explosión,
es la escena más memorable de mi educación formal.
De cualquier modo, resultará obvio que mi interacción
con el ordenador fue de una naturaleza extremadamente formal, que
estaba dividida en diferentes fases, a saber: 1) sentado en casa con
lápiz y papel, a kilómetros de distancia de cualquier
ordenador, pensaba mucho acerca de lo que quería que hiciera
el ordenador y traducía mis intenciones a un lenguaje
informático --una serie de símbolos alfanuméricos
sobre la página--; 2) llevaba esto a través de una
especie de «cordón sanitario» informacional (cinco
kilómetros a través de tormentas de nieve) hasta el
colegio e introducía aquellas letras en una máquina
--no un ordenador-- que convertía los símbolos en
números binarios y los registraba visiblemente en cinta; 3)
entonces, mediante el módem de las cuencas de goma, enviaba
aquellos números al ordenador de la universidad, que 4) hacía
aritmética con ellos y devolvía números
diferentes al teletipo; 5) el teletipo convertía estos números
de nuevo en letras y los martilleaba en una página, y 6) yo,
mirando, interpretaba las letras como símbolos significativos.
El reparto de responsabilidades que todo esto conlleva es
admirablemente limpio: los ordenadores hacen aritmética con
bits de información. Los humanos interpretan los bits como
símbolos significativos. Pero está distinción
está desdibujándose, o al menos complicándose,
con la llegada de los sistemas operativos modernos que usan, y
frecuentemente abusan, del poder de la metáfora para hacer los
ordenadores disponibles para un público más amplio. Por
el camino --posiblemente debido a estas metáforas, que hacen
de un sistema operativo una especie de obra de arte-- la gente
empieza a ponerse emotiva y le toma cariño a fragmentos de
software del mismo modo que el padre de mi amigo le tenía
cariño a su descapotable.
Puede que la gente que sólo ha interactuado con un
ordenador a través de interfaces gráficas de usuario
como MacOS o Windows --es decir, casi cualquiera que haya usado un
ordenador-- le haya sorprendido, o al menos llamado la atención,
lo de la máquina de telégrafos que yo usaba para
comunicarme con un ordenador en 1973. Pero había, y hay, una
buena razón para usar este tipo particular de tecnología.
Los seres humanos disponen de formas diversas de comunicarse entre
sí, como la música, el arte, la danza y las
expresiones faciales, pero algunas de ellas son más
susceptibles que otras para expresarse como cadenas de símbolos.
El lenguaje escrito es la más fácil porque, por
supuesto, ya consiste en cadenas de símbolos para empezar.
Si resulta que los símbolos pertenecen a un alfabeto fonético
(y no son, por ejemplo, ideogramas), convertirlos en bits es un
procedimiento trivial que se fijó tecnológicamente en
el siglo XIX, con la introducción del
código morse y de otras formas de telegrafía.
Teníamos una interfaz humano/ordenador cien años
antes de tener ordenadores. Cuando se crearon los ordenadores en la
época de la Segunda Guerra Mundial, los humanos, de modo
natural, se comunicaron con ellos, injertándolos en
tecnologías ya existentes para traducir letras a bits y
viceversa: teletipos y máquinas de tarjetas perforadas.
Estas encarnaban dos enfoques fundamentalmente diferentes de la
computación. Cuando se usaban tarjetas, se perforaba todo un
taco y se pasaban por el lector a la vez, lo cual se llamaba
«procesamiento por lotes». También se podía
hacer procesamiento por lotes con un teletipo, como ya he descrito,
usando el lector de cinta de papel, y ciertamente se nos animaba a
adoptar este enfoque cuando yo estaba en el instituto. Pero --aunque
se hacían esfuerzos por mantenernos ignorantes de esto-- el
teletipo podía hacer algo que el lector de tarjetas no podía.
En el teletipo, una vez se establecía el vínculo con el
módem, se podía introducir sólo una línea
y pulsar la tecla de retorno. El teletipo enviaría entonces
esa línea al ordenador, que podía responder o no con
líneas propias, que el teletipo martillearía
--produciendo, con el tiempo, una transcripción del
intercambio mantenido con la máquina--. Este modo de hacerlo
ni siquiera tenía nombre entonces, pero cuando, mucho más
tarde, apareció una alternativa, se denominó
retroactivamente la «Interfaz de Línea de Comandos».
Cuando fui a la universidad, usaba los ordenadores en grandes
salas abarrotadas donde manadas de estudiantes se sentaban frente a
versiones ligeramente actualizadas de las mismas máquinas y
escribían programas informáticos; estos ordenadores
usaban mecanismos de impresión por matrices de puntos, pero
eran (desde el punto de vista de la máquina) idénticas
a los antiguos teletipos. En aquel momento, los ordenadores
compartían mejor el tiempo --es decir, los mainframes
seguían siendo los mainframes, pero se comunicaban
mejor con un gran número de terminales a la vez--. En
consecuencia, ya no era necesario usar procesamiento por lotes. Los
lectores de tarjetas fueron desterrados a pasillos y sótanos,
y el procesamiento por lotes se convirtió en una cosa
exclusiva de nerds,1
y en consecuencia adquirió un cierto tinte arcano incluso
entre aquellos de nosotros que sabíamos siquiera que existía.
Todos evitábamos ya los lotes, habiéndonos pasado a la
línea de comandos: mi primer cambio de paradigma de sistema
operativo, y yo sin enterarme.
Había una enorme pila de papel plegado en el suelo bajo
cada uno de estos teletipos glorificados, y kilómetros de
papel se estremecían mientras pasaban por sus rodillos. Casi
todo este papel se tiraba o se reciclaba sin haber sido tocado jamás
por la tinta, una atrocidad ecológica tan flagrante que
aquellas máquinas pronto fueron reemplazadas por terminales de
vídeo --los llamados «teletipos de vidrio», que
eran más silenciosos y no desperdiciaban papel--. Sin embargo,
desde el punto de vista del ordenador, estos también eran
indistinguibles de las máquinas de teletipo de la Segunda
Guerra Mundial. A todos los efectos, seguimos usando tecnología
victoriana para comunicarnos con los ordenadores hasta cerca de 1984,
cuando se introdujo el Macintosh con su Interfaz Gráfica de
Usuario. Incluso después de eso, la línea de comandos
siguió existiendo como estrato subyacente --una especie de
reflejo medular-- a muchos sistemas informáticos modernos
durante la edad de oro de las Interfaces Gráficas de Usuario o
GUI («Graphical User Interface»),
como las llamaré de ahora en adelante.
Las Interfaces Gráficas de Usuario 
LO PRIMERO QUE TIENE QUE HACER cualquier
programador al escribir un nuevo fragmento de software es decidir
cómo tomar la información con que está
trabajando (en un programa gráfico, una imagen; en una hoja de
cálculo, una tabla de números) y convertirla en una
serie lineal de bytes. Estas cadenas de bytes se suelen denominar
archivos o (de modo algo más a la última) flujos.
Son a los telegramas lo que los humanos actuales son al hombre de
Cromañón, lo que quiere decir la misma cosa con
distinto nombre. Todo lo que se ve en la pantalla del ordenador
--Tomb Raider, los correos electrónicos de voz digitalizada,
los faxes y los documentos de procesador de textos escritos en
treinta y siete tipos diferentes-- sigue siendo, desde el punto de
vista del ordenador, igual que telegramas, sólo que son mucho
más largos, y requieren más aritmética.
El modo más rápido de apreciarlo es abriendo el
navegador, visitando un sitio web y seleccionando la opción
«Ver Código Fuente» en el menú. Se mostrará
un código informático parecido a este:
<HTML>
<HEAD>
<TITLE>C R Y P T O N O M I C O N</TITLE>
</HEAD>
<BODY BGCOLOR="#000000" LINK="#996600" ALINK="#FFFFFF"
VLINK="#663300">
<MAP NAME="navtext">
<AREA SHAPE=RECT HREF="praise.html" COORDS="0,37,84,55">
<AREA SHAPE=RECT HREF="author.html" COORDS="0,59,137,75">
<AREA SHAPE=RECT HREF="text.html" COORDS="0,81,101,96">
<AREA SHAPE=RECT HREF="tour.html" COORDS="0,100,121,117">
<AREA SHAPE=RECT HREF="order.html"
COORDS="0,122,143,138">
<AREA SHAPE=RECT HREF="beginning.html"
COORDS="0,140,213,157">
</MAP>
<CENTER>
<TABLE BORDER="0" CELLPADDING="0" CELLSPACING="0"
WIDTH="520">
<TR>
<TD VALIGN=TOP ROWSPAN="5">
<IMG SRC="images/spacer.gif" WIDTH="30" HEIGHT="1"
BORDER="0">
</TD>
<TD VALIGN=TOP COLSPAN="2">
<IMG SRC="images/main_banner.gif" ALT="Cryptonomicon by
Neal Stephenson" WIDTH="479" HEIGHT="122" BORDER="0">
</TD>
</TR>
Esto se llama HTML (Lenguaje de Marcado de
HiperTexto) y básicamente es un lenguaje de programación
muy sencillo que le dice al navegador cómo dibujar una página
en la pantalla. Cualquiera puede aprender HTML y
mucha gente lo hace. Lo importante es que, por muchas espléndidas
páginas multimedia que representen, los archivos de HTML
son sólo telegramas.
Cuando Ronald Reagan era locutor de radio, solía informar
de los partidos de béisbol leyendo las concisas descripciones
que llegaban por el telégrafo y se imprimían en cinta
de papel. Se sentaba solo en una habitación insonorizada con
un micrófono y la cinta de papel salía de la máquina
y le caía en la palma de la mano, cubierta de crípticas
abreviaturas. Si el tanteo pasaba de tres a dos, Reagan describía
la escena como se la imaginaba: «El fornido zurdo sale del
puesto de bateo para secarse el sudor. El árbitro se adelanta
para limpiar el polvo de la base», etc. Cuando el criptograma
en la cinta de papel anunciaba un golpe en una base, Reagan golpeaba
el borde de la mesa con un lápiz, creando un pequeño
efecto sonoro y describía el arco de la pelota como si pudiera
verlo de verdad. Sus oyentes, muchos de los cuales presumiblemente
creían que Reagan estaba de hecho en el campo de juego viendo
el partido, reconstruían la escena en su mente según
sus descripciones.
Así es exactamente como funciona la WWW:
los archivos HTML son la concisa descripción
en la cinta de papel y el navegador es Ronald Reagan. Lo mismo vale
para las interfaces gráficas en general.
De modo que un sistema operativo consiste en una pila de metáforas
y abstracciones que media entre los telegramas y tú,
encarnando diversos trucos que el programador usó para
convertir la información con la que estás trabajando
--ya sean imágenes, mensajes de correo electrónico,
películas o documentos de procesador de textos-- en las
cadenas de bytes, que son lo único con lo que funcionan los
ordenadores. Cuando usamos equipo telegráfico genuino
(teletipos) o sus sustitutos de alta tecnología (teletipos de
vidrio, o la línea de comandos de MS-DOS)
para trabajar con nuestros ordenadores, estamos muy cerca de la base
de esa pila. Cuando usamos la mayor parte de sistemas operativos
modernos, sin embargo, nuestra interacción con la máquina
se ve fuertemente mediada. Todo lo que hacemos es interpretado y
traducido una y otra vez mientras se abre camino a través de
todas las metáforas y abstracciones.
El sistema operativo de Macintosh fue una revolución en el
buen y en el mal sentido de la palabra. Obviamente era cierto que las
interfaces de línea de comandos (conocidas como CLI,
Command Line Interfaces) no eran para todo el mundo, y que
estaría bien hacer los ordenadores accesibles a un público
menos técnico --si no por razones altruistas, siquiera porque
este tipo de gente constituía un mercado incomparablemente
mayor--. Está claro que los ingenieros de Mac vieron todo un
país nuevo que se les abría; casi se les podía
oír mascullar, «¡Caray! ¡Ya no tendremos que
limitarnos más a los archivos como flujos lineales de bytes,
vive la révolution, veamos lo lejos que llegamos con
esto!» No había ninguna interfaz de línea de
comandos disponible en el Macintosh; hablabas con la máquina a
través del ratón, o no hablabas. Era una especie de
declaración de principios, una credencial de pureza
revolucionaria. Parecía que los diseñadores del Mac
pretendían barrer las interfaces de línea de comandos a
la papelera de la historia.
Mi propia historia de amor con el Macintosh comenzó en la
primavera de 1984 en una tienda de ordenadores en Cedar Rapids, Iowa,
cuando un amigo mío --por coincidencia, el hijo del dueño
del descapotable-- me mostró un Macintosh ejecutando MacPaint,
el revolucionario programa de diseño. Terminó en julio
de 1995, cuando traté de guardar un archivo grande e
importante en mi Macintosh PowerBook y, en vez de eso, destruyó
los datos de modo tan concienzudo que dos programas distintos de
recuperación de datos fueron incapaces de hallar rastro alguno
de que hubiera existido jamás. En aquellos diez años
sentí una pasión por el MacOS que por entonces parecía
virtuosa y razonable, pero que mirando atrás me parece el
mismo tipo de enamoramiento engañoso que el padre de mi amigo
tenía con su coche.
La introducción del Mac inició una especie de guerra
santa en el mundo de la informática. ¿Eran las
interfaces gráficas una brillante innovación
tecnológica que convertía a los ordenadores en más
accesibles para los humanos y por tanto para las masas, llevándonos
a una revolución sin precedentes en la sociedad humana, o una
insultante chorrada audiovisual diseñada por hackers zumbados
de San Francisco, que despojaba a los ordenadores de su potencia y
flexibilidad y convertía el serio y noble arte de la
computación en un pueril videojuego?
De hecho, este debate me parece más interesante hoy en día
que a mediados de los ochenta. Pero la gente más o menos dejó
de debatir cuando Microsoft respaldó la idea de las interfaces
gráficas al sacar el primer Windows. En aquel momento, los
partidarios de la línea de comandos se vieron relegados al
estatus de viejos carcamales, mientras se disparaba un nuevo
conflicto entre usuarios de MacOS y de Windows.1
Había mucho sobre lo que discutir. Los primeros Macintosh
parecían distintos de otros PC incluso
estando apagados: consistían en una caja que contenía
tanto la CPU (la parte del ordenador que hace
aritmética con los bits) como la pantalla del monitor. Esto
suponía, en aquel momento, una especie de afirmación
filosófica: Apple quería convertir el ordenador
personal en un electrodoméstico, como la tostadora. Pero
también reflejaba las exigencias puramente técnicas de
ejecutar una inferfaz gráfica de usuario. En una máquina
con interfaz gráfica, los chips que dibujan las cosas en la
pantalla tienen que ir integrados con la unidad de procesamiento
central, o CPU, del ordenador, en un grado mucho
mayor que en las interfaces de línea de comandos, que hasta
hace poco ni siquiera sabían que no estaban hablando sólo
con teletipos.
Esta distinción era de naturaleza técnica y
abstracta, pero se hacía más clara cuando la máquina
fallaba (como sucede frecuentemente con tecnologías cuyo
funcionamiento se comprende mejor viéndolas fallar). Cuando
todo se iba a la porra y la CPU empezaba a
escupir bits aleatoriamente, el resultado, en una máquina de
interfaz de línea de comandos, era líneas y líneas
de caracteres perfectamente formados pero aleatorios en la pantalla
--lo que los conocedores llamaban ponerse cirílico.
Pero para el MacOS la pantalla no era un teletipo sino un lugar en el
que poner gráficos; la imagen en pantalla era un mapa de bits,
una representación literal de los contenidos de una parte dada
de la memoria del ordenador. Cuando el ordenador fallaba y escribía
tonterías en el mapa de bits, el resultado era algo que
recordaba vagamente a la nieve en una televisión estropeada:
un snow crash.2
E incluso, tras la introducción de Windows, las diferencias
subyacentes persistieron: cuando una máquina Windows tenía
problemas, la vieja interfaz de línea de comandos caía
sobre la interfaz gráfica como un telón de amianto,
sellando el escenario de una ópera incendiada. Cuando un
Macintosh tenía problemas, te presentaba el dibujito de una
bomba, que resultaba gracioso la primera vez que lo veías.
Y estas no eran en absoluto diferencias superficiales. El retorno
de Windows a una interfaz de línea de comandos cuando tenía
problemas les demostraba a los partidarios del Mac que Windows no era
más que una fachada barata, como una chillona manta afgana
tendida sobre un sofá putrefacto. Les perturbaba y molestaba
la sensación de que bajo la ostensiblemente amistosa interfaz
de usuario de Windows había --literalmente-- un subtexto.
Por su parte, los fans de Windows podrían haber observado
agriamente que todos los ordenadores, incluso los Macintosh, estaban
construidos sobre ese mismo subtexto, y que la negativa de los dueños
de Macs a admitir ese hecho parecía apuntar a una voluntad,
incluso un deseo, de dejarse engañar.
En cualquier caso, un Macintosh tenía que mover bits
individuales en los chips de memoria en la tarjeta de vídeo, y
tenía que hacerlo muy rápido, y en patrones
arbitrariamente complicados. Hoy en día esto resulta barato y
fácil, pero en el régimen tecnológico vigente a
principios de los ochenta, el único modo realista de hacerlo
era integrar la placa base (que contenía la CPU)
y el sistema de vídeo (que contenía la memoria
proyectada sobre la pantalla) como un todo --de ahí el único
contenedor, herméticamente sellado, que hacía al
Macintosh tan distintivo.
Cuando apareció Windows llamaba la atención por su
fealdad, y sus actuales sucesores, Windows 95 y Windows NT, no son
cosas que la gente pagaría por ver. La absoluta falta de
atención de Microsoft por la estética nos proporcionaba
muchas oportunidades a todos los amantes de Mac para mirarles por
encima del hombro. El que Windows se pareciera un montón a un
calco directo de MacOS nos daba además una fuerte sensación
de ultraje moral.3
Entre las personas que realmente conocían y apreciaban los
ordenadores (los hackers, en el sentido no peyorativo que
Steven Levy le da a la palabra4
y unos pocos otros ámbitos como los músicos
profesionales, los artistas gráficos y los maestros), el
Macintosh, durante un tiempo, era simplemente el ordenador. No
sólo se consideraba una obra soberbia de ingeniería,
sino la encarnación de ciertos ideales acerca del uso de la
tecnología para beneficiar a la humanidad, mientras que
Windows se consideraba una imitación patéticamente
torpe y una siniestra combinación para dominar el mundo, todo
en uno. Ya entonces se había establecido un patrón que
persiste hasta nuestros días: a la gente no le gusta
Microsoft, lo cual es comprensible; pero no les gusta por razones
poco reflexionadas y, en último término,
contradictorias.
Lucha de clases en elescritorio 
AHORA QUE YA HEMOS DEJADO CLARO el trasfondo,
merece la pena revisar algunos hechos básicos: como cualquier
compañía de accionariado público y con fines de
lucro, Microsoft ha tomado prestado un montón de dinero de
algunas personas (sus accionistas) para estar en el negocio del bit.
Como ejecutivo de esa compañía, Bill Gates sólo
tiene una responsabilidad, que es maximizar el rendimiento de las
inversiones. Lo ha hecho increíblemente bien. Cualquier acción
emprendida en el mundo por Microsoft --cualquier software que
publiquen, por ejemplo-- es básicamente un epifenómeno
que no puede comprenderse ni entenderse salvo en la medida en que
reflejan el desempeño por parte de Bill Gates de su única
responsabilidad.
De ello se sigue que si Microsoft vende mercancías que son
estéticamente desagradables, o que no funcionan demasiado
bien, no significa que sean (respectivamente) filisteos o medio
tontos. Se debe a que la excelente dirección de Microsoft ha
llegado a la conclusión de que pueden ganar más dinero
para sus accionistas publicando productos con imperfecciones obvias y
conocidas del que ganarían haciéndolos hermosos o
libres de errores. Esto es irritante, pero (al final) no tan
irritante como contemplar cómo Apple se autodestruye
inexplicable e implacablemente. No resulta difícil encontrar
en la Red una hostilidad hacia Microsoft que mezcla dos elementos:
resentidos que sienten que Microsoft es demasiado poderosa y
desdeñosos que creen que es chapucera. Esto recuerda mucho al
periodo culminante del comunismo y del socialismo, cuando se odiaba a
la burguesía desde ambos lados: los proletarios, porque la
burguesía tenía todo el dinero, y los intelectuales,
por su tendencia a gastárselo en adornos de jardín.
Microsoft es la encarnación misma de la moderna prosperidad de
alta tecnología --en una palabra, es burguesa-- y atrae los
mismos odios de todos.
La pantalla inicial de Microsoft Word 6.0 lo resumía todo
bastante bien: cuando arrancabas el programa, te mostraba la imagen
de un bolígrafo caro encima de un par de folios de papel de
escritura hecho a mano. Obviamente, era un intento por hacer que el
software pareciera pijo, y puede que valiera para algunos, pero no
para mí, porque era un bolígrafo, y yo soy hombre de
pluma estilográfica. Si lo hubiera hecho Apple, habrían
usado una pluma Mont Blanc, o quizás un pincel caligráfico
chino. Dudo que esto fuera accidental. Hace poco estuve reinstalando
Windows NT en uno de los ordenadores de mi casa, y tuve que hacer
doble click en el icono del Panel de Control muchas veces. Por
razones que resulta difícil comprender, este icono consiste en
el dibujito de un martillo y un escoplo o un destornillador encima de
una carpeta de archivos.
Estas meteduras de pata estéticas le dan a uno unas ganas
casi incontrolables de reírse de Microsoft, pero, de nuevo,
esa no es la cuestión: si Microsoft hubiese hecho pruebas con
grupos-diana sobre posibles gráficos alternativos,
probablemente habrían hallado que el oficinista medio asociaba
las estilográficas con los amanerados ejecutivos de rango más
alto, y estaba más cómodo con los bolígrafos. De
igual forma, los tipos normales, los papás con entradas del
mundo que posiblemente cargan con la responsabilidad de montar y
configurar el ordenador en casa, probablemente prefieren el dibujito
de un martillo (quizás al tiempo que albergan fantasías
de usar un martillo de verdad con sus ordenadores).
Es el único modo en que consigo explicar cierto hechos
curiosos acerca del actual mercado de sistemas operativos, tales como
el que el noventa por ciento de todos los clientes sigan comprando
monovolúmenes de la tienda de Microsoft mientras que uno se
puede llevar los tanques gratuitos sin más, al otro lado de la
calle.
A Bill Gates no le resultó difícil distribuir una
sarta de unos y ceros, una vez se le ocurrió la idea. Lo duro
era venderla: asegurarles a los clientes que de hecho estaban
obteniendo algo a cambio de su dinero.
Cualquiera que haya comprado software en una tienda alguna vez
habrá tenido curiosamente la desalentadora experiencia de
llevarse la caja envuelta en plástico a casa, abrirla,
encontrarse con que el 95% es aire, tirar todas las tarjetitas,
propaganda y basura y meter el disco en el ordenador. El resultado
final (después de haber perdido el disco) no es nada más
que algunas imágenes en la pantalla del ordenador y algunas
posibilidades de las que antes se carecía. A veces, ni
siquiera eso --en vez de ello, uno se encuentra con una serie de
mensajes de error--. Pero el dinero se ha ido definitivamente. Ahora
casi estamos acostumbrados a esto pero hace veinte años era
una proposición muy sospechosa. De todas formas, Bill Gates
consiguió que funcionara. No hizo que funcionara vendiendo el
mejor software ni ofreciendo el precio más barato. Pero de
algún modo consiguió que la gente creyera que estaban
recibiendo algo a cambio de su dinero.
Las calles de todas las ciudades del mundo están llenas de
esos pesados, ruidosos monovolúmenes. Cualquiera que no tenga
uno se siente un poco raro, y se pregunta, pese a sí mismo, si
no será hora de dejar de resistirse y comprar uno; cualquiera
que tenga uno se siente seguro de que ha adquirido una posesión
significativa, incluso los días en que el vehículo está
en el taller de reparación.
Todo esto es perfectamente congruente con la pertenencia a la
burguesía, que es un estado tanto mental como material. Y
explica por qué Microsoft se ve constantemente atacado en la
Red desde ambos lados. Los que se siente pobres y oprimidos
interpretan todo lo que hace Microsoft como parte de algún
siniestro complot orwelliano. A los que les gusta considerarse
usuarios inteligentes e informados, les desquicia lo chapucero que es
Windows.
No hay nada que moleste más a las personas sofisticadas que
ver cómo alguien que es lo bastante rico como para evitarlo es
hortera --a menos que se den cuenta, un momento después, de
que probablemente sabe que es hortera y sencillamente no le importa y
va a seguir siendo hortera, y rico, y feliz, para siempre; Microsoft
tiene la misma relación con la elite de Silicon Valley que la
que mantenían los paletos de Beverly con su banquero, el señor
Drysdale-- a quien no le irrita tanto el hecho de que los Clampetts
se mudaran a su barrio como el saber que, cuando Jethro tenga setenta
años, seguirá hablando como un palurdo y llevando
petos, y seguirá siendo mucho más rico que el señor
Drysdale.
Incluso el hardware que empleaba Windows, comparado con las
máquinas que sacaba Apple, parecía cosa de palurdos, y
en su mayor parte sigue pareciéndolo. La razón es que
Apple era y es una compañía de hardware, mientras que
Microsoft era y es una compañía de software. Apple
tenía así el monopolio del hardware que ejecutaba
MacOS, mientras que el hardware compatible con Windows venía
del mercado libre. El mercado libre parece haber decidido que la
gente no va a pagar por ordenadores elegantes; los fabricantes de
hardware para PC que contratan a diseñadores
para hacer que sus productos tengan un aire distintivo acaban
vapuleados por fabricantes taiwaneses de clones metidos en cajas que
parecen los ladrillos que uno se encontraría delante de una
caravana. Pero Apple podía hacer su software todo lo bonito
que quisiera y simplemente pasarle la factura a sus encantados
consumidores, como yo. La semana pasada (escribo esta frase a
principios de enero de 1999), las secciones de tecnología de
todos los periódicos estaban llenas de reportajes aduladores
sobre el lanzamiento por parte de Apple del iMac en varios colores
nuevos, como arándano y mandarina.
Apple siempre ha insistido en tener el monopolio de su hardware,
salvo durante un breve periodo a mediados de los noventa, cuando
permitieron que los fabricantes de clones compitieran con ella, antes
de acabar con su negocio. El hardware de Macintosh, en consecuencia,
era caro. No lo abrías ni enredabas en él porque
hacerlo anulaba la garantía. De hecho, el primer Mac estaba
específicamente diseñado para resultar difícil
de abrir: necesitabas un juego de herramientas exóticas, que
podías comprar mediante pequeños anuncios que empezaron
a aparecer en las páginas finales de las revistas unos pocos
meses después de que saliera al mercado el Mac. Estos anuncios
siempre tenían un cierto aire sórdido, como si
anunciaran ganzúas en la contraportada de sensacionalistas
revistas de detectives.
Esta política de monopolio puede explicarse al menos de
tres maneras distintas.
La explicación caritativa es que la política
de monopolio sobre el hardware reflejaba el deseo por parte de Apple
de proporcionar una unión sin fallas de hardware, sistema
operativo y software. Algo hay de esto. Ya resulta bastante difícil
diseñar un sistema operativo que funcione bien en un hardware
específico, diseñado y probado por ingenieros que
trabajan al lado, en la misma compañía. Diseñar
un sistema operativo que funcione en un hardware cualquiera,
fabricado por hacedores de clones rabiosamente competitivos al otro
lado de la Línea de Fecha Internacional, es muy difícil,
y explica gran parte de los problemas que tiene la gente cuando usa
Windows.
La explicación financiera es que Apple, a diferencia
de Microsoft, es y siempre ha sido una compañía de
hardware. Sencillamente depende de los ingresos de la venta de
hardware, y no puede subsistir sin ellos.
La explicación no tan caritativa tiene que ver con
la cultura corporativa de Apple, que tiene sus raíces en el
baby boom del Área de la Bahía de San Francisco.
Dado que voy a hablar sobre cultura durante un rato, probablemente
está bien que ponga las cartas sobre la mesa, para protegerme
de las acusaciones de conflicto de intereses y falta de ética:
1) Geográficamente, soy de Seattle, de temperamento saturnino
e inclinado a mirar con malos ojos la dionisíaca Área
de la Bahía de San Francisco, igual que a ellos nosotros les
molestamos y escandalizamos. 2) Cronológicamente, pertenezco a
una generación posterior al baby boom. Al menos, así
me siento, ya que nunca experimenté las partes divertidas y
emocionantes del baby boom --sólo me pasé un
montón de tiempo riéndome apropiadamente ante las
irritantemente vacuas anécdotas de los pertenecientes al baby
boom sobre lo puestos que iban en diversas ocasiones, y
escuchando cortés sus aseveraciones de lo estupenda que era su
música. Pero, incluso desde aquella distancia, resultaba
posible extraer ciertos patrones, y uno que reaparecía tan
regularmente como una leyenda urbana era el de alguien que se había
mudado a una comuna de hippies con sandalias y signos de la paz para
acabar descubriendo que, bajo aquella fachada, los tipos al mando
eran de hecho obsesos del control; y que, dado que vivir en una
comuna donde los ideales de la paz, el amor y la armonía se
mantenían de boquilla les había privado de válvulas
de escape normales y socialmente admitidas para su obsesión,
tendía a salir de de otros modos, invariablemente más
siniestros.
Dejaré aplicar esto al caso de Apple como ejercicio para el
lector --un ejercicio no demasiado difícil.
Resulta un poco desconcertante, al principio, pensar en Apple como
un obseso del control, porque contradice completamente su imagen
corporativa. ¿No fueron estos los tipos que lanzaron los
famosos anuncios durante la Super Bowl en los que ejecutivos
trajeados, con los ojos vendados, saltaban como lemmings de un
acantilado? ¿No es esta la compañía que ahora
mismo saca anuncios con el Dalai Lama (salvo en Hong Kong) y Einstein
y otros rebeldes alternativos?
Ciertamente es la misma compañía, y el hecho de que
hayan implantado esta imagen de sí mismos como librepensadores
creativos y rebeldes en la mente de tantos escépticos
inteligentes y encallecidos por los medios, realmente hace que uno se
pare a pensar. Da fe del insidioso poder de las campañas
publicitarias costosas y tal vez, en cierta medida, de la facilidad
de la gente para creer lo que quiere creer. También suscita la
pregunta de por qué a Microsoft se le da tan mal las
relaciones públicas, cuando la historia de Apple demuestra
que, pasándoles gordos cheques a buenas agencias
publicitarias, se puede implantar una imagen corporativa en la mente
de personas inteligentes que difiere completamente de la realidad.
(La respuesta, para aquéllos a los que no les gustan las
espadas de Damocles, es que, ya que Microsoft se ha hecho con las
mentes y los corazones de la silenciosa mayoría --la
burguesía--, les importa un bledo tener una imagen elegante,
igual que Richard Nixon. «Quiero creer» --el mantra que
Fox Mulder tiene puesto en la pared de su despacho en los Expedientes
X-- resulta aplicable de diferentes modos a estas dos compañías;
los partidarios del Mac quieren creer en la imagen de Apple que
transmiten estos anuncios, y en la noción de que los Macs son
de algún modo fundamentalmente diferentes de otros
ordenadores, mientras que los seguidores de Windows quieren creer que
obtienen algo a cambio de su dinero, mediante una respetable
transacción comercial).
En cualquier caso, en 1987 tanto MacOS como Windows ya estaban en
el mercado, ejecutándose en plataformas de hardware que eran
radicalmente diferentes entre sí, no sólo en el sentido
de que MacOS usaba chips de CPU de Motorola,
mientras que Windows usaba Intel, sino también en el sentido
--entonces pasado por alto, pero a largo plazo mucho más
significativo-- de que el negocio de hardware de Apple era un
monopolio rígido y Windows era un abierto-a-todos.
Pero todas las ramificaciones de esto no estuvieron claras hasta
muy recientemente --de hecho, aún están desplegándose,
de modos notablemente extraños, como explicaré cuando
lleguemos a Linux--. El resultado es que millones de personas se
acostumbraron a usar interfaces gráficas de una forma u otra.
Con ello hicieron que Apple/Microsoft ganaran un montón de
dinero. La fortuna de muchas personas ha acabado por ir ligada a la
capacidad de estas compañías de seguir vendiendo
productos cuyo carácter vendible resulta muy cuestionable.
Tarro de miel, pozo de brea, lo que sea 
CUANDO GATES Y ALLEN
INVENTARON la idea de vender software, se encontraron con la
crítica tanto de los hackers como de los sobrios hombres de
negocios. Los hackers entendían que el software sólo
era información, y le ponían objeciones a la idea de
venderla. Estas objeciones eran en parte morales. Los hackers salían
del mundo científico y académico, donde resulta
imperativo hacer que los resultados del propio trabajo queden
disponibles para el público. También eran en parte
objeciones prácticas: ¿cómo puedes vender algo
que puede copiarse fácilmente? Los hombres de negocios, que
son el polo opuesto de los hackers en tantos aspectos, tenían
sus propias objeciones. Acostumbrados a vender tostadoras y seguros,
era natural que les resultara difícil comprender cómo
una larga sarta de unos y ceros podía constituir un producto
vendible.
Obviamente, Microsoft remontó estas objeciones, así
como Apple. Pero las objeciones siguen ahí. El hacker más
hacker de todos, el Ur-hacker por así decirlo, era y es
Richard Stallman, quien se irritó tanto con la malvada
práctica de vender software que, en 1984 (el mismo año
en que salió a la venta el Macintosh), fue y fundó la
Fundación del Software Libre (Free Software Foundation), que
comenzó a trabajar en algo llamando GNU.
GNU son las siglas de Gnu's Not Unix («Gnu
No es Unix»), pero se trata de una broma en más de un
sentido, porque GNU ciertamente es Unix.
Debido a cuestiones de copyright (Unix es una marca registrada de
AT&T), sencillamente no
podían afirmar que fuera Unix, y así, sólo para
asegurarse, afirmaban que no lo era. Pese al incomparable talento y
empuje del señor Stallman y otros seguidores de GNU,
su proyecto no pudo construir un Unix libre para competir contra los
sistemas operativos de Windows y Apple: era un poco como tratar de
excavar un sistema de metro con una cucharilla. Esto es, hasta la
llegada de Linux.1
Pero la idea básica de recrear un sistema operativo a
partir de la nada era perfectamente consistente y completamente
factible. Se ha hecho muchas veces. Es inherente a la naturaleza
misma de los sistemas operativos.
Los sistemas operativos no son estrictamente necesarios. No hay
razón por la que un escritor de código lo bastante
dedicado no pueda partir de la nada en cada proyecto y escribir nuevo
código para manejar operaciones tan básicas y de bajo
nivel como controlar las cabezas lectoras/escritoras en los
controladores de disco y activar píxeles en pantalla. Los
primeros ordenadores tenían que programarse de este modo.
Pero, dado que casi todos los programas tienen que desempeñar
las mismas operaciones básicas, este enfoque llevaría a
una tremenda duplicación del esfuerzo.
No hay nada más desagradable para el hacker que la
duplicación del esfuerzo. El primer y más importante
hábito mental que desarrolla la gente cuando aprende a
escribir programas de ordenador es generalizar, generalizar,
generalizar. Hacer su código lo más modular y flexible
posible, descomponer los problemas grandes en pequeñas
subrutinas que puedan usarse una y otra vez en diferentes contextos.
En consecuencia, el desarrollo de los sistemas operativos, pese a ser
técnicamente innecesario, era inevitable. Porque en el fondo
un sistema operativo no es más que una biblioteca que contiene
el código más usado, escrito una vez (y con suerte,
bien escrito), y puesto a disposición de cualquier escritor de
código que lo necesite.
Así que un sistema operativo propietario, cerrado y secreto
es una contradicción en los términos. Va contra la
razón de ser de los sistemas operativos. Y de cualquier modo
es imposible mantenerlos en secreto. El código fuente --las
líneas originales de texto escritas por los programadores--
pueden mantenerse en secreto. Pero el conjunto de un sistema
operativo es una colección de pequeñas subrutinas que
realizan tareas muy específicas y muy claramente definidas.
Qué hacen exactamente esas subrutinas ha de ser público,
de forma muy explícita y exacta, o de lo contrario el sistema
operativo es completamente inservible para los programadores; no
pueden usar esas subrutinas si no tienen perfecta y total comprensión
de lo que hacen las subrutinas.
Lo único que no se hace público es exactamente cómo
hacen las subrutinas lo que hacen. Pero una vez sabes lo que hace una
subrutina, generalmente resulta bastante fácil (si eres un
hacker) escribir tu propia rutina que haga exactamente lo mismo.
Puedes tardar algo, y resulta tedioso y poco gratificante, pero en la
mayoría de los casos no es demasiado difícil.
Lo que es difícil, para un hacker como para un escritor de
ficción, no es escribir; es decidir qué escribir. Y los
vendedores de sistemas operativos comerciales ya han decidido, y han
hecho públicas sus decisiones.
Esto se sabe desde hace mucho. MS-DOS fue
duplicado funcionalmente por un producto rival, escrito a partir de
la nada, llamado ProDOS, que hacía las
mismas cosas de modo muy parecido. En otras palabras, otra compañía
pudo escribir código que hacía las mismas cosas que
MS-DOS y lo vendió para obtener
beneficios. Si usas el sistema operativo Linux, puedes obtener un
programa libre llamando WINE que es un emulador
de Windows; esto es, puedes abrir una ventana en tu escritorio que
ejecute programas de Windows. Quiere decir que se ha recreado un
sistema operativo Windows completamente funcional dentro de Unix,
como un barquito en una botella. Y el propio Unix, que es un sistema
operativo mucho más sofisticado que MS-DOS,
ha sido reconstruido a partir de la nada una y otra vez. Sun,
Hewlett-Packard, AT&T,
Silicon Graphics, IBM y otros vendieron versiones
de él.
En otras palabras, la gente lleva reescribiendo código
básico de sistemas operativos tanto tiempo que toda la
tecnología que constituía un sistema operativo en el
sentido tradicional (pre-GUI) de esa expresión
es ahora tan barata y común que es literalmente gratuita. No
sólo no podrían Gates y Allen vender MS-DOS
hoy, ni siquiera podrían regalarlo, porque ya se regalan
sistemas operativos mucho más potentes. Incluso el Windows
original (que era el único sistema de ventanas hasta 1995) ya
no vale nada, dado que no tiene sentido poseer algo que puede
emularse dentro de Linux, que es gratuito.2
De este modo, el negocio de los sistemas operativos es muy
diferente de, pongamos, el negocio de la venta de coches. Incluso un
viejo coche de segunda mano tiene algún valor. Puedes usarlo
para ir al basurero, o vender sus partes. El destino de los bienes
manufacturados es depreciarse lentamente a medida que envejecen y
tienen que competir contra productos más modernos.
Pero el destino de los sistemas operativos es volverse gratuitos.
Microsoft es una gran compañía de aplicaciones de
software. El de las aplicaciones --tales como Microsoft Word-- es un
área en el que la innovación lleva beneficios reales,
directos y tangibles a los usuarios. Las innovaciones pueden
consistir en nueva tecnología recién salida del
departamento de investigación, o pueden estar en la categoría
de los lacitos decorativos, pero en cualquier caso a menudo resultan
útiles y parecen contentar a los usuarios. Y Microsoft está
convirtiéndose en una gran compañía de
investigación. Esto no se debe necesariamente a que sus
sistemas operativos sean todos tan malos desde el punto de vista
puramente tecnológico. Los sistemas operativos de Microsoft
tienen sus problemas, claro, pero son mucho mejores de lo que solían
ser, y son adecuados para la mayor parte de la gente.
¿Por qué digo entonces que Microsoft no es es una
compañía de sistemas operativos tan grandes? Porque la
naturaleza misma de los sistemas operativos es tal que no tiene
sentido que una compañía específica los
desarrolle y posea. Para empezar, es un trabajo muy desagradecido.
Las aplicaciones crean posibilidades para millones de usuarios
crédulos, mientras que los sistemas operativos imponen
limitaciones a millones de cascarrabias escritores de código,
y así los hacedores de sistemas operativos siempre estarán
en la lista negra de cualquiera que cuente en el mundo de la alta
tecnología. Las aplicaciones las usan personas cuyo gran
problema es comprender todas sus características, mientras que
los sistemas operativos se ven hackeados por escritores de código
irritados con sus limitaciones. El negocio de los sistemas operativos
ha sido bueno para Microsoft sólo en la medida en que les ha
proporcionado el dinero necesario para lanzar un negocio de software
de aplicaciones realmente bueno y contratar a un montón de
investigadores inteligentes. Ahora debiera estar en posición
de desembarazarse de su sistema operativo, como los cohetes se libran
en algún momento de los tanques vacíos de combustible.
La gran pregunta es si Microsoft es capaz de hacerlo. ¿O es
adicta a la venta de sistemas operativos del mismo modo que Apple lo
es a la venta de hardware?
Hay que tener en cuenta que los observadores expertos citaban en
un tiempo la capacidad de Apple de monopolizar su propia provisión
de hardware como su gran ventaja frente a Microsoft. En aquella
época, parecía situarles en una posición mucho
más fuerte. Al final, casi les mató, y todavía
puede matarlos. El problema para Apple era que la mayor parte de los
usuarios de ordenador del mundo acaba comprando hardware más
barato. Pero un hardware barato no podía ejecutar MacOS, y esa
gente se pasó a Windows.
Sustituyan hardware por sistemas operativos, y Apple por Microsoft
y verán cómo lo mismo está a punto de suceder de
nuevo. Microsoft domina el mercado de sistemas operativos, lo cual
les reporta ingresos y parece una gran idea de momento. Pero hay
sistemas operativos mejores y más baratos, y están
haciéndose cada vez más populares en partes del mundo
que no están tan saturadas de ordenadores como los EE.UU.
Dentro de diez años, puede que la mayoría de los
usuarios de ordenador del mundo acabe por tener estos sistemas
operativos más baratos. Pero estos sistemas operativos, de
momento, no ejecutan ninguna aplicación de Windows, y así
esta gente acabará usando otra cosa.
Por expresarlo de forma más directa: cada vez que alguien
decide usar un sistema operativo que no es de Microsoft, la división
de sistemas operativos de Microsoft obviamente pierde un cliente.
Pero, tal como están las cosas, la división de
aplicaciones de Microsoft también pierde un cliente. No es
para tanto, dado que casi todo el mundo usa sistemas operativos de
Microsoft. Pero en cuanto la cuota de mercado de Windows empiece a
disminuir, las matemáticas van a ponerse bastante torvas para
los de Redmond.
Podría replicarse a este argumento diciendo que Microsoft
sencillamente podría recompilar sus aplicaciones para que
pudieran ejecutarse en otros sistemas operativos. Pero esta
estrategia va contra los instintos corporativos normales. El caso de
Apple resulta de nuevo instructivo. Cuando las cosas empezaron a
ponerse feas para Apple, debieron haber llevado su sistema operativo
a un hardware barato. Pero no lo hicieron. Por el contrario, trataron
de hacer que su brillante hardware diera lo más posible de sí,
añadiendo nuevas posibilidades y expandiendo la línea
de productos. Pero esto sólo tuvo el efecto de hacer su
sistema operativo más dependiente de esas características
especiales del hardware, lo cual al final resulta peor para ellos.
Igualmente, cuando la posición de Microsoft en el mundo de
los sistemas operativos se vea amenazada, sus instintos corporativos
les dirán que apilen más posibilidades en sus sistemas
operativos, y luego reconfiguren sus aplicaciones de software para
explotar esas posibilidades especiales. Pero esto sólo tendrá
el efecto de hacer que sus aplicaciones dependan de un sistema
operativo con una cuota de mercado decreciente, y al final será
peor para ellos.
El mercado de los sistemas operativos es una trampa letal, un pozo
de brea, una ciénaga. Sólo hay dos motivos para
invertir en Apple y en Microsoft. 1) Cada una de estas compañías
está en lo que llamaríamos una relación de
codependencia con sus clientes. Los clientes quieren creer, y
Apple y Microsoft saben cómo darles lo que quieren. 2) Cada
compañía trabaja muy duro para añadir nuevas
posibilidades a sus sistemas operativos, lo cual tiene el efecto de
asegurar la lealtad de sus clientes, al menos durante un tiempo.
En consecuencia, la mayor parte del resto de este ensayo tratará sobre estos dos temas.
La tecnósfera 
UNIX ES EL ÚNICO SISTEMA OPERATIVO que
queda cuya interfaz gráfica (un montón de código
llamado X Window System1)
está separado del sistema operativo en el antiguo sentido del
término. Es decir, que puedes ejecutar Unix en puro modo de
línea de comandos si quieres, sin ventanas, iconos, ratones,
etc., y seguirá siendo Unix y capaz de hacer todo lo que se
supone que hace Unix. Pero los demás sistemas operativos
--MacOS, la familia Windows y BeOS-- tienen sus GUI
enmarañadas con las anticuadas funciones del sistema operativo
en tal grado que han de ejecutarse en modo GUI o
no se ejecutan verdaderamente. Así que ya no es posible pensar
en las GUI como en algo distinto del sistema
operativo; ahora forman una parte inalienable de los sistemas
operativos a los que pertenecen --y son, con mucho, la parte mayor,
más cara y difícil de crear.
Sólo hay dos modos de vender un producto: precio y
funcionalidades. Cuando los sistemas operativos son gratuitos, las
compañías de sistemas operativos no pueden competir
mediante el precio, así que compiten mediante las
funcionalidades. Esto significa que siempre tratan de superarse unos
a otros escribiendo código que, hasta hace poco, no se
consideraba parte de un sistema operativo en absoluto: cosas como las
GUI. Esto explica en gran medida el
comportamiento de estas compañías.
Explica por qué Microsoft añadió un navegador
a su sistema operativo, por ejemplo. Resulta fácil obtener
navegadores gratuitos, igual que sistemas operativos gratuitos. Si
los navegadores son gratuitos y los sistemas operativos son
gratuitos, pareciera que no hay modo de hacer dinero con los
navegadores ni con los sistemas operativos. Pero si puedes integrar
un navegador en un sistema operativo y así llenar ambos de
nuevas funcionalidades, ya tienes un producto vendible.
Dejando a un lado, de momento, el hecho de que esto cabrea de
verdad a los abogados antimonopolio del gobierno, esta estrategia
tiene sentido. Al menos, tiene sentido si se asume (como parece hacer
la dirección de Microsoft) que el sistema operativo ha de ser
protegido a cualquier precio. La verdadera cuestión es si cada
moda tecnológica nueva que aparezca ha de usarse como muleta
para sostener la posición dominante del sistema operativo. Al
enfrentarse al fenómeno de la Web, Microsoft tuvo que
desarrollar un navegador web realmente bueno, y lo hicieron. Pero
entonces tuvieron que elegir: podían hacer que ese navegador
funcionara en múltiples sistemas operativos, lo cual daría
a Microsoft una posición fuerte en el mundo de Internet con
independencia de lo que le pasara a la cuota de mercado de su sistema
operativo. O podían integrar el navegador con el sistema
operativo, apostando a que esto haría que su sistema operativo
pareciera tan moderno y atractivo que ayudaría a conservar su
dominio en ese mercado. El problema es que cuando la posición
del sistema operativo Windows empiece a venirse abajo (y dado que
actualmente es de cerca del noventa por ciento, no puede sino
descender) arrastrará todo tras de sí.
En la clase de geología del instituto probablemente les
enseñaran que toda la vida sobre la Tierra existe en una
delgada capa llamada biosfera, que existe entre miles de kilómetros
de roca muerta por debajo, y frío espacio vacío, muerto
y radiactivo, por encima. Las compañías que venden
sistemas operativos existen en una especie de tecnosfera. Por debajo
está la tecnología que ya es gratuita. Por encima está
la tecnología que todavía ha de ser desarrollada, o que
es demasiado disparatada y especulativa para ser explotada de
momento. Como la biosfera de la Tierra, la tecnosfera es muy fina
comparada con lo que tiene por encima y por debajo.
Pero se mueve mucho más rápido. En diversas partes
del mundo, es posible visitar ricas capas fósiles en las que
hay esqueletos apilados, los más recientes encima y los más
antiguos debajo. En teoría, todos se remontan a los primeros
organismos unicelulares. Y si se usa la imaginación un poco,
uno se dará cuenta de que, si se queda ahí el tiempo
suficiente, también quedará fosilizado, y con el tiempo
algún organismo más avanzado quedará fosilizado
encima tuyo.
El registro fósil --La Brea Tar Pits2--
de la tecnología software es Internet. Cualquier cosa que
aparezca allí se puede tomar de forma gratuita (posiblemente
ilegal, pero gratuita). Los ejecutivos de compañías
como Microsoft tienen que acostumbrarse a la experiencia --impensable
en otras industrias-- de invertir millones de dólares en el
desarrollo de nuevas tecnologías, tales como navegadores web,
y luego ver cómo aparece en Internet el mismo software, o un
software equivalente, dos años, un año, o incluso pocos
meses después.
Al seguir desarrollando nuevas tecnologías y añadiendo
posibilidades a sus productos, pueden mantenerse un paso por delante
del proceso de fosilización, pero algunos días deben de
sentirse como mamuts atrapados en La Brea, usando todas sus energías
para salir adelante, una y otra vez, escapando de la pegajosa brea
caliente que quiere cubrirles y engullirles.
La supervivencia en esta biosfera requiere colmillos fuertes y
pies que puedan pisotear en un extremo de la organización, y
Microsoft es famosa por tenerlos. Pero pisotear a los otros mamuts en
la brea sólo puede mantenerte vivo cierto tiempo. El peligro
es que, con su obsesión por mantenerse fuera de las capas
fósiles, estas compañías olviden lo que hay por
encima de la biosfera: el ámbito de la nueva tecnología.
En otras palabras, deben seguir con sus armas primitivas y bastos
instintos competitivos, pero también han de desarrollar
cerebros potentes. Parece ser que esto es lo que está haciendo
Microsoft con su departamento de investigación, que contrata a
personas inteligentes por doquier. (Y aquí debo mencionar que,
aunque conozco y me relaciono con varias personas del departamento de
investigación de esa compañía, nunca hablamos de
negocios, y no tengo ni idea de qué demonios están
haciendo. He aprendido mucho más sobre Microsoft usando el
sistema operativo Linux de lo que habría aprendido usando
Windows).
Da igual cómo hiciera antes dinero Microsoft; hoy en día,
hace dinero gracias a una especie de arbitraje temporal. Arbitraje,
en el sentido habitual, significa hacer dinero aprovechándose
de las diferencias en los precios de algo en diferentes mercados. En
otras palabras, es espacial y se basa sobre el hecho de que el
árbitro sabe por qué tecnologías pagará
dinero la gente el año que viene, y cuánto tardarán
esas tecnologías en volverse gratuitas. Lo que el arbitraje
espacial y temporal tienen en común es que ambos pivotan sobre
la información extremadamente buena del árbitro;
información sobre los gradientes de precios en un momento dado
en un caso, sobre los gradientes de precios a lo largo del tiempo en
un lugar dado en el otro.
Así que Apple/Microsoft ofrecen nuevas posibilidades a sus usuarios casi a diario, con la esperanza de que un flujo constante de genuinas innovaciones técnicas, combinadas con el fenómeno del «quiero creer» impedirá que sus clientes miren al otro lado de la carretera, hacia los sistemas operativos, mejores y más baratos, que tienen disponibles. La cuestión es si esto tiene sentido a largo plazo. Si Microsoft es adicta a los sistemas operativos como Apple lo es al hardware, entonces se apostarán la camisa por sus sistemas operativos, y vincularán todas sus nuevas aplicaciones y sistemas operativos a ellos. Su supervivencia dependerá entonces de estas dos cosas: añadir más posibilidades a sus sistemas operativos, de tal modo que sus clientes no se pasen a las alternativas más baratas, y mantener la imagen que, de algún modo misterioso, les da a estos clientes la sensación de que obtienen algo a cambio de su dinero.
Este último es un fenómeno cultural verdaderamente extraño e interesante.
La cultura de la interfaz 
HACE UNOS AÑOS1 entré en una tienda cualquiera y me encontré con la
siguiente escena: cerca de la entrada había una pareja joven
frente a un gran mostrador de cosméticos. El hombre sostenía
estólidamente una cesta de la compra en las manos mientras su
compañera arramblaba con productos de maquillaje del mostrador
y los apilaba en la cesta. Desde entonces siempre he pensado en ese
hombre como la personificación de una interesante tendencia
humana: no sólo no nos ofenden las imágenes
manufacturadas sino que nos gustan. Prácticamente insistimos
en ello. Estamos ansiosos por ser cómplices de nuestro propio
engaño: por pagar dinero por el pase a un parque temático,
votar a un tipo que obviamente nos está mintiendo o permanecer
de pie sosteniendo la cesta que se llena de cosméticos.
Hace poco estuve en Disney World, concretamente en la parte
llamada el Reino Mágico, caminando por Main Street USA.
Esta es la perfecta pequeña ciudad victoriana y cuca que lleva
al castillo Disney. Había mucha gente; nos abríamos
camino más que caminábamos. Justo delante mío
había un hombre con una videocámara. Era una de esas
nuevas videocámaras en las que, en vez de mirar por un visor,
contemplas una pantalla plana en color del tamaño de un naipe,
que televisa en directo lo que quiera que la cámara esté
grabando. Sostenía el aparato cerca de la cara, de tal modo
que le tapaba la vista. En vez de ir a ver una pequeña ciudad
de verdad gratis, había pagado dinero por ver una falsa, y en
vez de verla a simple vista estaba contemplándola por
televisión.
Y en vez de quedarme en casa y leer un libro, yo le estaba mirando a él.
La preferencia de los estadounidenses por las experiencias mediadas resulta bastante obvia, y no voy a dar la murga con ello. Ni siquiera voy a hacer comentarios desdeñosos acerca de ello --después de todo, yo estaba en Disney World como cliente de pago--. Pero claramente está relacionado con el colosal éxito
de las GUI, así que tengo que hablar algo acerca de ello. A los de Disney se le dan mejor que a nadie las experiencias mediadas. Si entendieran qué son los sistemas operativos, y por qué los usa la gente, aplastarían a Microsoft en uno o dos años.
En la sección de Disney World llamada el Reino Animal hay
una nueva atracción, que se supone abrirá en marzo de
1999, llamada el Viaje por la Jungla del Maharajá. Lo habían
abierto como anticipo cuando yo estuve allí. Es una
reproducción completa, piedra a piedra, de una hipotética
ruina en las junglas de la India. Según decían, fue
construida por un rajá local en el siglo XVI
como reserva de caza. El rajá iba allí con sus
principescos huéspedes a cazar tigres de Bengala. Con el paso
del tiempo, quedó abandonada y la ocuparon los tigres y los
monos; finalmente, en torno a la época de la independencia de
la India, se convirtió en una reserva natural del gobierno,
ahora abierto a los visitantes.
El lugar se parece más a lo que he descrito que ningún
edificio real que se pueda encontrar en la India. Todas las piedras
en los muros derrumbados tenían el aspecto de haber sido
desgastados por las lluvias monzónicas durante siglos, la
pintura de las paredes está descascarillada y apagada y los
tigres de Bengala se mueven entre las columnas rotas. Allí
donde se podrían realizar reparaciones modernas en la antigua
estructura, se han hecho, pero no como las llevarían a cabo
los ingenieros de la Disney, sino ahorrativos encargados indios, con
bambú y barras herrumbrosas. La herrumbre está pintada,
claro, y protegida de la herrumbre auténtica por una capa de
plástico transparente, pero no se nota a menos que uno se
agache.
En cierto punto se puede caminar junto a un muro de piedra con una
serie de desgastados frisos antiguos esculpidos. Un extremo del muro
se ha derrumbado y caído a tierra, quizás debido a
algún terremoto largo tiempo olvidado, y uno o dos paneles
tienen anchas fisuras, pero la historia sigue siendo legible:
primero, el caos primordial lleva a la creación de muchas
especies animales. Luego, vemos el Árbol de la Vida rodeado de
diversos animales. Esta es una alusión obvia al enorme Árbol
de la Vida que domina el centro del Reino Animal de Disney, igual que
el Castillo domina el Reino Mágico o la Esfera domina Epcot.
Pero está hecho en un estilo históricamente correcto, y
probablemente engañaría a cualquiera que no tuviera un
doctorado en historia del arte indio.
El siguiente panel muestra a un homo sapiens bigotudo
derribando el Árbol de la Vida con una cimitarra y a animales
huyendo en todas direcciones. El panel que va después muestra
al errado humano golpeado por un tsunami, parte de un Diluvio
presumiblemente provocado por su estupidez.
El panel final muestra al Brote de la Vida que vuelve a crecer,
pero ahora el Hombre ha abandonado su afilada arma y se ha unido a
los demás animales, que lo rodean para ensalzarlo y adorarlo.
Es, en otras palabras, una profecía del cuello de
botella: la situación, planteada habitualmente por los
modernos ecologistas, de que el mundo se enfrentará pronto a
un periodo de graves tribulaciones ecológicas que durarán
unas pocas décadas o siglos y acabarán cuando
encontremos un nuevo y armonioso modus vivendi con la
Naturaleza.
En conjunto, el friso es una obra bastante brillante. Obviamente
no es una antigua ruina india, y alguna persona o personas vivas
merecen ser elogiadas. Pero no hay firmas en la reserva de caza de
Maharajá en Disney World. No hay firmas en nada, porque
arruinaría el efecto si largos créditos colgaran de
cada ladrillo desgastado a medida, como en las películas de
Hollywood.
Entre los guionistas de Hollywood, Disney tiene la reputación
de ser una madrastra verdaderamente malvada. No resulta difícil
ver por qué. Disney está en el negocio de los productos
de ilusión sin fisuras --un espejo mágico que refleja
el mundo mejor de lo que realmente es--. Pero un escritor está
hablando literalmente a sus lectores, no sólo creando un
ambiente o presentándoles algo donde mirar; y así como
la interfaz de línea de comandos abre un canal mucho más
directo y explícito entre usuario y máquina que la GUI,
lo mismo sucede con palabras, escritor y lector.
La palabra, al final, es el único sistema para codificar
los pensamientos --el único medio-- que no es fungible, que se
niega a disolverse en el torrente devorador de los medios
electrónicos (los turistas más ricos en Disney World
llevan camisetas con los nombres de diseñadores famosos
impresos, porque los propios diseños pueden copiarse
fácilmente y con impunidad. El único modo de fabricar
ropa que no puede copiarse legalmente es imprimir palabras con
copyright y marca registrada; una vez se ha dado ese paso, la ropa
misma ya no importa realmente, y así una camiseta es tan buena
como cualquier otra cosa. Las camisetas con palabras caras son ahora
la insignia de la clase alta. Las camisetas con palabras baratas, o
sin palabras, son para el común de los mortales).
Pero esta cualidad especial de las palabras y de la comunicación
escrita tendría el mismo efecto sobre el producto de la Disney
que un graffiti de spray sobre un espejo mágico. Así
que la Disney lleva a cabo la mayor parte de su comunicación
sin recurrir a las palabras, y en su mayor parte, no se echa de menos
las palabras. Algunas de las propiedades más antiguas de la
Disney, como Peter Pan, Winnie Pooh, y Alicia en el País de
las Maravillas, salieron de libros. Pero los nombres de sus autores
se mencionan raramente, si es que se mencionan, y no se pueden
comprar los libros originales en la tienda Disney. Si se pudiera,
parecerían viejos y extraños, como versiones muy raras
de los originales más puros y auténticos de la Disney.
Comparados con producciones más recientes como La Bella y
la Bestia y Mulan, las películas de la Disney
basadas en estos libros (en particular Alicia en el País de
las Maravillas y Peter Pan) parecen profundamente
extrañas, y no del todo apropiadas para niños. Lo cual
es razonable, porque Lewis Carroll y J.M. Barrie eran hombres muy
raros, y la naturaleza de la palabra escrita es tal que su rareza
personal se filtra a través de todas las capas de
disneyficación como rayos X a través de una
pared. Probablemente, por esta misma razón, la Disney parece
haber dejado de comprar libros y ahora encuentra sus temas y
caracteres en los relatos tradicionales, que tienen la cualidad
lapidaria y gastada por el tiempo de los antiguos bloques de piedra
de las ruinas del Maharajá.
Si siguiéramos a esos turistas a sus casas, podríamos
encontrar arte, pero sería el tipo de arte folclórico
no firmado que venden en las tiendas de la Disney de tema africano y
asiático. En general, sólo parecen estar cómodos
con medios que han sido ratificados por su antigüedad, por su
aceptación popular masiva o por ambas cosas.
En este mundo, los artistas son como los obreros anónimos y
analfabetos que construyeron las grandes catedrales en Europa y luego
desaparecieron en tumbas anónimas del cementerio. La catedral
en conjunto es apabullante y conmovedora a pesar de, y posiblemente
debido a, el hecho de que no tenemos ni idea de quién la
construyó. Cuando caminamos por ella comulgamos no con obreros
individuales sino con toda una cultura.
Disney World funciona del mismo modo. Si se es un intelectual, un
lector o un escritor de libros, lo más amable que se puede
decir al respecto es que la ejecución es soberbia. Pero
resulta fácil encontrarlo todo un poco siniestro, porque falta
algo: la traducción de todo su contenido a palabras escritas,
claras y explícitas, las atribución de las ideas a
personas específicas. No se puede discutir con ello. Parece
como si se estuviera pasando por alto un montón de cosas, como
si Disney World nos estuviera engañando, y posiblemente
colándonos todo tipo de asunciones ocultas y pensamiento
débil. Pero esto es exactamente lo mismo que se pierde en la
transición de la interfaz de línea de comandos a la
GUI.
La Disney y Apple/Microsoft están en el mismo negocio:
cortocircuitar la laboriosa y explícita comunicación
verbal con interfaces de diseño caro. La Disney es una especie
de interfaz de usuario en sí misma --y más que
meramente gráfica--. Llamémosla interfaz sensorial.
Puede aplicarse a cualquier cosa en el mundo, real o imaginada,
aunque a un precio apabullante.
¿Por qué rechazamos las interfaces basadas en la
palabra, y preferimos las gráficas o sensoriales --una
tendencia que explica el éxito tanto de Microsoft como de la
Disney?
Parte de ello es simplemente que el mundo es ahora muy complicado
--mucho más complicado que el mundo de los
cazadores-recolectores con el cual evolucionaron nuestros cerebros--
y sencillamente no podemos manejar todos los detalles. Tenemos que
delegar. No tenemos más opción que confiar en algún
artista anónimo de la Disney o en algún programador de
Apple o Microsoft para que elijan por nosotros, nos libren de algunas
opciones y nos den un resumen convenientemente empaquetado.
Pero más importante es el hecho de que durante este siglo
el intelectualismo falló, y todo el mundo lo sabe. En lugares
como Rusia y Alemania, la gente común renunció a su
control sobre los modos de vida tradicionales, costumbres y religión,
y permitió que los intelectuales llevaran el cotarro, y los
intelectuales lo estropearon todo y convirtieron el siglo en un
matadero. Aquellos intelectuales de tanta palabrería solían
percibirse como algo meramente tedioso; ahora también parecen
algo peligrosos.
Los estadounidenses somos los únicos que no salimos
malparados en ningún momento de todo esto. Somos libres y
prósperos porque heredamos sistemas políticos y de
valores fabricados por un conjunto dado de intelectuales del siglo
XVIII que por casualidad acertaron. Pero hemos
perdido contacto con esos intelectuales, y con cualquier cosa
parecida al intelectualismo, hasta el punto de no leer libros ya,
aunque sabemos leer. Estamos mucho más cómodos
transmitiéndoles esos valores a las generaciones futuras de
forma no-verbal, mediante el proceso de inmersión mediática.
Parece que esto funciona hasta cierto punto, porque la policía
en muchos países ahora se queja de que los arrestados insisten
en que les lean sus derechos, como en las películas de
policías estadounidenses. Cuando se les explica que están
en un país |