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GNU/Linux \ En el principio... fue la línea de comandos
GNU/Linux
En el principio... fue la línea de comandos

Este artículo ha sido consultado en 1,728 ocasiones.

En el principio... fue la línea de comandos

Neal Stephenson

1999

Índice

Presentación

Hace años que los fabricantes de sistemas operativos --como Microsoft o Apple-- dedican ingentes recursos a ocultar cómo funcionan realmente los ordenadores, se supone que con la idea de simplificar su uso. Para ello, algunos de sus mejores ingenieros han inventado toda clase de metáforas visuales e interfaces gráficas, lo cual ha permitido que mucha gente se acerque a los ordenadores personales sin sentir pánico o sin provocar grandes gastos de formación de personal a sus empresas. Pero, lamentablemente, construir ese muro de metáforas en forma de interfaz gráfica entre el ordenador y el usuario (conocida como GUI) ha tenido un coste social y cultural muy notable, al contribuir decisivamente a que la tecnología que subyace al ordenador se perciba como algo mágico, sin conexión alguna entre causas y efectos, recubriendo de un formidable manto de ignorancia todo lo que realmente sucede. Eso ha propiciado estrategias comerciales basadas en el engaño y la trampa,1 cuando no abiertamente delictivas2 y explica que productos muy deficientes, como el propio Windows, sean consumidos masivamente y tolerados por el gran público, que soporta resignadamente una mercancía plagada de errores y sin garantía real alguna, que acepta las pérdidas de datos, los virus, las vulnerabilidades, el control sobre su intimidad y toda clase de errores inesperados como algo natural, inherente al propio ordenador, y no al sistema operativo que lo hace funcionar. El último --y gravísimo-- atropello planificado por parte del principal constructor de interfaces amigables tiene el nombre de TCPA/Palladium y pretende universalizar el software propietario con código malicioso incorporado. Hoy son las empresas las que «legislan» de facto mediante la tecnología y, de imponerse dicho sistema --una auténtica conspiración de Microsoft e Intel contra libertades básicas de las personas--, permitiría realmente la censura remota, la intrusión y el control de los ordenadores personales por parte de las corporaciones multimedia y de los gobiernos, a espaldas del usuario y sin su consentimiento.

La «cultura de la interfaz» se ha impuesto, pero para llegar a ese punto ha hecho falta un largo recorrido salpicado de guerras no declaradas, una auténtica «lucha de clases en el escritorio» que nos ha llevado desde la línea de comandos hasta las vistosas interfaces gráficas actuales. Es precisamente esa historia la que nos narra, de forma amena y desenfada, Neal Stephenson, autor por cierto de algunas de las mejores novelas de ciencia-ficción de la última década, tales como Snow Crash y Criptonomicón.

Existe una comunidad, una cultura compartida, de programadores expertos y gurús de redes, cuya historia se puede rastrear décadas atrás, hasta las primeras minicomputadoras de tiempo compartido y los primigenios experimentos de Arpanet. Los miembros de esta cultura acuñaron el término hacker. Los hackers construyeron la Internet. Los hackers hicieron del sistema operativo Unix lo que es en la actualidad. Los hackers hacen andar Usenet. Los hackers hacen que funcione la WWW.3

El heredero de esa cultura es el movimiento del software libre, y su buque insignia: GNU/Linux. En ese ámbito sigue muy viva la interfaz de línea de comandos de la que nos habla Stephenson. Tal circunstancia no responde a ninguna clase de nostalgia o excentricidad, ni se debe solo a una decisión técnica, sino política, pues con ello se ha mantenido intactos el poder y la capacidad de decisión del usuario sobre lo que hace su máquina. Es de esta historia, no muy conocida fuera del ámbito hacker, sobre la que nos ilustra EN EL PRINCIPIO... FUE LA LÍNEA DE COMANDOS. La obra que presentamos constituye un ensayo sobre el pasado y el futuro de los ordenadores personales, un recorrido personal y subjetivo --pero no por ello menos preciso-- a través de la evolución de los sistemas operativos que el autor ha conocido --Windows, MacOS, Linux, BeOS-- y de la actitud que han representado a lo largo del tiempo cada uno de estos en el uso y el tipo de usuario a los que ha dado lugar. No es un libro que trate de evaluar o comparar técnicamente las prestaciones de los distintos sistemas operativos, ni que aborde la típica (y artificiosa) controversia entre usuarios de Mac y de Windows. De hecho, Stephenson sitúa correctamente en el mismo plano a Apple y a Microsoft, como dos caras de la misma moneda: tal y como no hay diferencia cualitativa entre un fabricante de ferraris y otro de ladas (por mucho que estética e incluso funcionalmente no haya comparación posible), tampoco la hay entre Redmond y Cupertino: ambos gigantes representan un modelo basado en el código cerrado, en la restricción y la apropiación de las fuentes del conocimiento y en la venta de licencias.

La alternativa al software propietario no es otro software propietario que funcione mejor o sea más vistoso, o nos salga gratis, sino un modelo de desarrollo y uso del software que devuelva a los usuarios de ordenadores el poder y la libertad que han ido perdiendo a lo largo del tiempo o, aún más, que permita a los usuarios autoorganizarse para ello: ese, y no otro, es el valor del software libre, mucho más que sus excelencias técnicas, las cuales, siendo indiscutibles, no dejan de ser un hecho circunstancial. ¿Y qué es lo que caracteriza pues al software libre? el permiso de copiar, modificar y redistribuir el código (incluyendo su venta), con una única restricción que se puede sintetizar con el título del himno de Caetano Veloso y del Mayo francés: «prohibido prohibir», y que los hackers comprimen aún más llamándolo «copyleft». Esto no es una simple utopía de informáticos libertarios, sino la columna vertebral de Internet (más del 60% de los servidores web se basan en un software libre llamado Apache), el modelo de negocio de numerosas empresas y el sistema que usan ya más de veinte millones de personas en sus ordenadores.

Esta obra sin duda supondrá un punto de vista novedoso para el usuario no especializado, pues le descubrirá de modo ameno un mundo que no es el que le han contado en las revistas de informática, ni en los rutilantes anuncios de las grandes compañías de software propietario, que prometen facilidad de uso a cambio de aceptar la entrega ciega e incondicional a sus productos. Neal Stephenson muestra que no es oro todo lo que reluce debajo de esas metáforas visuales y esos vistosos y (se supone) intuitivos escritorios, que se han impuesto a costa de un ejercicio tramposo de idealización equivalente a las películas de Walt Disney.

Hay que hacer una pequeña aclaración en cuanto a la excelente traducción de Asunción Álvarez. En el texto aparece a menudo «software gratis» como traducción castellana de free software. En inglés, el término free es polisémico, y puede significar tanto libre como gratis. Sin embargo, free software, referido al movimiento que abandera GNU/Linux, se emplea siempre en el sentido de libertad, no de precio, y debe traducirse como «software libre». Pero Stephenson usa muchas veces a lo largo del texto free en un sentido inequívoco que indica gratuidad y por supuesto la traductora ha respetado dicho sentido. Cuando el autor quiere referirse a «software libre» opta por la denominación open source («fuente abierta»). El software libre es libre incluso para ser vendido. Que el software se pueda copiar sin restricciones hace que tienda a llegar al usuario a coste cero, lo cual es distinto a que no haya costado nada producirlo o a que alguien no haya pagado por su desarrollo: la gratuidad, cuando se da, es una consecuencia del modelo de libre copia, no su razón de ser.4

Para elaborar este libro se ha empleado únicamente software libre, en concreto el sistema de composición de textos LATEX,5 el editor GNU Emacs y el corrector Ispell,6 con los que se ha controlado todo el proceso hasta la salida final en un fichero «postscript» para la imprenta. Tenemos el empeño explícito por mostrar con hechos que el resultado de la maquetación con herramientas libres es incluso superior que el que se obtiene con los carísimos programas comerciales que se utilizan en la composición de libros en papel. Tampoco se ha usado interfaz gráfica: todo el proceso se ha realizado sin efectuar un solo click de ratón desde una terminal de línea de comandos (GNU bash). Una versión digital de este libro, libremente reproducible para uso personal, puede encontrarse en la Biblioweb de sinDominio.7

Solo nos queda agradecer la cesión de la traducción a Asunción Álvarez y ciberpunk.org, en cuyo sitio se encuentra otra versión en línea de este ensayo.8También deseamos que conste nuestro agradecimiento a Pedro Jorge Romero, por permitirnos reproducir la reseña que hizo para el Archivo de Nessus.9



MIQUEL VIDAL
miquel@sindominio.ne



Prólogo Top

Aparte de escribir buenas novelas de ciencia ficción (o cómo se llame lo que hace), Neal Stephenson tiene otra faceta más periodística. No está tan marcada como la de Bruce Sterling, quien ha dedicado muchos esfuerzos a informar desde cinco minutos en el futuro, pero es muy interesante, centrándose sobre todo en el mundo de la informática y las tecnologías avanzadas de comunicación. Y aquí es donde Neal Stephenson gana a muchos de los que tratan esos temas: él realmente entiende el fundamento técnico. No es que sus comentarios sean análisis secos de posibilidades tecnológicas, más bien todo lo contrario. Son piezas llenas de opiniones, subjetivas y claramente escritas por una persona en concreto, pero una persona cuya opinión merece tenerse en cuenta porque demuestra conocer bien el campo sobre el que escribe.

Un buen ejemplo es este libro dedicado a los sistemas operativos. EN EL PRINCIPIO... FUE LA LÍNEA DE COMANDOS es una combinación de historia del software, discusión sobre la progresiva ocultación de la realidad tras una «interfaz» cada vez más bonita, meditación sobre el sentido de la vida, diario de los problemas de enfrentarse a varios sistemas operativos diferentes, canto nostálgico a los días en que las cosas se hacían como debían hacerse y, un poco, defensa de los muy masculinos valores de la potencia y el control. Todo empieza con una analogía: los sistemas operativos son como los coches. La compañía Microsoft empezó vendiendo bicicletas motorizadas (MS-DOS), luego pasó a producir una actualización (el Windows original) que permitía a la bicicleta ir más rápido. Y finalmente, produce un coche, no demasiado bonito, que pierde mucho aceite pero que la gente compra mucho. La otra compañía, Apple, vende unos coches muy cómodos, fáciles de usar, pero que vienen herméticamente cerrados de forma que es imposible saber qué hay en su interior. BeOS vende coches de alta tecnologías, hermosos, con gran estilo y capaces de volar, ir por el agua o hacer lo que uno quiera, y más baratos que la competencia. Y por último tenemos algo que no es ni siquiera una compañía, sino más bien un campamento de refugiados, lleno de voluntarios de gran talento, que produce tanques. Sí, tanques. Tan buenos, que nunca se rompen, fáciles de maniobrar, que consumen el mismo combustible que un coche, están fabricados con la última tecnología y, lo mejor de todo, son gratuitos. A medida que uno de esos tanques Linux, ¿no lo habían adivinado?, se termina, se deja en la calle y cualquiera puede llevárselo.

A partir de ahí, Neal Stephenson construye un discurso en el que explica el valor real de una compañía de sistemas operativos (ninguno; su valor sólo está en la cabeza de los clientes que, como Mulder, «quieren creer»), analiza la necesidad de la sociedad americana (y por extensión, el resto del mundo) de ocultar la complejidad tras unos bonitos botones, y discute los muchos problemas de instalar Linux. Y cuando uno sospechaba que está a punto de defender los valores de las herramientas para hombres (después de comparar a Linux con un, maravilloso en su experiencia, taladro industrial) se descuelga con una afirmación sorprendente para un hacker: el mejor sistema operativo sería aquel que combinase la potencia con una buena interfaz gráfica. Es decir, uno que te dejase la posibilidad de abrir una ventana a la línea de comando. Es decir, BeOS.

Porque la línea de comando es la mejor forma de relacionarse con el mundo. La línea de comando es lo que te permite acceder a la realidad fundamental. Seguro que dios cuando creo el universo lo hizo como un hacker delante de la pantalla de su ordenador tecleando crípticos comandos para crear universos.

¿Son 150 páginas de un discurso laberíntico? Muy posiblemente. ¿Tiene razón en lo que dice? En buena parte. ¿Se va por las ramas? Ciertamente. ¿Es apasionante de leer? Puedes apostarlo. Porque EN EL PRINCIPIO... FUE LA LÍNEA DE COMANDOS está escrito con pasión, y por un autor que sabe utilizar atrevidas metáforas y brillantes imágenes, que a cada página puede sorprender con una observación inteligente o un dato interesante. Cuando terminas, te quedas con el inexplicable deseo de instalar BeOS en tu ordenador. Lo que puede resumirse diciendo que es otro buen libro de Neal Stephenson.

PEDRO JORGE ROMERO

Introducción Top

HACE UNOS VEINTE AÑOS, a Jobs y Wozniak, los fundadores de Apple, se les ocurrió la muy extraña idea de vender máquinas de procesamiento de información para uso doméstico. El negocio despegó, sus fundadores hicieron un montón de dinero y recibieron el crédito que merecían como osados visionarios. Pero en esa misma época, a Bill Gates y Paul Allen se les ocurrió una idea todavía más extraña y fantasiosa: vender sistemas operativos de ordenador. Esto era mucho más extraño que la idea de Jobs y Wozniak. Un ordenador por lo menos tenía cierta realidad física. Venía en una caja, podía abrirse y enchufarse y se podía ver cómo parpadeaban las luces. Un sistema operativo no tenía ninguna encarnación tangible. Venía en un disco, claro, pero el disco no era, a todos los efectos, más que la caja que contenía el sistema operativo. El producto mismo era una serie muy larga de unos y ceros que, cuando se instalaba y se cuidaba bien, te daba la capacidad de manipular otras series muy largas de unos y ceros. Incluso los pocos que de hecho comprendían qué era un sistema operativo de ordenador posiblemente pensaban en ello como un prodigio increíblemente complicado de la ingeniería, como un reactor o un avión espía U-2, y no algo que pudiera llegar a ser (en la jerga de la alta tecnología) productizado.

Pero ahora la compañía que fundaron Gates y Allen vende sistemas operativos como Gillette vende hojas de afeitar. Se lanzan nuevas versiones de sistemas operativos como si fueran películas de Hollywood, con el respaldo de celebridades, apariciones en talk shows y giras mundiales. Su mercado es lo bastante vasto como para que la gente se preocupe de si ha sido monopolizado por una compañía. Incluso los menos inclinados a la técnica de nuestra sociedad tienen ahora al menos una idea nebulosa de lo que hacen los sistemas operativos; lo que es más, tienen opiniones sólidas sobre sus méritos relativos. Es ya un conocimiento compartido el que, si tienes un programa que funciona en tu Macintosh y lo pasas a una máquina Windows, no funciona. Esto sería, de hecho, un error risible e idiota, como clavar herraduras en las ruedas de un coche.

Una persona que entrara en coma antes de la fundación de Microsoft y despertara hoy, tomaría el New York Times de esta mañana y no entendería nada --o casi:

Ítem: el hombre más rico del mundo hizo su fortuna a partir de ¿qué? ¿ferrocarriles? ¿buques? ¿petróleo? No, sistemas operativos.
Ítem: el Departamento de Justicia está investigando el supuesto monopolio en sistemas operativos de Microsoft con herramientas legales que se inventaron para restringir el poder de los jefes de bandas de ladrones del siglo XIX.
Ítem: una amiga mía me contó recientemente que había interrumpido un (hasta entonces) estimulante intercambio de e-mails con un joven. «Al principio parecía un tipo tan inteligente e interesante --dijo-- pero luego empezó a ponerse en plan ``PC-contra-Mac''.»

¿Qué diablos está pasando aquí? Y ¿tiene futuro el negocio de los sistemas operativos, o sólo pasado? Lo que sigue es mi opinión, que es completamente subjetiva; pero, dado que me he pasado bastante tiempo, no sólo usando, sino programando en Macintosh, Windows, Linux y BeOS, tal vez no sea tan desinformada como para carecer por completo de valor. Este es un ensayo subjetivo, más crítica que artículo de investigación, y puede parecer injusto o sesgado comparado con lo que se puede encontrar en las revistas de PC. Pero, desde que salió el Mac, nuestros sistemas operativos están basados en metáforas, y, por lo que a mí respecta, es legítimo cuestionar cualquier cosa con metáforas dentro.



Descapotables, tanques y batmóviles Top

EN LA ÉPOCA EN QUE JOBS, Wozniak, Gates y Allen estaban soñando estos planes inverosímiles, yo era un adolescente que vivía en Ames, Iowa. El padre de uno de mis amigos tenía un viejo MGB descapotable1 oxidándose en el garaje. A veces conseguía que arrancara y cuando lo hacía nos llevaba a dar una vuelta por el barrio, con una expresión memorable de salvaje entusiasmo juvenil en la cara; para sus preocupados pasajeros era un loco, tosiendo y renqueando por Ames, Iowa, y tragándose el polvo de oxidados Gremlins y Pintos, pero en su propia imaginación era Dustin Hoffman cruzando el Puente de la Bahía con el cabello al viento.

Mirando atrás, esto me reveló dos cosas acerca de la relación de las personas con la tecnología. Una fue que el romanticismo y la imagen influyen mucho sobre su opinión. Si lo dudan (y tienen un montón de tiempo libre), pregúntenle a cualquiera que tenga un Macintosh y que por ello imagina ser miembro de una minoría oprimida.

El otro punto, algo más sutil, fue que la interfaz es muy importante. Claro que aquel MGB era un coche malísimo en casi cualquier aspecto importante: pesado, poco fiable, poco potente. Pero era divertido conducirlo. Respondía. Cada guijarro de la carretera se sentía en los huesos, cada matiz en el asfalto se transmitía instantáneamente a las manos del conductor. Podía escuchar el motor y saber qué fallaba. El volante respondía inmediatamente a las órdenes de las manos. Para nosotros, los pasajeros, era un ejercicio fútil de no ir a ningún lado --más o menos tan interesante como mirar por encima del hombro de alguien que introduce números en una hoja de cálculo--. Pero para el conductor era una experiencia. Durante un breve tiempo, estaba expandiendo su cuerpo y sus sentidos en un ámbito más amplio, y haciendo cosas que no podía hacer sin ayuda.

La analogía entre coches y sistemas operativos es bastante buena, así que permítanme seguir con ella durante un rato como modo de dar un resumen sumario de nuestra situación hoy en día.

Imagínense un cruce de carreteras donde hay cuatro puntos de venta de coches. Uno de ellos (Microsoft) es mucho, mucho mayor que los demás. Comenzó hace años vendiendo bicicletas de tres velocidades (MS-DOS); no eran perfectas, pero funcionaban y, cuando se rompían, se arreglaban fácilmente.

Enfrente estaba la tienda de bicicletas rival (Apple), que un día empezó a vender vehículos motorizados: coches caros, pero de estilo atractivo, con los mecanismos herméticamente sellados, de tal modo que su funcionamiento era algo misterioso.

La tienda grande respondió apresurándose a sacar un kit de actualización (el Windows original) al mercado. Se trataba de un dispositivo que, cuando se atornillaba a una bicicleta de tres velocidades, le permitía seguir, a duras penas, el ritmo de los coches Apple. Los usuarios tenían que usar gafas de protección y siempre estaban sacándose bichos de los dientes,2 mientras los usuarios de Apple corrían en su confort herméticamente sellado, burlándose por las ventanillas. Pero los Micro-motopedales eran baratos, y fáciles de reparar comparados con los coches Apple, y su cuota de mercado creció.

Al final la tienda grande acabó por sacar un coche en toda regla: un monovolumen colosal (Windows 95). Tenía el encanto estético de un bloque soviético de viviendas para obreros, perdía aceite y le estallaban las bujías, pero fue un éxito tremendo. Poco tiempo después, sacaron también un enorme vehículo para la circulación fuera de carretera destinado a usuarios industriales (Windows NT), que no era más bonito que el monovolumen, y sólo algo más fiable.

Desde entonces ha habido un montón de ruido y gritos, pero poco ha cambiado. La tienda pequeña sigue vendiendo elegantes sedanes de estilo europeo y gastándose mucho dinero en campañas publicitarias. Tienen carteles de «¡LIQUIDACIÓN!» puestos en el escaparate desde hace tanto tiempo que ya están amarillos y arrugados. La tienda grande sigue fabricando monovolúmenes y vehículos de circulación fuera de carretera cada vez más grandes.

Al otro lado de la carretera hay dos competidores que llegaron más recientemente. Uno de ellos, (Be, Inc.) vende batmóviles plenamente operativos (los BeOS). Son más bonitos y elegantes incluso que los eurosedanes, mejor diseñados, más avanzados tecnológicamente y al menos tan fiables como cualquier otra cosa en el mercado: y sin embargo son más baratos que los demás.

Con una excepción, claro: Linux, que está enfrente mismo, y que no es un negocio en absoluto. Es un conjunto de tiendas de campaña, yurtas, tipis y cúpulas geodésicas levantadas en un prado y organizadas por consenso. La gente que vive allí fabrica tanques. No son como los anticuados tanques soviéticos de hierro forjado; son más parecidos a los tanques M1 del ejército estadounidense, hechos de materiales de la era espacial y llenos de sofisticada tecnología de arriba abajo. Pero son mejores que los tanques del ejército. Han sido modificados de tal modo que nunca, nunca se averían, son lo bastante ligeros y maniobrables como para usarlos en la calle y no consumen más combustible que un coche compacto. Estos tanques se producen ahí mismo a un ritmo aterrador, y hay un número enorme de ellos alineados junto a la carretera con las llaves puestas. Cualquiera que quiera puede simplemente montarse en uno y marcharse con él gratis.

Los clientes llegan a este cruce en multitudes, día y noche. El noventa por ciento se van derechos a la tienda grande y compran monovolúmenes o vehículos para circulación fuera de carretera. Ni siquiera miran las otras tiendas.

Del diez por ciento restante, la mayoría va y compra un elegante eurosedán, deteniéndose sólo para mirar por encima del hombro a los filisteos que compran monovolúmenes y vehículos para circulación fuera de carretera. Si acaso llegan a fijarse siquiera en la gente al otro lado de la carretera, vendiendo los vehículos más baratos y técnicamente superiores, estos clientes los desprecian, considerándolos lunáticos y descerebrados.

La tienda de batmóviles vende unos cuantos vehículos al maniático de los coches de ocasión que quiere un segundo vehículo además de su monovolumen, pero parece aceptar, al menos de momento, que es un jugador marginal.

El grupo que regala los tanques sólo permanece vivo porque lo llevan voluntarios, que se alinean al borde de la calle con megáfonos, tratando de llamar la atención de los clientes sobre esta increíble situación. Una conversación típica es algo así:

HACKER CON MEGÁFONO: ¡Ahorra dinero! ¡Acepta uno de nuestros tanques gratis! ¡Es invulnerable, y puede atravesar roquedales y ciénagas a ciento cincuenta kilómetros por hora consumiendo dos litros a los cien!

FUTURO COMPRADOR DE MONOVOLUMEN: Ya sé que lo que dices es cierto... pero... eh... ¡yo no sé mantener un tanque!

MEGÁFONO: ¡Tampoco sabes mantener un monovolumen!

COMPRADOR: Pero esta tienda tiene mecánicos contratados. Si le pasa algo a mi monovolumen, puedo tomarme un día libre de trabajo, traerlo aquí y pagarles para que trabajen en él mientras yo me siento en la sala de espera durante horas, escuchando música de ascensor.

MEGÁFONO: ¡Pero si aceptas uno de nuestros tanques gratuitos te mandaremos voluntarios a tu casa para que lo arreglen gratis mientras duermes!

COMPRADOR: ¡Manténte alejado de mi casa, bicho raro!

MEGÁFONO: Pero...

COMPRADOR: ¿Pero es que no ves que todo el mundo está comprando monovolúmenes?



Lanzador de bits Top

LA CONEXIÓN ENTRE COCHES y modos de interactuar con los ordenadores no se me habría ocurrido en la época en que me llevaban de paseo en aquel descapotable. Me había apuntado a una clase de programación en el Instituto de Ames. Tras unas cuantas clases introductorias, nos dieron permiso a los estudiantes para entrar en una sala diminuta que contenía un teletipo, un teléfono y un módem anticuado consistente en una caja de metal con un par de cuencas de plástico encima (nota: muchos lectores, abriéndose camino a través de esta última oración, probablemente sintieron un retortijón inicial de temor de que este ensayo estuviera a punto de convertirse en una tediosa batallita sobre lo difícil que lo teníamos en los viejos tiempos; tranquilícense: lo que estoy haciendo, de hecho, es colocar mis piezas sobre el tablero de ajedrez, por así decirlo, preparándome para realizar una observación sobre temas realmente interesantes y actualizados como el software de fuente abierta. El teletipo era exactamente el mismo tipo de máquina que se había estado usando durante décadas para enviar y recibir telegramas. Se trataba básicamente de una máquina de escribir ruidosa que sólo podía generar LETRAS MAYÚSCULAS. Montada a un lado había una máquina más pequeña con un largo rollo de cinta de papel y una cesta de plástico transparente debajo.

Para conectar este dispositivo (que no era un ordenador en absoluto) con la Universidad Estatal de Iowa al otro lado de la ciudad, había que coger el teléfono, marcar el número del ordenador, esperar a que llegaran ruidos raros y entonces colocar el auricular en las cuencas de plástico. Si acertabas, una cuenca envolvía sus labios de neopreno en torno a la parte de la oreja y el otro en torno a la parte de la boca, consumando una especie de sesenta y nueve informacional. El teletipo se estremecía mientras era poseído por el espíritu del lejano ordenador, y empezaba a martillear mensajes crípticos.

Puesto que el tiempo de ordenador era un recurso escaso, usábamos una especie de técnica de procesamiento por lotes. Antes de marcar en el teléfono, conectábamos la perforadora de cinta (una máquina subsidiaria atornillada al costado del teletipo) y tecleábamos nuestros programas. Cada vez que pulsábamos una tecla, el teletipo imprimía una letra en el papel delante nuestro, de tal modo que pudiéramos leer lo que habíamos escrito; pero al mismo tiempo convertía la letra en un conjunto de ocho dígitos binarios, o bits, y perforaba un patrón correspondiente de agujeros a lo ancho de una cinta de papel. Los diminutos discos de papel salidos de la cinta caían en la cesta de plástico transparente, que lentamente se llenaba de lo que sólo puede describirse como bits reales. El último día del curso, el chico más listo de la clase (no yo) saltó desde detrás de su pupitre y lanzó varios kilos de estos bits por encima de la cabeza de nuestro profesor, como confetti, como una especie de broma semiafectuosa. La imagen de aquel hombre sentado allí, atenazado por las fases iniciales de una atávica reacción de lucha-o-huye, con millones de bits (megabytes) cayéndole por el pelo y metiéndosele por la nariz y la boca, el rostro poniéndosele morado a medida que se aproximaba a la explosión, es la escena más memorable de mi educación formal.

De cualquier modo, resultará obvio que mi interacción con el ordenador fue de una naturaleza extremadamente formal, que estaba dividida en diferentes fases, a saber: 1) sentado en casa con lápiz y papel, a kilómetros de distancia de cualquier ordenador, pensaba mucho acerca de lo que quería que hiciera el ordenador y traducía mis intenciones a un lenguaje informático --una serie de símbolos alfanuméricos sobre la página--; 2) llevaba esto a través de una especie de «cordón sanitario» informacional (cinco kilómetros a través de tormentas de nieve) hasta el colegio e introducía aquellas letras en una máquina --no un ordenador-- que convertía los símbolos en números binarios y los registraba visiblemente en cinta; 3) entonces, mediante el módem de las cuencas de goma, enviaba aquellos números al ordenador de la universidad, que 4) hacía aritmética con ellos y devolvía números diferentes al teletipo; 5) el teletipo convertía estos números de nuevo en letras y los martilleaba en una página, y 6) yo, mirando, interpretaba las letras como símbolos significativos.

El reparto de responsabilidades que todo esto conlleva es admirablemente limpio: los ordenadores hacen aritmética con bits de información. Los humanos interpretan los bits como símbolos significativos. Pero está distinción está desdibujándose, o al menos complicándose, con la llegada de los sistemas operativos modernos que usan, y frecuentemente abusan, del poder de la metáfora para hacer los ordenadores disponibles para un público más amplio. Por el camino --posiblemente debido a estas metáforas, que hacen de un sistema operativo una especie de obra de arte-- la gente empieza a ponerse emotiva y le toma cariño a fragmentos de software del mismo modo que el padre de mi amigo le tenía cariño a su descapotable.

Puede que la gente que sólo ha interactuado con un ordenador a través de interfaces gráficas de usuario como MacOS o Windows --es decir, casi cualquiera que haya usado un ordenador-- le haya sorprendido, o al menos llamado la atención, lo de la máquina de telégrafos que yo usaba para comunicarme con un ordenador en 1973. Pero había, y hay, una buena razón para usar este tipo particular de tecnología. Los seres humanos disponen de formas diversas de comunicarse entre sí, como la música, el arte, la danza y las expresiones faciales, pero algunas de ellas son más susceptibles que otras para expresarse como cadenas de símbolos. El lenguaje escrito es la más fácil porque, por supuesto, ya consiste en cadenas de símbolos para empezar. Si resulta que los símbolos pertenecen a un alfabeto fonético (y no son, por ejemplo, ideogramas), convertirlos en bits es un procedimiento trivial que se fijó tecnológicamente en el siglo XIX, con la introducción del código morse y de otras formas de telegrafía.

Teníamos una interfaz humano/ordenador cien años antes de tener ordenadores. Cuando se crearon los ordenadores en la época de la Segunda Guerra Mundial, los humanos, de modo natural, se comunicaron con ellos, injertándolos en tecnologías ya existentes para traducir letras a bits y viceversa: teletipos y máquinas de tarjetas perforadas.

Estas encarnaban dos enfoques fundamentalmente diferentes de la computación. Cuando se usaban tarjetas, se perforaba todo un taco y se pasaban por el lector a la vez, lo cual se llamaba «procesamiento por lotes». También se podía hacer procesamiento por lotes con un teletipo, como ya he descrito, usando el lector de cinta de papel, y ciertamente se nos animaba a adoptar este enfoque cuando yo estaba en el instituto. Pero --aunque se hacían esfuerzos por mantenernos ignorantes de esto-- el teletipo podía hacer algo que el lector de tarjetas no podía. En el teletipo, una vez se establecía el vínculo con el módem, se podía introducir sólo una línea y pulsar la tecla de retorno. El teletipo enviaría entonces esa línea al ordenador, que podía responder o no con líneas propias, que el teletipo martillearía --produciendo, con el tiempo, una transcripción del intercambio mantenido con la máquina--. Este modo de hacerlo ni siquiera tenía nombre entonces, pero cuando, mucho más tarde, apareció una alternativa, se denominó retroactivamente la «Interfaz de Línea de Comandos».

Cuando fui a la universidad, usaba los ordenadores en grandes salas abarrotadas donde manadas de estudiantes se sentaban frente a versiones ligeramente actualizadas de las mismas máquinas y escribían programas informáticos; estos ordenadores usaban mecanismos de impresión por matrices de puntos, pero eran (desde el punto de vista de la máquina) idénticas a los antiguos teletipos. En aquel momento, los ordenadores compartían mejor el tiempo --es decir, los mainframes seguían siendo los mainframes, pero se comunicaban mejor con un gran número de terminales a la vez--. En consecuencia, ya no era necesario usar procesamiento por lotes. Los lectores de tarjetas fueron desterrados a pasillos y sótanos, y el procesamiento por lotes se convirtió en una cosa exclusiva de nerds,1 y en consecuencia adquirió un cierto tinte arcano incluso entre aquellos de nosotros que sabíamos siquiera que existía. Todos evitábamos ya los lotes, habiéndonos pasado a la línea de comandos: mi primer cambio de paradigma de sistema operativo, y yo sin enterarme.

Había una enorme pila de papel plegado en el suelo bajo cada uno de estos teletipos glorificados, y kilómetros de papel se estremecían mientras pasaban por sus rodillos. Casi todo este papel se tiraba o se reciclaba sin haber sido tocado jamás por la tinta, una atrocidad ecológica tan flagrante que aquellas máquinas pronto fueron reemplazadas por terminales de vídeo --los llamados «teletipos de vidrio», que eran más silenciosos y no desperdiciaban papel--. Sin embargo, desde el punto de vista del ordenador, estos también eran indistinguibles de las máquinas de teletipo de la Segunda Guerra Mundial. A todos los efectos, seguimos usando tecnología victoriana para comunicarnos con los ordenadores hasta cerca de 1984, cuando se introdujo el Macintosh con su Interfaz Gráfica de Usuario. Incluso después de eso, la línea de comandos siguió existiendo como estrato subyacente --una especie de reflejo medular-- a muchos sistemas informáticos modernos durante la edad de oro de las Interfaces Gráficas de Usuario o GUI («Graphical User Interface»), como las llamaré de ahora en adelante.

Las Interfaces Gráficas de Usuario Top

LO PRIMERO QUE TIENE QUE HACER cualquier programador al escribir un nuevo fragmento de software es decidir cómo tomar la información con que está trabajando (en un programa gráfico, una imagen; en una hoja de cálculo, una tabla de números) y convertirla en una serie lineal de bytes. Estas cadenas de bytes se suelen denominar archivos o (de modo algo más a la última) flujos. Son a los telegramas lo que los humanos actuales son al hombre de Cromañón, lo que quiere decir la misma cosa con distinto nombre. Todo lo que se ve en la pantalla del ordenador --Tomb Raider, los correos electrónicos de voz digitalizada, los faxes y los documentos de procesador de textos escritos en treinta y siete tipos diferentes-- sigue siendo, desde el punto de vista del ordenador, igual que telegramas, sólo que son mucho más largos, y requieren más aritmética.

El modo más rápido de apreciarlo es abriendo el navegador, visitando un sitio web y seleccionando la opción «Ver Código Fuente» en el menú. Se mostrará un código informático parecido a este:

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    <TITLE>C R Y P T O N O M I C O N</TITLE>
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Esto se llama HTML (Lenguaje de Marcado de HiperTexto) y básicamente es un lenguaje de programación muy sencillo que le dice al navegador cómo dibujar una página en la pantalla. Cualquiera puede aprender HTML y mucha gente lo hace. Lo importante es que, por muchas espléndidas páginas multimedia que representen, los archivos de HTML son sólo telegramas.

Cuando Ronald Reagan era locutor de radio, solía informar de los partidos de béisbol leyendo las concisas descripciones que llegaban por el telégrafo y se imprimían en cinta de papel. Se sentaba solo en una habitación insonorizada con un micrófono y la cinta de papel salía de la máquina y le caía en la palma de la mano, cubierta de crípticas abreviaturas. Si el tanteo pasaba de tres a dos, Reagan describía la escena como se la imaginaba: «El fornido zurdo sale del puesto de bateo para secarse el sudor. El árbitro se adelanta para limpiar el polvo de la base», etc. Cuando el criptograma en la cinta de papel anunciaba un golpe en una base, Reagan golpeaba el borde de la mesa con un lápiz, creando un pequeño efecto sonoro y describía el arco de la pelota como si pudiera verlo de verdad. Sus oyentes, muchos de los cuales presumiblemente creían que Reagan estaba de hecho en el campo de juego viendo el partido, reconstruían la escena en su mente según sus descripciones.

Así es exactamente como funciona la WWW: los archivos HTML son la concisa descripción en la cinta de papel y el navegador es Ronald Reagan. Lo mismo vale para las interfaces gráficas en general.

De modo que un sistema operativo consiste en una pila de metáforas y abstracciones que media entre los telegramas y tú, encarnando diversos trucos que el programador usó para convertir la información con la que estás trabajando --ya sean imágenes, mensajes de correo electrónico, películas o documentos de procesador de textos-- en las cadenas de bytes, que son lo único con lo que funcionan los ordenadores. Cuando usamos equipo telegráfico genuino (teletipos) o sus sustitutos de alta tecnología (teletipos de vidrio, o la línea de comandos de MS-DOS) para trabajar con nuestros ordenadores, estamos muy cerca de la base de esa pila. Cuando usamos la mayor parte de sistemas operativos modernos, sin embargo, nuestra interacción con la máquina se ve fuertemente mediada. Todo lo que hacemos es interpretado y traducido una y otra vez mientras se abre camino a través de todas las metáforas y abstracciones.

El sistema operativo de Macintosh fue una revolución en el buen y en el mal sentido de la palabra. Obviamente era cierto que las interfaces de línea de comandos (conocidas como CLI, Command Line Interfaces) no eran para todo el mundo, y que estaría bien hacer los ordenadores accesibles a un público menos técnico --si no por razones altruistas, siquiera porque este tipo de gente constituía un mercado incomparablemente mayor--. Está claro que los ingenieros de Mac vieron todo un país nuevo que se les abría; casi se les podía oír mascullar, «¡Caray! ¡Ya no tendremos que limitarnos más a los archivos como flujos lineales de bytes, vive la révolution, veamos lo lejos que llegamos con esto!» No había ninguna interfaz de línea de comandos disponible en el Macintosh; hablabas con la máquina a través del ratón, o no hablabas. Era una especie de declaración de principios, una credencial de pureza revolucionaria. Parecía que los diseñadores del Mac pretendían barrer las interfaces de línea de comandos a la papelera de la historia.

Mi propia historia de amor con el Macintosh comenzó en la primavera de 1984 en una tienda de ordenadores en Cedar Rapids, Iowa, cuando un amigo mío --por coincidencia, el hijo del dueño del descapotable-- me mostró un Macintosh ejecutando MacPaint, el revolucionario programa de diseño. Terminó en julio de 1995, cuando traté de guardar un archivo grande e importante en mi Macintosh PowerBook y, en vez de eso, destruyó los datos de modo tan concienzudo que dos programas distintos de recuperación de datos fueron incapaces de hallar rastro alguno de que hubiera existido jamás. En aquellos diez años sentí una pasión por el MacOS que por entonces parecía virtuosa y razonable, pero que mirando atrás me parece el mismo tipo de enamoramiento engañoso que el padre de mi amigo tenía con su coche.

La introducción del Mac inició una especie de guerra santa en el mundo de la informática. ¿Eran las interfaces gráficas una brillante innovación tecnológica que convertía a los ordenadores en más accesibles para los humanos y por tanto para las masas, llevándonos a una revolución sin precedentes en la sociedad humana, o una insultante chorrada audiovisual diseñada por hackers zumbados de San Francisco, que despojaba a los ordenadores de su potencia y flexibilidad y convertía el serio y noble arte de la computación en un pueril videojuego?

De hecho, este debate me parece más interesante hoy en día que a mediados de los ochenta. Pero la gente más o menos dejó de debatir cuando Microsoft respaldó la idea de las interfaces gráficas al sacar el primer Windows. En aquel momento, los partidarios de la línea de comandos se vieron relegados al estatus de viejos carcamales, mientras se disparaba un nuevo conflicto entre usuarios de MacOS y de Windows.1

Había mucho sobre lo que discutir. Los primeros Macintosh parecían distintos de otros PC incluso estando apagados: consistían en una caja que contenía tanto la CPU (la parte del ordenador que hace aritmética con los bits) como la pantalla del monitor. Esto suponía, en aquel momento, una especie de afirmación filosófica: Apple quería convertir el ordenador personal en un electrodoméstico, como la tostadora. Pero también reflejaba las exigencias puramente técnicas de ejecutar una inferfaz gráfica de usuario. En una máquina con interfaz gráfica, los chips que dibujan las cosas en la pantalla tienen que ir integrados con la unidad de procesamiento central, o CPU, del ordenador, en un grado mucho mayor que en las interfaces de línea de comandos, que hasta hace poco ni siquiera sabían que no estaban hablando sólo con teletipos.

Esta distinción era de naturaleza técnica y abstracta, pero se hacía más clara cuando la máquina fallaba (como sucede frecuentemente con tecnologías cuyo funcionamiento se comprende mejor viéndolas fallar). Cuando todo se iba a la porra y la CPU empezaba a escupir bits aleatoriamente, el resultado, en una máquina de interfaz de línea de comandos, era líneas y líneas de caracteres perfectamente formados pero aleatorios en la pantalla --lo que los conocedores llamaban ponerse cirílico. Pero para el MacOS la pantalla no era un teletipo sino un lugar en el que poner gráficos; la imagen en pantalla era un mapa de bits, una representación literal de los contenidos de una parte dada de la memoria del ordenador. Cuando el ordenador fallaba y escribía tonterías en el mapa de bits, el resultado era algo que recordaba vagamente a la nieve en una televisión estropeada: un snow crash.2

E incluso, tras la introducción de Windows, las diferencias subyacentes persistieron: cuando una máquina Windows tenía problemas, la vieja interfaz de línea de comandos caía sobre la interfaz gráfica como un telón de amianto, sellando el escenario de una ópera incendiada. Cuando un Macintosh tenía problemas, te presentaba el dibujito de una bomba, que resultaba gracioso la primera vez que lo veías.

Y estas no eran en absoluto diferencias superficiales. El retorno de Windows a una interfaz de línea de comandos cuando tenía problemas les demostraba a los partidarios del Mac que Windows no era más que una fachada barata, como una chillona manta afgana tendida sobre un sofá putrefacto. Les perturbaba y molestaba la sensación de que bajo la ostensiblemente amistosa interfaz de usuario de Windows había --literalmente-- un subtexto.

Por su parte, los fans de Windows podrían haber observado agriamente que todos los ordenadores, incluso los Macintosh, estaban construidos sobre ese mismo subtexto, y que la negativa de los dueños de Macs a admitir ese hecho parecía apuntar a una voluntad, incluso un deseo, de dejarse engañar.

En cualquier caso, un Macintosh tenía que mover bits individuales en los chips de memoria en la tarjeta de vídeo, y tenía que hacerlo muy rápido, y en patrones arbitrariamente complicados. Hoy en día esto resulta barato y fácil, pero en el régimen tecnológico vigente a principios de los ochenta, el único modo realista de hacerlo era integrar la placa base (que contenía la CPU) y el sistema de vídeo (que contenía la memoria proyectada sobre la pantalla) como un todo --de ahí el único contenedor, herméticamente sellado, que hacía al Macintosh tan distintivo.

Cuando apareció Windows llamaba la atención por su fealdad, y sus actuales sucesores, Windows 95 y Windows NT, no son cosas que la gente pagaría por ver. La absoluta falta de atención de Microsoft por la estética nos proporcionaba muchas oportunidades a todos los amantes de Mac para mirarles por encima del hombro. El que Windows se pareciera un montón a un calco directo de MacOS nos daba además una fuerte sensación de ultraje moral.3 Entre las personas que realmente conocían y apreciaban los ordenadores (los hackers, en el sentido no peyorativo que Steven Levy le da a la palabra4 y unos pocos otros ámbitos como los músicos profesionales, los artistas gráficos y los maestros), el Macintosh, durante un tiempo, era simplemente el ordenador. No sólo se consideraba una obra soberbia de ingeniería, sino la encarnación de ciertos ideales acerca del uso de la tecnología para beneficiar a la humanidad, mientras que Windows se consideraba una imitación patéticamente torpe y una siniestra combinación para dominar el mundo, todo en uno. Ya entonces se había establecido un patrón que persiste hasta nuestros días: a la gente no le gusta Microsoft, lo cual es comprensible; pero no les gusta por razones poco reflexionadas y, en último término, contradictorias.

Lucha de clases en elescritorio Top

AHORA QUE YA HEMOS DEJADO CLARO el trasfondo, merece la pena revisar algunos hechos básicos: como cualquier compañía de accionariado público y con fines de lucro, Microsoft ha tomado prestado un montón de dinero de algunas personas (sus accionistas) para estar en el negocio del bit. Como ejecutivo de esa compañía, Bill Gates sólo tiene una responsabilidad, que es maximizar el rendimiento de las inversiones. Lo ha hecho increíblemente bien. Cualquier acción emprendida en el mundo por Microsoft --cualquier software que publiquen, por ejemplo-- es básicamente un epifenómeno que no puede comprenderse ni entenderse salvo en la medida en que reflejan el desempeño por parte de Bill Gates de su única responsabilidad.

De ello se sigue que si Microsoft vende mercancías que son estéticamente desagradables, o que no funcionan demasiado bien, no significa que sean (respectivamente) filisteos o medio tontos. Se debe a que la excelente dirección de Microsoft ha llegado a la conclusión de que pueden ganar más dinero para sus accionistas publicando productos con imperfecciones obvias y conocidas del que ganarían haciéndolos hermosos o libres de errores. Esto es irritante, pero (al final) no tan irritante como contemplar cómo Apple se autodestruye inexplicable e implacablemente. No resulta difícil encontrar en la Red una hostilidad hacia Microsoft que mezcla dos elementos: resentidos que sienten que Microsoft es demasiado poderosa y desdeñosos que creen que es chapucera. Esto recuerda mucho al periodo culminante del comunismo y del socialismo, cuando se odiaba a la burguesía desde ambos lados: los proletarios, porque la burguesía tenía todo el dinero, y los intelectuales, por su tendencia a gastárselo en adornos de jardín. Microsoft es la encarnación misma de la moderna prosperidad de alta tecnología --en una palabra, es burguesa-- y atrae los mismos odios de todos.

La pantalla inicial de Microsoft Word 6.0 lo resumía todo bastante bien: cuando arrancabas el programa, te mostraba la imagen de un bolígrafo caro encima de un par de folios de papel de escritura hecho a mano. Obviamente, era un intento por hacer que el software pareciera pijo, y puede que valiera para algunos, pero no para mí, porque era un bolígrafo, y yo soy hombre de pluma estilográfica. Si lo hubiera hecho Apple, habrían usado una pluma Mont Blanc, o quizás un pincel caligráfico chino. Dudo que esto fuera accidental. Hace poco estuve reinstalando Windows NT en uno de los ordenadores de mi casa, y tuve que hacer doble click en el icono del Panel de Control muchas veces. Por razones que resulta difícil comprender, este icono consiste en el dibujito de un martillo y un escoplo o un destornillador encima de una carpeta de archivos.

Estas meteduras de pata estéticas le dan a uno unas ganas casi incontrolables de reírse de Microsoft, pero, de nuevo, esa no es la cuestión: si Microsoft hubiese hecho pruebas con grupos-diana sobre posibles gráficos alternativos, probablemente habrían hallado que el oficinista medio asociaba las estilográficas con los amanerados ejecutivos de rango más alto, y estaba más cómodo con los bolígrafos. De igual forma, los tipos normales, los papás con entradas del mundo que posiblemente cargan con la responsabilidad de montar y configurar el ordenador en casa, probablemente prefieren el dibujito de un martillo (quizás al tiempo que albergan fantasías de usar un martillo de verdad con sus ordenadores).

Es el único modo en que consigo explicar cierto hechos curiosos acerca del actual mercado de sistemas operativos, tales como el que el noventa por ciento de todos los clientes sigan comprando monovolúmenes de la tienda de Microsoft mientras que uno se puede llevar los tanques gratuitos sin más, al otro lado de la calle.

A Bill Gates no le resultó difícil distribuir una sarta de unos y ceros, una vez se le ocurrió la idea. Lo duro era venderla: asegurarles a los clientes que de hecho estaban obteniendo algo a cambio de su dinero.

Cualquiera que haya comprado software en una tienda alguna vez habrá tenido curiosamente la desalentadora experiencia de llevarse la caja envuelta en plástico a casa, abrirla, encontrarse con que el 95% es aire, tirar todas las tarjetitas, propaganda y basura y meter el disco en el ordenador. El resultado final (después de haber perdido el disco) no es nada más que algunas imágenes en la pantalla del ordenador y algunas posibilidades de las que antes se carecía. A veces, ni siquiera eso --en vez de ello, uno se encuentra con una serie de mensajes de error--. Pero el dinero se ha ido definitivamente. Ahora casi estamos acostumbrados a esto pero hace veinte años era una proposición muy sospechosa. De todas formas, Bill Gates consiguió que funcionara. No hizo que funcionara vendiendo el mejor software ni ofreciendo el precio más barato. Pero de algún modo consiguió que la gente creyera que estaban recibiendo algo a cambio de su dinero.

Las calles de todas las ciudades del mundo están llenas de esos pesados, ruidosos monovolúmenes. Cualquiera que no tenga uno se siente un poco raro, y se pregunta, pese a sí mismo, si no será hora de dejar de resistirse y comprar uno; cualquiera que tenga uno se siente seguro de que ha adquirido una posesión significativa, incluso los días en que el vehículo está en el taller de reparación.

Todo esto es perfectamente congruente con la pertenencia a la burguesía, que es un estado tanto mental como material. Y explica por qué Microsoft se ve constantemente atacado en la Red desde ambos lados. Los que se siente pobres y oprimidos interpretan todo lo que hace Microsoft como parte de algún siniestro complot orwelliano. A los que les gusta considerarse usuarios inteligentes e informados, les desquicia lo chapucero que es Windows.

No hay nada que moleste más a las personas sofisticadas que ver cómo alguien que es lo bastante rico como para evitarlo es hortera --a menos que se den cuenta, un momento después, de que probablemente sabe que es hortera y sencillamente no le importa y va a seguir siendo hortera, y rico, y feliz, para siempre; Microsoft tiene la misma relación con la elite de Silicon Valley que la que mantenían los paletos de Beverly con su banquero, el señor Drysdale-- a quien no le irrita tanto el hecho de que los Clampetts se mudaran a su barrio como el saber que, cuando Jethro tenga setenta años, seguirá hablando como un palurdo y llevando petos, y seguirá siendo mucho más rico que el señor Drysdale.

Incluso el hardware que empleaba Windows, comparado con las máquinas que sacaba Apple, parecía cosa de palurdos, y en su mayor parte sigue pareciéndolo. La razón es que Apple era y es una compañía de hardware, mientras que Microsoft era y es una compañía de software. Apple tenía así el monopolio del hardware que ejecutaba MacOS, mientras que el hardware compatible con Windows venía del mercado libre. El mercado libre parece haber decidido que la gente no va a pagar por ordenadores elegantes; los fabricantes de hardware para PC que contratan a diseñadores para hacer que sus productos tengan un aire distintivo acaban vapuleados por fabricantes taiwaneses de clones metidos en cajas que parecen los ladrillos que uno se encontraría delante de una caravana. Pero Apple podía hacer su software todo lo bonito que quisiera y simplemente pasarle la factura a sus encantados consumidores, como yo. La semana pasada (escribo esta frase a principios de enero de 1999), las secciones de tecnología de todos los periódicos estaban llenas de reportajes aduladores sobre el lanzamiento por parte de Apple del iMac en varios colores nuevos, como arándano y mandarina.

Apple siempre ha insistido en tener el monopolio de su hardware, salvo durante un breve periodo a mediados de los noventa, cuando permitieron que los fabricantes de clones compitieran con ella, antes de acabar con su negocio. El hardware de Macintosh, en consecuencia, era caro. No lo abrías ni enredabas en él porque hacerlo anulaba la garantía. De hecho, el primer Mac estaba específicamente diseñado para resultar difícil de abrir: necesitabas un juego de herramientas exóticas, que podías comprar mediante pequeños anuncios que empezaron a aparecer en las páginas finales de las revistas unos pocos meses después de que saliera al mercado el Mac. Estos anuncios siempre tenían un cierto aire sórdido, como si anunciaran ganzúas en la contraportada de sensacionalistas revistas de detectives.

Esta política de monopolio puede explicarse al menos de tres maneras distintas.

La explicación caritativa es que la política de monopolio sobre el hardware reflejaba el deseo por parte de Apple de proporcionar una unión sin fallas de hardware, sistema operativo y software. Algo hay de esto. Ya resulta bastante difícil diseñar un sistema operativo que funcione bien en un hardware específico, diseñado y probado por ingenieros que trabajan al lado, en la misma compañía. Diseñar un sistema operativo que funcione en un hardware cualquiera, fabricado por hacedores de clones rabiosamente competitivos al otro lado de la Línea de Fecha Internacional, es muy difícil, y explica gran parte de los problemas que tiene la gente cuando usa Windows.

La explicación financiera es que Apple, a diferencia de Microsoft, es y siempre ha sido una compañía de hardware. Sencillamente depende de los ingresos de la venta de hardware, y no puede subsistir sin ellos.

La explicación no tan caritativa tiene que ver con la cultura corporativa de Apple, que tiene sus raíces en el baby boom del Área de la Bahía de San Francisco.

Dado que voy a hablar sobre cultura durante un rato, probablemente está bien que ponga las cartas sobre la mesa, para protegerme de las acusaciones de conflicto de intereses y falta de ética: 1) Geográficamente, soy de Seattle, de temperamento saturnino e inclinado a mirar con malos ojos la dionisíaca Área de la Bahía de San Francisco, igual que a ellos nosotros les molestamos y escandalizamos. 2) Cronológicamente, pertenezco a una generación posterior al baby boom. Al menos, así me siento, ya que nunca experimenté las partes divertidas y emocionantes del baby boom --sólo me pasé un montón de tiempo riéndome apropiadamente ante las irritantemente vacuas anécdotas de los pertenecientes al baby boom sobre lo puestos que iban en diversas ocasiones, y escuchando cortés sus aseveraciones de lo estupenda que era su música. Pero, incluso desde aquella distancia, resultaba posible extraer ciertos patrones, y uno que reaparecía tan regularmente como una leyenda urbana era el de alguien que se había mudado a una comuna de hippies con sandalias y signos de la paz para acabar descubriendo que, bajo aquella fachada, los tipos al mando eran de hecho obsesos del control; y que, dado que vivir en una comuna donde los ideales de la paz, el amor y la armonía se mantenían de boquilla les había privado de válvulas de escape normales y socialmente admitidas para su obsesión, tendía a salir de de otros modos, invariablemente más siniestros.

Dejaré aplicar esto al caso de Apple como ejercicio para el lector --un ejercicio no demasiado difícil.

Resulta un poco desconcertante, al principio, pensar en Apple como un obseso del control, porque contradice completamente su imagen corporativa. ¿No fueron estos los tipos que lanzaron los famosos anuncios durante la Super Bowl en los que ejecutivos trajeados, con los ojos vendados, saltaban como lemmings de un acantilado? ¿No es esta la compañía que ahora mismo saca anuncios con el Dalai Lama (salvo en Hong Kong) y Einstein y otros rebeldes alternativos?

Ciertamente es la misma compañía, y el hecho de que hayan implantado esta imagen de sí mismos como librepensadores creativos y rebeldes en la mente de tantos escépticos inteligentes y encallecidos por los medios, realmente hace que uno se pare a pensar. Da fe del insidioso poder de las campañas publicitarias costosas y tal vez, en cierta medida, de la facilidad de la gente para creer lo que quiere creer. También suscita la pregunta de por qué a Microsoft se le da tan mal las relaciones públicas, cuando la historia de Apple demuestra que, pasándoles gordos cheques a buenas agencias publicitarias, se puede implantar una imagen corporativa en la mente de personas inteligentes que difiere completamente de la realidad. (La respuesta, para aquéllos a los que no les gustan las espadas de Damocles, es que, ya que Microsoft se ha hecho con las mentes y los corazones de la silenciosa mayoría --la burguesía--, les importa un bledo tener una imagen elegante, igual que Richard Nixon. «Quiero creer» --el mantra que Fox Mulder tiene puesto en la pared de su despacho en los Expedientes X-- resulta aplicable de diferentes modos a estas dos compañías; los partidarios del Mac quieren creer en la imagen de Apple que transmiten estos anuncios, y en la noción de que los Macs son de algún modo fundamentalmente diferentes de otros ordenadores, mientras que los seguidores de Windows quieren creer que obtienen algo a cambio de su dinero, mediante una respetable transacción comercial).

En cualquier caso, en 1987 tanto MacOS como Windows ya estaban en el mercado, ejecutándose en plataformas de hardware que eran radicalmente diferentes entre sí, no sólo en el sentido de que MacOS usaba chips de CPU de Motorola, mientras que Windows usaba Intel, sino también en el sentido --entonces pasado por alto, pero a largo plazo mucho más significativo-- de que el negocio de hardware de Apple era un monopolio rígido y Windows era un abierto-a-todos.

Pero todas las ramificaciones de esto no estuvieron claras hasta muy recientemente --de hecho, aún están desplegándose, de modos notablemente extraños, como explicaré cuando lleguemos a Linux--. El resultado es que millones de personas se acostumbraron a usar interfaces gráficas de una forma u otra. Con ello hicieron que Apple/Microsoft ganaran un montón de dinero. La fortuna de muchas personas ha acabado por ir ligada a la capacidad de estas compañías de seguir vendiendo productos cuyo carácter vendible resulta muy cuestionable.

Tarro de miel, pozo de brea, lo que sea Top

CUANDO GATES Y ALLEN INVENTARON la idea de vender software, se encontraron con la crítica tanto de los hackers como de los sobrios hombres de negocios. Los hackers entendían que el software sólo era información, y le ponían objeciones a la idea de venderla. Estas objeciones eran en parte morales. Los hackers salían del mundo científico y académico, donde resulta imperativo hacer que los resultados del propio trabajo queden disponibles para el público. También eran en parte objeciones prácticas: ¿cómo puedes vender algo que puede copiarse fácilmente? Los hombres de negocios, que son el polo opuesto de los hackers en tantos aspectos, tenían sus propias objeciones. Acostumbrados a vender tostadoras y seguros, era natural que les resultara difícil comprender cómo una larga sarta de unos y ceros podía constituir un producto vendible.

Obviamente, Microsoft remontó estas objeciones, así como Apple. Pero las objeciones siguen ahí. El hacker más hacker de todos, el Ur-hacker por así decirlo, era y es Richard Stallman, quien se irritó tanto con la malvada práctica de vender software que, en 1984 (el mismo año en que salió a la venta el Macintosh), fue y fundó la Fundación del Software Libre (Free Software Foundation), que comenzó a trabajar en algo llamando GNU. GNU son las siglas de Gnu's Not Unix («Gnu No es Unix»), pero se trata de una broma en más de un sentido, porque GNU ciertamente es Unix. Debido a cuestiones de copyright (Unix es una marca registrada de AT&T), sencillamente no podían afirmar que fuera Unix, y así, sólo para asegurarse, afirmaban que no lo era. Pese al incomparable talento y empuje del señor Stallman y otros seguidores de GNU, su proyecto no pudo construir un Unix libre para competir contra los sistemas operativos de Windows y Apple: era un poco como tratar de excavar un sistema de metro con una cucharilla. Esto es, hasta la llegada de Linux.1

Pero la idea básica de recrear un sistema operativo a partir de la nada era perfectamente consistente y completamente factible. Se ha hecho muchas veces. Es inherente a la naturaleza misma de los sistemas operativos.

Los sistemas operativos no son estrictamente necesarios. No hay razón por la que un escritor de código lo bastante dedicado no pueda partir de la nada en cada proyecto y escribir nuevo código para manejar operaciones tan básicas y de bajo nivel como controlar las cabezas lectoras/escritoras en los controladores de disco y activar píxeles en pantalla. Los primeros ordenadores tenían que programarse de este modo. Pero, dado que casi todos los programas tienen que desempeñar las mismas operaciones básicas, este enfoque llevaría a una tremenda duplicación del esfuerzo.

No hay nada más desagradable para el hacker que la duplicación del esfuerzo. El primer y más importante hábito mental que desarrolla la gente cuando aprende a escribir programas de ordenador es generalizar, generalizar, generalizar. Hacer su código lo más modular y flexible posible, descomponer los problemas grandes en pequeñas subrutinas que puedan usarse una y otra vez en diferentes contextos. En consecuencia, el desarrollo de los sistemas operativos, pese a ser técnicamente innecesario, era inevitable. Porque en el fondo un sistema operativo no es más que una biblioteca que contiene el código más usado, escrito una vez (y con suerte, bien escrito), y puesto a disposición de cualquier escritor de código que lo necesite.

Así que un sistema operativo propietario, cerrado y secreto es una contradicción en los términos. Va contra la razón de ser de los sistemas operativos. Y de cualquier modo es imposible mantenerlos en secreto. El código fuente --las líneas originales de texto escritas por los programadores-- pueden mantenerse en secreto. Pero el conjunto de un sistema operativo es una colección de pequeñas subrutinas que realizan tareas muy específicas y muy claramente definidas. Qué hacen exactamente esas subrutinas ha de ser público, de forma muy explícita y exacta, o de lo contrario el sistema operativo es completamente inservible para los programadores; no pueden usar esas subrutinas si no tienen perfecta y total comprensión de lo que hacen las subrutinas.

Lo único que no se hace público es exactamente cómo hacen las subrutinas lo que hacen. Pero una vez sabes lo que hace una subrutina, generalmente resulta bastante fácil (si eres un hacker) escribir tu propia rutina que haga exactamente lo mismo. Puedes tardar algo, y resulta tedioso y poco gratificante, pero en la mayoría de los casos no es demasiado difícil.

Lo que es difícil, para un hacker como para un escritor de ficción, no es escribir; es decidir qué escribir. Y los vendedores de sistemas operativos comerciales ya han decidido, y han hecho públicas sus decisiones.

Esto se sabe desde hace mucho. MS-DOS fue duplicado funcionalmente por un producto rival, escrito a partir de la nada, llamado ProDOS, que hacía las mismas cosas de modo muy parecido. En otras palabras, otra compañía pudo escribir código que hacía las mismas cosas que MS-DOS y lo vendió para obtener beneficios. Si usas el sistema operativo Linux, puedes obtener un programa libre llamando WINE que es un emulador de Windows; esto es, puedes abrir una ventana en tu escritorio que ejecute programas de Windows. Quiere decir que se ha recreado un sistema operativo Windows completamente funcional dentro de Unix, como un barquito en una botella. Y el propio Unix, que es un sistema operativo mucho más sofisticado que MS-DOS, ha sido reconstruido a partir de la nada una y otra vez. Sun, Hewlett-Packard, AT&T, Silicon Graphics, IBM y otros vendieron versiones de él.

En otras palabras, la gente lleva reescribiendo código básico de sistemas operativos tanto tiempo que toda la tecnología que constituía un sistema operativo en el sentido tradicional (pre-GUI) de esa expresión es ahora tan barata y común que es literalmente gratuita. No sólo no podrían Gates y Allen vender MS-DOS hoy, ni siquiera podrían regalarlo, porque ya se regalan sistemas operativos mucho más potentes. Incluso el Windows original (que era el único sistema de ventanas hasta 1995) ya no vale nada, dado que no tiene sentido poseer algo que puede emularse dentro de Linux, que es gratuito.2

De este modo, el negocio de los sistemas operativos es muy diferente de, pongamos, el negocio de la venta de coches. Incluso un viejo coche de segunda mano tiene algún valor. Puedes usarlo para ir al basurero, o vender sus partes. El destino de los bienes manufacturados es depreciarse lentamente a medida que envejecen y tienen que competir contra productos más modernos.

Pero el destino de los sistemas operativos es volverse gratuitos.

Microsoft es una gran compañía de aplicaciones de software. El de las aplicaciones --tales como Microsoft Word-- es un área en el que la innovación lleva beneficios reales, directos y tangibles a los usuarios. Las innovaciones pueden consistir en nueva tecnología recién salida del departamento de investigación, o pueden estar en la categoría de los lacitos decorativos, pero en cualquier caso a menudo resultan útiles y parecen contentar a los usuarios. Y Microsoft está convirtiéndose en una gran compañía de investigación. Esto no se debe necesariamente a que sus sistemas operativos sean todos tan malos desde el punto de vista puramente tecnológico. Los sistemas operativos de Microsoft tienen sus problemas, claro, pero son mucho mejores de lo que solían ser, y son adecuados para la mayor parte de la gente.

¿Por qué digo entonces que Microsoft no es es una compañía de sistemas operativos tan grandes? Porque la naturaleza misma de los sistemas operativos es tal que no tiene sentido que una compañía específica los desarrolle y posea. Para empezar, es un trabajo muy desagradecido. Las aplicaciones crean posibilidades para millones de usuarios crédulos, mientras que los sistemas operativos imponen limitaciones a millones de cascarrabias escritores de código, y así los hacedores de sistemas operativos siempre estarán en la lista negra de cualquiera que cuente en el mundo de la alta tecnología. Las aplicaciones las usan personas cuyo gran problema es comprender todas sus características, mientras que los sistemas operativos se ven hackeados por escritores de código irritados con sus limitaciones. El negocio de los sistemas operativos ha sido bueno para Microsoft sólo en la medida en que les ha proporcionado el dinero necesario para lanzar un negocio de software de aplicaciones realmente bueno y contratar a un montón de investigadores inteligentes. Ahora debiera estar en posición de desembarazarse de su sistema operativo, como los cohetes se libran en algún momento de los tanques vacíos de combustible. La gran pregunta es si Microsoft es capaz de hacerlo. ¿O es adicta a la venta de sistemas operativos del mismo modo que Apple lo es a la venta de hardware?

Hay que tener en cuenta que los observadores expertos citaban en un tiempo la capacidad de Apple de monopolizar su propia provisión de hardware como su gran ventaja frente a Microsoft. En aquella época, parecía situarles en una posición mucho más fuerte. Al final, casi les mató, y todavía puede matarlos. El problema para Apple era que la mayor parte de los usuarios de ordenador del mundo acaba comprando hardware más barato. Pero un hardware barato no podía ejecutar MacOS, y esa gente se pasó a Windows.

Sustituyan hardware por sistemas operativos, y Apple por Microsoft y verán cómo lo mismo está a punto de suceder de nuevo. Microsoft domina el mercado de sistemas operativos, lo cual les reporta ingresos y parece una gran idea de momento. Pero hay sistemas operativos mejores y más baratos, y están haciéndose cada vez más populares en partes del mundo que no están tan saturadas de ordenadores como los EE.UU. Dentro de diez años, puede que la mayoría de los usuarios de ordenador del mundo acabe por tener estos sistemas operativos más baratos. Pero estos sistemas operativos, de momento, no ejecutan ninguna aplicación de Windows, y así esta gente acabará usando otra cosa.

Por expresarlo de forma más directa: cada vez que alguien decide usar un sistema operativo que no es de Microsoft, la división de sistemas operativos de Microsoft obviamente pierde un cliente. Pero, tal como están las cosas, la división de aplicaciones de Microsoft también pierde un cliente. No es para tanto, dado que casi todo el mundo usa sistemas operativos de Microsoft. Pero en cuanto la cuota de mercado de Windows empiece a disminuir, las matemáticas van a ponerse bastante torvas para los de Redmond.

Podría replicarse a este argumento diciendo que Microsoft sencillamente podría recompilar sus aplicaciones para que pudieran ejecutarse en otros sistemas operativos. Pero esta estrategia va contra los instintos corporativos normales. El caso de Apple resulta de nuevo instructivo. Cuando las cosas empezaron a ponerse feas para Apple, debieron haber llevado su sistema operativo a un hardware barato. Pero no lo hicieron. Por el contrario, trataron de hacer que su brillante hardware diera lo más posible de sí, añadiendo nuevas posibilidades y expandiendo la línea de productos. Pero esto sólo tuvo el efecto de hacer su sistema operativo más dependiente de esas características especiales del hardware, lo cual al final resulta peor para ellos.

Igualmente, cuando la posición de Microsoft en el mundo de los sistemas operativos se vea amenazada, sus instintos corporativos les dirán que apilen más posibilidades en sus sistemas operativos, y luego reconfiguren sus aplicaciones de software para explotar esas posibilidades especiales. Pero esto sólo tendrá el efecto de hacer que sus aplicaciones dependan de un sistema operativo con una cuota de mercado decreciente, y al final será peor para ellos.

El mercado de los sistemas operativos es una trampa letal, un pozo de brea, una ciénaga. Sólo hay dos motivos para invertir en Apple y en Microsoft. 1) Cada una de estas compañías está en lo que llamaríamos una relación de codependencia con sus clientes. Los clientes quieren creer, y Apple y Microsoft saben cómo darles lo que quieren. 2) Cada compañía trabaja muy duro para añadir nuevas posibilidades a sus sistemas operativos, lo cual tiene el efecto de asegurar la lealtad de sus clientes, al menos durante un tiempo.

En consecuencia, la mayor parte del resto de este ensayo tratará sobre estos dos temas.

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UNIX ES EL ÚNICO SISTEMA OPERATIVO que queda cuya interfaz gráfica (un montón de código llamado X Window System1) está separado del sistema operativo en el antiguo sentido del término. Es decir, que puedes ejecutar Unix en puro modo de línea de comandos si quieres, sin ventanas, iconos, ratones, etc., y seguirá siendo Unix y capaz de hacer todo lo que se supone que hace Unix. Pero los demás sistemas operativos --MacOS, la familia Windows y BeOS-- tienen sus GUI enmarañadas con las anticuadas funciones del sistema operativo en tal grado que han de ejecutarse en modo GUI o no se ejecutan verdaderamente. Así que ya no es posible pensar en las GUI como en algo distinto del sistema operativo; ahora forman una parte inalienable de los sistemas operativos a los que pertenecen --y son, con mucho, la parte mayor, más cara y difícil de crear.

Sólo hay dos modos de vender un producto: precio y funcionalidades. Cuando los sistemas operativos son gratuitos, las compañías de sistemas operativos no pueden competir mediante el precio, así que compiten mediante las funcionalidades. Esto significa que siempre tratan de superarse unos a otros escribiendo código que, hasta hace poco, no se consideraba parte de un sistema operativo en absoluto: cosas como las GUI. Esto explica en gran medida el comportamiento de estas compañías.

Explica por qué Microsoft añadió un navegador a su sistema operativo, por ejemplo. Resulta fácil obtener navegadores gratuitos, igual que sistemas operativos gratuitos. Si los navegadores son gratuitos y los sistemas operativos son gratuitos, pareciera que no hay modo de hacer dinero con los navegadores ni con los sistemas operativos. Pero si puedes integrar un navegador en un sistema operativo y así llenar ambos de nuevas funcionalidades, ya tienes un producto vendible.

Dejando a un lado, de momento, el hecho de que esto cabrea de verdad a los abogados antimonopolio del gobierno, esta estrategia tiene sentido. Al menos, tiene sentido si se asume (como parece hacer la dirección de Microsoft) que el sistema operativo ha de ser protegido a cualquier precio. La verdadera cuestión es si cada moda tecnológica nueva que aparezca ha de usarse como muleta para sostener la posición dominante del sistema operativo. Al enfrentarse al fenómeno de la Web, Microsoft tuvo que desarrollar un navegador web realmente bueno, y lo hicieron. Pero entonces tuvieron que elegir: podían hacer que ese navegador funcionara en múltiples sistemas operativos, lo cual daría a Microsoft una posición fuerte en el mundo de Internet con independencia de lo que le pasara a la cuota de mercado de su sistema operativo. O podían integrar el navegador con el sistema operativo, apostando a que esto haría que su sistema operativo pareciera tan moderno y atractivo que ayudaría a conservar su dominio en ese mercado. El problema es que cuando la posición del sistema operativo Windows empiece a venirse abajo (y dado que actualmente es de cerca del noventa por ciento, no puede sino descender) arrastrará todo tras de sí.

En la clase de geología del instituto probablemente les enseñaran que toda la vida sobre la Tierra existe en una delgada capa llamada biosfera, que existe entre miles de kilómetros de roca muerta por debajo, y frío espacio vacío, muerto y radiactivo, por encima. Las compañías que venden sistemas operativos existen en una especie de tecnosfera. Por debajo está la tecnología que ya es gratuita. Por encima está la tecnología que todavía ha de ser desarrollada, o que es demasiado disparatada y especulativa para ser explotada de momento. Como la biosfera de la Tierra, la tecnosfera es muy fina comparada con lo que tiene por encima y por debajo.

Pero se mueve mucho más rápido. En diversas partes del mundo, es posible visitar ricas capas fósiles en las que hay esqueletos apilados, los más recientes encima y los más antiguos debajo. En teoría, todos se remontan a los primeros organismos unicelulares. Y si se usa la imaginación un poco, uno se dará cuenta de que, si se queda ahí el tiempo suficiente, también quedará fosilizado, y con el tiempo algún organismo más avanzado quedará fosilizado encima tuyo.

El registro fósil --La Brea Tar Pits2-- de la tecnología software es Internet. Cualquier cosa que aparezca allí se puede tomar de forma gratuita (posiblemente ilegal, pero gratuita). Los ejecutivos de compañías como Microsoft tienen que acostumbrarse a la experiencia --impensable en otras industrias-- de invertir millones de dólares en el desarrollo de nuevas tecnologías, tales como navegadores web, y luego ver cómo aparece en Internet el mismo software, o un software equivalente, dos años, un año, o incluso pocos meses después.

Al seguir desarrollando nuevas tecnologías y añadiendo posibilidades a sus productos, pueden mantenerse un paso por delante del proceso de fosilización, pero algunos días deben de sentirse como mamuts atrapados en La Brea, usando todas sus energías para salir adelante, una y otra vez, escapando de la pegajosa brea caliente que quiere cubrirles y engullirles.

La supervivencia en esta biosfera requiere colmillos fuertes y pies que puedan pisotear en un extremo de la organización, y Microsoft es famosa por tenerlos. Pero pisotear a los otros mamuts en la brea sólo puede mantenerte vivo cierto tiempo. El peligro es que, con su obsesión por mantenerse fuera de las capas fósiles, estas compañías olviden lo que hay por encima de la biosfera: el ámbito de la nueva tecnología. En otras palabras, deben seguir con sus armas primitivas y bastos instintos competitivos, pero también han de desarrollar cerebros potentes. Parece ser que esto es lo que está haciendo Microsoft con su departamento de investigación, que contrata a personas inteligentes por doquier. (Y aquí debo mencionar que, aunque conozco y me relaciono con varias personas del departamento de investigación de esa compañía, nunca hablamos de negocios, y no tengo ni idea de qué demonios están haciendo. He aprendido mucho más sobre Microsoft usando el sistema operativo Linux de lo que habría aprendido usando Windows).

Da igual cómo hiciera antes dinero Microsoft; hoy en día, hace dinero gracias a una especie de arbitraje temporal. Arbitraje, en el sentido habitual, significa hacer dinero aprovechándose de las diferencias en los precios de algo en diferentes mercados. En otras palabras, es espacial y se basa sobre el hecho de que el árbitro sabe por qué tecnologías pagará dinero la gente el año que viene, y cuánto tardarán esas tecnologías en volverse gratuitas. Lo que el arbitraje espacial y temporal tienen en común es que ambos pivotan sobre la información extremadamente buena del árbitro; información sobre los gradientes de precios en un momento dado en un caso, sobre los gradientes de precios a lo largo del tiempo en un lugar dado en el otro.

Así que Apple/Microsoft ofrecen nuevas posibilidades a sus usuarios casi a diario, con la esperanza de que un flujo constante de genuinas innovaciones técnicas, combinadas con el fenómeno del «quiero creer» impedirá que sus clientes miren al otro lado de la carretera, hacia los sistemas operativos, mejores y más baratos, que tienen disponibles. La cuestión es si esto tiene sentido a largo plazo. Si Microsoft es adicta a los sistemas operativos como Apple lo es al hardware, entonces se apostarán la camisa por sus sistemas operativos, y vincularán todas sus nuevas aplicaciones y sistemas operativos a ellos. Su supervivencia dependerá entonces de estas dos cosas: añadir más posibilidades a sus sistemas operativos, de tal modo que sus clientes no se pasen a las alternativas más baratas, y mantener la imagen que, de algún modo misterioso, les da a estos clientes la sensación de que obtienen algo a cambio de su dinero.

Este último es un fenómeno cultural verdaderamente extraño e interesante.

La cultura de la interfaz Top

HACE UNOS AÑOS1 entré en una tienda cualquiera y me encontré con la siguiente escena: cerca de la entrada había una pareja joven frente a un gran mostrador de cosméticos. El hombre sostenía estólidamente una cesta de la compra en las manos mientras su compañera arramblaba con productos de maquillaje del mostrador y los apilaba en la cesta. Desde entonces siempre he pensado en ese hombre como la personificación de una interesante tendencia humana: no sólo no nos ofenden las imágenes manufacturadas sino que nos gustan. Prácticamente insistimos en ello. Estamos ansiosos por ser cómplices de nuestro propio engaño: por pagar dinero por el pase a un parque temático, votar a un tipo que obviamente nos está mintiendo o permanecer de pie sosteniendo la cesta que se llena de cosméticos.

Hace poco estuve en Disney World, concretamente en la parte llamada el Reino Mágico, caminando por Main Street USA. Esta es la perfecta pequeña ciudad victoriana y cuca que lleva al castillo Disney. Había mucha gente; nos abríamos camino más que caminábamos. Justo delante mío había un hombre con una videocámara. Era una de esas nuevas videocámaras en las que, en vez de mirar por un visor, contemplas una pantalla plana en color del tamaño de un naipe, que televisa en directo lo que quiera que la cámara esté grabando. Sostenía el aparato cerca de la cara, de tal modo que le tapaba la vista. En vez de ir a ver una pequeña ciudad de verdad gratis, había pagado dinero por ver una falsa, y en vez de verla a simple vista estaba contemplándola por televisión.

Y en vez de quedarme en casa y leer un libro, yo le estaba mirando a él.

La preferencia de los estadounidenses por las experiencias mediadas resulta bastante obvia, y no voy a dar la murga con ello. Ni siquiera voy a hacer comentarios desdeñosos acerca de ello --después de todo, yo estaba en Disney World como cliente de pago--. Pero claramente está relacionado con el colosal éxito de las GUI, así que tengo que hablar algo acerca de ello. A los de Disney se le dan mejor que a nadie las experiencias mediadas. Si entendieran qué son los sistemas operativos, y por qué los usa la gente, aplastarían a Microsoft en uno o dos años.

En la sección de Disney World llamada el Reino Animal hay una nueva atracción, que se supone abrirá en marzo de 1999, llamada el Viaje por la Jungla del Maharajá. Lo habían abierto como anticipo cuando yo estuve allí. Es una reproducción completa, piedra a piedra, de una hipotética ruina en las junglas de la India. Según decían, fue construida por un rajá local en el siglo XVI como reserva de caza. El rajá iba allí con sus principescos huéspedes a cazar tigres de Bengala. Con el paso del tiempo, quedó abandonada y la ocuparon los tigres y los monos; finalmente, en torno a la época de la independencia de la India, se convirtió en una reserva natural del gobierno, ahora abierto a los visitantes.

El lugar se parece más a lo que he descrito que ningún edificio real que se pueda encontrar en la India. Todas las piedras en los muros derrumbados tenían el aspecto de haber sido desgastados por las lluvias monzónicas durante siglos, la pintura de las paredes está descascarillada y apagada y los tigres de Bengala se mueven entre las columnas rotas. Allí donde se podrían realizar reparaciones modernas en la antigua estructura, se han hecho, pero no como las llevarían a cabo los ingenieros de la Disney, sino ahorrativos encargados indios, con bambú y barras herrumbrosas. La herrumbre está pintada, claro, y protegida de la herrumbre auténtica por una capa de plástico transparente, pero no se nota a menos que uno se agache.

En cierto punto se puede caminar junto a un muro de piedra con una serie de desgastados frisos antiguos esculpidos. Un extremo del muro se ha derrumbado y caído a tierra, quizás debido a algún terremoto largo tiempo olvidado, y uno o dos paneles tienen anchas fisuras, pero la historia sigue siendo legible: primero, el caos primordial lleva a la creación de muchas especies animales. Luego, vemos el Árbol de la Vida rodeado de diversos animales. Esta es una alusión obvia al enorme Árbol de la Vida que domina el centro del Reino Animal de Disney, igual que el Castillo domina el Reino Mágico o la Esfera domina Epcot. Pero está hecho en un estilo históricamente correcto, y probablemente engañaría a cualquiera que no tuviera un doctorado en historia del arte indio.

El siguiente panel muestra a un homo sapiens bigotudo derribando el Árbol de la Vida con una cimitarra y a animales huyendo en todas direcciones. El panel que va después muestra al errado humano golpeado por un tsunami, parte de un Diluvio presumiblemente provocado por su estupidez.

El panel final muestra al Brote de la Vida que vuelve a crecer, pero ahora el Hombre ha abandonado su afilada arma y se ha unido a los demás animales, que lo rodean para ensalzarlo y adorarlo.

Es, en otras palabras, una profecía del cuello de botella: la situación, planteada habitualmente por los modernos ecologistas, de que el mundo se enfrentará pronto a un periodo de graves tribulaciones ecológicas que durarán unas pocas décadas o siglos y acabarán cuando encontremos un nuevo y armonioso modus vivendi con la Naturaleza.

En conjunto, el friso es una obra bastante brillante. Obviamente no es una antigua ruina india, y alguna persona o personas vivas merecen ser elogiadas. Pero no hay firmas en la reserva de caza de Maharajá en Disney World. No hay firmas en nada, porque arruinaría el efecto si largos créditos colgaran de cada ladrillo desgastado a medida, como en las películas de Hollywood.

Entre los guionistas de Hollywood, Disney tiene la reputación de ser una madrastra verdaderamente malvada. No resulta difícil ver por qué. Disney está en el negocio de los productos de ilusión sin fisuras --un espejo mágico que refleja el mundo mejor de lo que realmente es--. Pero un escritor está hablando literalmente a sus lectores, no sólo creando un ambiente o presentándoles algo donde mirar; y así como la interfaz de línea de comandos abre un canal mucho más directo y explícito entre usuario y máquina que la GUI, lo mismo sucede con palabras, escritor y lector.

La palabra, al final, es el único sistema para codificar los pensamientos --el único medio-- que no es fungible, que se niega a disolverse en el torrente devorador de los medios electrónicos (los turistas más ricos en Disney World llevan camisetas con los nombres de diseñadores famosos impresos, porque los propios diseños pueden copiarse fácilmente y con impunidad. El único modo de fabricar ropa que no puede copiarse legalmente es imprimir palabras con copyright y marca registrada; una vez se ha dado ese paso, la ropa misma ya no importa realmente, y así una camiseta es tan buena como cualquier otra cosa. Las camisetas con palabras caras son ahora la insignia de la clase alta. Las camisetas con palabras baratas, o sin palabras, son para el común de los mortales).

Pero esta cualidad especial de las palabras y de la comunicación escrita tendría el mismo efecto sobre el producto de la Disney que un graffiti de spray sobre un espejo mágico. Así que la Disney lleva a cabo la mayor parte de su comunicación sin recurrir a las palabras, y en su mayor parte, no se echa de menos las palabras. Algunas de las propiedades más antiguas de la Disney, como Peter Pan, Winnie Pooh, y Alicia en el País de las Maravillas, salieron de libros. Pero los nombres de sus autores se mencionan raramente, si es que se mencionan, y no se pueden comprar los libros originales en la tienda Disney. Si se pudiera, parecerían viejos y extraños, como versiones muy raras de los originales más puros y auténticos de la Disney. Comparados con producciones más recientes como La Bella y la Bestia y Mulan, las películas de la Disney basadas en estos libros (en particular Alicia en el País de las Maravillas y Peter Pan) parecen profundamente extrañas, y no del todo apropiadas para niños. Lo cual es razonable, porque Lewis Carroll y J.M. Barrie eran hombres muy raros, y la naturaleza de la palabra escrita es tal que su rareza personal se filtra a través de todas las capas de disneyficación como rayos X a través de una pared. Probablemente, por esta misma razón, la Disney parece haber dejado de comprar libros y ahora encuentra sus temas y caracteres en los relatos tradicionales, que tienen la cualidad lapidaria y gastada por el tiempo de los antiguos bloques de piedra de las ruinas del Maharajá.

Si siguiéramos a esos turistas a sus casas, podríamos encontrar arte, pero sería el tipo de arte folclórico no firmado que venden en las tiendas de la Disney de tema africano y asiático. En general, sólo parecen estar cómodos con medios que han sido ratificados por su antigüedad, por su aceptación popular masiva o por ambas cosas.

En este mundo, los artistas son como los obreros anónimos y analfabetos que construyeron las grandes catedrales en Europa y luego desaparecieron en tumbas anónimas del cementerio. La catedral en conjunto es apabullante y conmovedora a pesar de, y posiblemente debido a, el hecho de que no tenemos ni idea de quién la construyó. Cuando caminamos por ella comulgamos no con obreros individuales sino con toda una cultura.

Disney World funciona del mismo modo. Si se es un intelectual, un lector o un escritor de libros, lo más amable que se puede decir al respecto es que la ejecución es soberbia. Pero resulta fácil encontrarlo todo un poco siniestro, porque falta algo: la traducción de todo su contenido a palabras escritas, claras y explícitas, las atribución de las ideas a personas específicas. No se puede discutir con ello. Parece como si se estuviera pasando por alto un montón de cosas, como si Disney World nos estuviera engañando, y posiblemente colándonos todo tipo de asunciones ocultas y pensamiento débil. Pero esto es exactamente lo mismo que se pierde en la transición de la interfaz de línea de comandos a la GUI.

La Disney y Apple/Microsoft están en el mismo negocio: cortocircuitar la laboriosa y explícita comunicación verbal con interfaces de diseño caro. La Disney es una especie de interfaz de usuario en sí misma --y más que meramente gráfica--. Llamémosla interfaz sensorial. Puede aplicarse a cualquier cosa en el mundo, real o imaginada, aunque a un precio apabullante.

¿Por qué rechazamos las interfaces basadas en la palabra, y preferimos las gráficas o sensoriales --una tendencia que explica el éxito tanto de Microsoft como de la Disney?

Parte de ello es simplemente que el mundo es ahora muy complicado --mucho más complicado que el mundo de los cazadores-recolectores con el cual evolucionaron nuestros cerebros-- y sencillamente no podemos manejar todos los detalles. Tenemos que delegar. No tenemos más opción que confiar en algún artista anónimo de la Disney o en algún programador de Apple o Microsoft para que elijan por nosotros, nos libren de algunas opciones y nos den un resumen convenientemente empaquetado.

Pero más importante es el hecho de que durante este siglo el intelectualismo falló, y todo el mundo lo sabe. En lugares como Rusia y Alemania, la gente común renunció a su control sobre los modos de vida tradicionales, costumbres y religión, y permitió que los intelectuales llevaran el cotarro, y los intelectuales lo estropearon todo y convirtieron el siglo en un matadero. Aquellos intelectuales de tanta palabrería solían percibirse como algo meramente tedioso; ahora también parecen algo peligrosos.

Los estadounidenses somos los únicos que no salimos malparados en ningún momento de todo esto. Somos libres y prósperos porque heredamos sistemas políticos y de valores fabricados por un conjunto dado de intelectuales del siglo XVIII que por casualidad acertaron. Pero hemos perdido contacto con esos intelectuales, y con cualquier cosa parecida al intelectualismo, hasta el punto de no leer libros ya, aunque sabemos leer. Estamos mucho más cómodos transmitiéndoles esos valores a las generaciones futuras de forma no-verbal, mediante el proceso de inmersión mediática. Parece que esto funciona hasta cierto punto, porque la policía en muchos países ahora se queja de que los arrestados insisten en que les lean sus derechos, como en las películas de policías estadounidenses. Cuando se les explica que están en un país