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Literatura Este artículo ha sido consultado en 636 ocasiones. El 10 de septiembre del 2003, por la tarde, recibí la llamada de Jorge de Icaza para agradecerme la felicitación por su designación al cargo de subsecretario de Turismo. Cuatro años habían pasado desde la última vez que nos veíamos y pensé que quizás había llegado el siempre inusual momento de comportarse racionalmente y hacer las paces. Conocía a Jorge desde aquella época en la que, juntos, cursamos el bachillerato en el elitista Centro Universitario México. Durante esa época mis padres hicieron un considerable esfuerzo pagando puntualmente los bimestres con la esperanza de que su hijo “hiciera relaciones para el futuro”, pues sabido era que el CUM era la institución de enseñanza para los adolescente bien de México. Y en efecto, varios de mis compañeros eran hijos de políticos y empresarios prominentes. Jorge era uno de ellos, su padre, — al que veía poco pues su oficina principal estaba en Houston—, era socio de lujosos hoteles y restaurantes en todos los continentes del orbe. Por mi parte, yo pasaba como un miembro más de aquel selecto grupo de muchachos cuyas ortodoncias en conjunto costaban más que un palacio veneciano. Nadie al verme sospecharía que en realidad yo vivía en aquel viejo edificio de la calle Segovia, en la colonia Álamos, a tres cuadras de Tlalpan. Pues el hecho — y aquí he de dejar la modestia de lado en pos de un relato claro y fidedigno— el hecho, repito, era que por algún extraño azar del destino mi conformación genética concordaba maravillosamente bien con la moderna y vana convención social de la estética personal; soy, pues, lo que llaman en la revista Cosmopolitan “un hombre atractivo”. Durante esa época a Jorge y a mí nos unió el interés por las faldas cortas y las noches largas. Él tenía fama de calavera y yo de ingenioso, y en ocasiones, hasta de agudo. Por lo demás a ninguno de los dos la escuela nos preocupaba demasiado, él repartía a los profesores, con notable prodigalidad, vales de hoteles con desayunos incluidos. Por mi lado, mi despreocupación provenía del hecho de yo era ese tipo de estudiante al cual suelen llamar (sepa Dios porqué) matado. Aprobaba las materias fácilmente y sin ningún placer, los maestros eran mediocres, exigentes y vulgares. Físicamente Jorge y yo eramos muy parecidos, ambos eramos altos y poseíamos un abundante cabello rizado. En ocasiones Jorge me presentaba como su hermano, en parte para jugar una broma trivial a algún familiar lejano y pobre —el cual, invariablemente, se mostraba sorprendido y desconcertado y tornaba sus ojos hacia el cielo raso como forzando la memoria y haciendo un gesto de “¿cómo pude olvidar algo así?”—. Pero también lo hacía porque entre los dos nos teníamos verdadero cariño y esa broma estrechaba aún más nuestra, ya de por sí, fuerte amistad. Creo que llegado el momento los dos nos sentíamos así; realmente hermanados en algo que estaba más allá de una mera amistad nacida al cobijo del desparpajo juvenil. En el deportivo rojo que le regalo su mamá cuando cumplió diecisiete años Jorge me enseñó a manejar, juntos practicábamos el canotaje en Cuemanco hasta altas horas de la noche, gracias a los generosos “donativos” que Jorge entregaba a los conserjes que cuidaban de la pista. Ahora, a la distancia, creo que una de las cosas que influyó en nuestra profunda amistad fue que nunca el dinero afecto nuestra relación. Él era rico con naturalidad, no es que se avergonzara de su riqueza, pero no hacía alarde de ella. Su relación con el dinero era (casi siempre) el de un caballero victoriano; distante y discreta. Yo por mi parte jamás le envidié nada, ni siquiera cuando su padre lo mandaba en el verano a Nueva York o Barcelona mientras yo me quedaba en la ciudad a ayudar a mi padre. Creo que esta falta de envidia por la glamorosa vida de mi amigo se debía al hecho de que en ese entonces yo era, — con vasta plenitud—, un muchacho feliz, y la felicidad, es un fin en sí mismo; quien es feliz no envidia a nadie, no necesita nada. Recuerdo muchas tardes que pasé en su casa de Polanco, donde todo era grande y nuevo, la televisión, el refrigerador, la cocina. Su madre me veía con buenos ojos pues hasta ella había llegado la noticia de que mi ensayo histórico sobre Knossos y los minóicos había ganado una medalla en el certamen anual de los hermanos maristas. Sin embargo, y a pesar de tener la certeza de la estimación que mi amigo y yo nos profesábamos, existían ocasiones — muy escasas, justo es señalarlo— en las que Jorge sentía la imperiosa necesidad de establecer su “rango” sobre mí, sobre todo cuando había algo en juego. En general, cuando salíamos a pasar la noche él pagaba las cuentas, pues yo ni soñando podía reunir el dinero para costearme las discotecas del Pedregal y Cuernavaca a las que le gustaba asistir. En una ocasión nos encontramos a dos chicas españolas, una de ellas, morena y de ondulados y negros cabellos llamó la atención de Jorge. Pero esa noche —quizás exaltado por el alcohol— yo sentía una confianza plena en mí mismo. Inspirado y logrando un gran despliegue de ingenio y elocuencia — como se despliega un ave macho del trópico— hice reír a la chica con elaboradas e imaginativas historias y cuentos, hasta dejar a Jorge totalmente fuera de escena. En un momento torné la cabeza para tomar un cigarro de mi abrigo, al volverme, me esperaban unos labios impacientes, húmedo y cálidos. Después de eso Jorge se dedicó toda la noche a platicar con la otra chica, incluso acaricio el cabello de la española. Yo me alegré por él, y lo mire con el respeto y la consideración con las que se mira al buen perdedor. Pero rato después, al momento de llegar la cuenta me miró y dijo alzando la voz de manera innecesaria; “Son tres mil pesos, dáme tu parte, ahora no traigo mucha plata”, me quedé estupefacto, durante unos segundos no supe qué hacer, que decir, sólo sentía los ojos indiscretos que me escrutinaban — ávidos de escándalo — desde las mesas vecinas. Rojo de ira y de vergüenza, apenas alcance a sacar un miserable billete de cincuenta pesos. Todavía puedo recordar las miradas desviadas de vergüenza ajena, y en el fondo, algunas risas. Pero él estaba intoxicado, en parte por el whisky, pero sobre todo, de la atropellada necesidad de la venganza. Cuando el valet parking trajo su coche me dijo “te dejo en tu casa, ¿verdad?”, no pude más que asentir con la cabeza. Todo el trayecto hasta mi casa fue un silencioso y sólido tormento. Una de las chicas, por lástima hacia mi, encendió la radio y tontamente tarareo una canción que, evidentemente, no había escuchado en su vida. Tiempo después, por los amigos de clase, supe que había ido a un hotel de su padre y se había tirado a mi chica. Sin esfuerzo pude imaginar, como si la hubiese visto, toda la escena previa; el arribo a la recepción del hotel donde un lascivo gerente se habría mostrado servicial y solícito ante “el hijo del patrón”. La actitud prepotente de Jorge, las vistosas propinas, las palabras exclamadas a toda voz; “cancela las reservaciones a la Suite Cristal, la voy a ocupar, manda un black label y algo de comer”. Todo esto lo imaginaba mientras ayudaba a mi padre en la tienda de licuadoras y aparatos electrodomésticos que tenía a pocas calles de la casa, junto al mercado. Por lo general después de un tiempo y ya cuando la tirria se estaba enfriando, perdonaba a mi amigo de estos ataques ególatras. Habrá quien diga, al ver las apariencias de esta historia, que yo me comportaba como un lacayo, pero nada hay de esto, precisamente porque soy un hombre que no tiene dudas sobre sí mismo puedo olvidar una mala acción. El hecho es que yo lo perdonaba, en parte porque sabía que él realmente lamentaba todo aquello y a la larga, también le dolía. En parte también porque en mi carácter no caben ni el odio ni el rencor y yo era sincero cuando al encontrarnos en algún pasillo o la biblioteca del colegio pocas semanas después del pleito el me preguntaba “¿ahí muere?”, y yo le respondía “vale, ahí muere”. Y en efecto, ahí moría, sin rencores. Quizás, inconscientemente, yo sentía que perdonarlo era la única manera de vengarme de él: yo era él generoso, el magnánimo y él, una cucaracha envidiosa. Sea como fuese me desconcertaba el hecho de que Jorge nunca contaba los detalles de aquellas escenas a ninguno de los otros compañeros del colegio, a pesar de que de haberlo hecho, él aparecía ante los demás como un poderoso señor en su papel de perdonavidas. No me duele decirlo, Jorge era un caballero. Pero he de aclarar que en los tres años que compartimos en el colegio fueron realmente excepcionales las apariciones de estas conductas en Jorge, tan alejadas de lo que yo sabía, era su verdadero carácter, un carácter generoso y afable, aunque a veces un tanto dado a lo fanfarrón y a lo exagerado. Pero las cosas, buenas o malas, no duran para siempre y llegó el momento —anhelado y temido—, de elegir carrera. Jorge, fuertemente influenciado por su padre y para mi sorpresa, ingresó a la facultad de medicina y yo, a pesar del mío , en la de filosofía, ambos en la Universidad Nacional. Como era previsible, nos distanciamos y ya nunca llegamos a compartir aquella cercanía de los años del colegio. Sin embargo, nos veíamos cada pocos meses para tomar cervezas mientras armábamos aviones a escala, los cuales constituían la pasión de Jorge, quizás la única que le conocí en la vida. Alguna vez fuimos a ver jugar al equipo de la Universidad en el Estadio Olímpico. Hacia el final de su carrera Jorge partió hacia una especialización en Suiza, yo por mi parte inicie un posgrado en Canadá. Nos perdimos el rastro, durante más de cinco años no supe nada de mi amigo, en Canadá conocí a Hellen y con ella cruce las rockies en primavera, en el cruce entre Alberta y St. Etienne. Al regresar al país fui nombrado maestro titular de la facultad y me fue asignada la cátedra sobre Spinoza. Viví dos años con Hellen, con la cual tuve una hija, pero al poco tiempo de nacida nos separamos y ella regresó a Montrèal.
Suelo tomar mi taza de expresso en un diminuto y estrecho café sobre la acera de avenida Copilco, rumbo a Taxqueña. Ahí me encontraba leyendo La Jornada cuando escuche un grito que alguien produjo cerca de la puerta “¿¡Luis!?, ¡Luis Mendoza!”, miré sorprendido, ¡era Jorge de Icaza!, mi amigo de la preparatoria. Mientras nos observábamos mutuamente para comprobar que tanto habíamos cambiado fingimos una calculada efusión con un exaltado saludo. “¿Cómo has estado?, leyendo La Jornada, sigues siendo un rojillo.” Y luego agregó “Ambos recién cumplimos los treinta años ¿eh?” me dijo levantando la ceja, “¿recuerdas que nos burlábamos de los muchachos de veintidos años por viejos?”, “Si, claro” — le respondí — , “claro que me acuerdo, ¿has notado que desde los veinticuatro, los años pasan como si fueran de seis meses ?”. En pocas palabras me resumió su vida: había estado en Suiza, en el politécnico de Zurich, en su familia siempre habían ejercido notables médicos, su padre quería que él lo fuera pues los dos hermanos mayores se ocupaban de los negocios familiares. Cursó la carrera para darle gusto a su padre, pero a la muerte de éste había abandonado el politécnico. En lugar de ello estuvo vagando casi un año por Francia e Italia, luego fue a Milán para entrenarse en el negocio hotelero. En Florencia conoció a Pauline, una artista de Marsella “Una mujer maravillosa, ya la conocerás ella está encantada con México, porque por supuesto, me la traje, al principio no quería venir, pero ahora anda por todos lados. Ella lo quiere probar todo, desde los tamales hasta los escamoles, se la pasa en el Gran Hotel, pintando cosas del centro, le regalé un coche, pero ella prefiere usar el metro, dice que no entiende el rostro de los mexicanos, la intriga, “pero ¿que hay que entender?” le digo yo, son una jeta con ojos y una boca jajajaj!!” se carcajeo dando un manotazo a la mesa, y sentí que yo no conocía esa carcajada. Señaló, además, que ahora repartía su tiempo entre el negocio familiar y una agencia de viajes que había abierto por su cuenta “porque hay que tener independencia” me dijo. Hablamos casi por dos horas, desmenuzando con cariño los tiempos de oro que fueron. Con gran tacto lamentó lo de mi separación. Hacia las nueve de la noche nos despedimos y me citó en su casa del pedregal para el fin de semana. Al alejarme del café con rumbo a Coyoacán caminé meditando sobre el inesperado encuentro, al realizar ese mal hábito de analizar mis emociones me percataba de que la sensación general que había permanecido era de alegría; realmente me había dado sincero gusto ver de nuevo a Jorge de Icaza. Sin embargo, podía sentir, —allá a lo lejos— , un regusto de tristeza, y hasta de intranquilidad en un perdido pliegue de mi conciencia. El hecho era que Jorge era diferente y a la vez, el mismo, el de siempre. Con resignación comprobé que aquellos sentimientos provenían de la innegable realidad de que mi amigo, a pesar de sus muchos viajes, se había transformado en un hombre prosaico, burdo, quizás hasta vulgar. Absurdamente había construido con el recuerdo de Jorge, la imagen de un chico trasnochador y rebelde, pero también sensible, un poco dandy, en resumen, la imagen de un hermoso poeta adolescente. Ahora me daba plena cuenta de que ese recuerdo lo había guardado en el altar más caro a mi espíritu. Pero hete aquí que en lugar de esa memoria venerable aparecía este hombre práctico, de aspecto sólido, lengua fácil y trivial, amante de los autos y poseedor de un pensamiento rastrero. Esta toma de conciencia me revelo que aquellos sentimientos de tristeza e intranquilidad provenían del hecho de que yo me sentía —injustificadamente por lo demás— traicionado. Adivinaba que para Jorge, aquellos años juveniles sólo servían para evocar recuerdos de “cierta locuras juveniles” mientras que para mí los años en el colegio fueron un periodo crítico y decisivo en la cristalización final de mi personalidad. ¿Pero por que había elaborado esa imagen de Jorge?, sopesando los recuerdos del pasado lo único que ahora veía era a un burgués mimado por la vida y alimentado con comida rápida de pollo Kentucky. Por ningún lado aparecían memorias de un Jorge con alguna potencialidad artística; la música que escuchábamos en ese entonces era tan mala y artificial como la que escuchan los adolescentes de ahora. Nunca lo vi leyendo más que los libros de las clases. En aquellos años, intenté, sin éxito, traducir a Carl Sandburg y cometí la insensatez de declararme seguidor—¡oh insolente e inexperta juventud!— de Oliverio Girondo. Pero nunca hablé de esto con Jorge, supongo que porque yo adivinaba que él se hubiera burlado de mí y de “mis cosas”. Buscando en mi memoria tampoco había registrados actos heroicos ni valientes de Jorge, en general los dos rehuíamos las golpizas. Y, ¿no era acaso ese interés suyo en los aviones a escala algo ordinario y grosero? Al final concluí que la juventud, por sí misma, es un estado artístico, vital, lo suficientemente fuerte como para provocar en mi memoria aquella tenue beatificación de Jorge. Después de meditar un rato sobre esta ingrata cuestión el desasosiego que me agitaba se marchó para ceder su lugar a un estado más relajado. Un psicoanalista hubiese señalado que dicho efecto provenía de haber elevado los materiales a la conciencia, pero el hecho fue que aquella indefinida tristeza ya no me abandonó en toda la noche.
El sábado fue un día gris, de nubes obscuras y pesadas que formaban un cielo como de algodones percudidos, sin embargo, ese día no llovió. Me presenté a la dirección, el lugar era una casa con grandes ventanales, de aquel estilo conocido como “California”, donde la distribución de espacios se invertía; sala y el comedor se encuentran en el piso superior y las recámaras en el inferior, a la altura del jardín. Era una casa construida hacia la séptima década del siglo XX. Una doméstica me abrió, lo primero que vi en el garage de la casa me sorprendió con dulces y desordenados recuerdos: era el deportivo rojo que la finada madre de Jorge le había regalado hacia casi quince años. Se encontraba en perfectas condiciones, tal como lo había dejado la última vez que descendí de él. Adentro, en la casa, me encontré con la mesa lista. Jorge me recibió con una Victoria, --Tu cerveza favorita, lo recuerdo. — me dijo. “Espera voy a ver como va la comida” y se marcho a la cocina. Quedé sólo en medio de las inmensa sala, caminé alrededor del sofá sin saber que pensar de la decoración. De pronto, cuando veía hacia el fondo del jardín Pauline emergió detrás de unas palmas y sin notar mi presencia se dirigió hacia la casa por entre la estrecha vereda empedrada a un costado del jardín. Jamás olvidaré esa primera vez que la vi, caminó hacia donde yo estaba con la lenta elegancia majestuosa de una hembra jaguar después de alimentarse. Toda ella estaba vestida de negro, con pantalones de pana y un grueso sweater con cuello de tortuga. Era alta, blanquísima y de cabellos rojos, recogidos en una sencilla coleta que le rozaba los omóplatos. Por un momento pensé en la Dama del armiño que vi en el museo de Cracovia. Pauline poseía, si es posible decirlo así, una vigorosa languidez, solo Francia podía crear a una hembra mágica como ella. El verla evocaba tibias soledades mediterráneas. Calculé que tendría unos veinticinco años Era una mujer totalmente diferente a lo que yo había supuesto. Conociendo a Jorge sabía que aquella Pauline con la cual vivía debía ser una mujer guapa, pero no hermosa. No sé si me entiendan, esperaba una saludable y bovina europea occidental de grandes pechos, por supuesto aquello de que era “artista” lo tomé a broma, ¿que haría una verdadera artista con un hombre como Jorge? Pero ahora, al contemplarla cruzar el jardín, con las manos manchadas de elemental tierra negra, — como si viniera de finalizar un ritual dedicado a la tierra y al agua —, veía en Pauline a una mujer poseedora de una intimidante independencia. Al mismo tiempo delicada y moderna, de estilizada figura y enormes ojos verdes. No sé si desde ese momento yo estaba ya enamorado de ella, pero sí recuerdo que durante todo el transcurso de la tarde tuve que hacer un consciente y constante esfuerzo por apartar mi vista de su rostro. Durante toda la comida, ella parecía distraída y Jorge acabó por aburrirla contándole historias de nuestras épocas en el colegio, las cuales, evidentemente, sólo podían interesarnos a nosotros. Era claro que ella hubiese preferido quedarse en el jardín transplantando los bulbos de geranios, lo cual era justamente lo que había estado haciendo antes de yo llegara. En vano intente cambiar el curso de la conversación hacia temas más generales con el propósito de que ella tomara parte en la plática pero Jorge, después de hacer una rápida observación al tema que yo proponía, retomaba el hilo de modo que hasta yo comencé a desesperarme. Por fin al tocar el tema del templo mayor dijo: — Luis es un conocedor de las culturas prehispánicas, ¿no Luis? Porque no vas con él a ese lugar donde quieres ir. — ¿Adonde? — Pregunte por fin interesado — Xochicalco — Dijo ella en un español con un fuerte acento francés. Jorge no quiere acompañarme. — Me ha llevado a todos a lados, hemos ido tres veces a Teotihuacán en los últimos dos meses. Yo pido paz, anda Luis entra a mi relevo. — — Con gusto — dije en tono cordial fingiendo indiferencia para no revelar mi extraordinario interés. —Perfecto, pueden ir el martes — Sentenció Jorge. — Si, yo creo que si podemos — respondió ella dirigiéndome una mirada que no supe interpretar. Al salir de su casa, hice lo que suelo hacer cuando estoy confundido o feliz: caminé. No podía dejar de pensar en ella, en aquella figura del jardín de andar delicado y petulante. Recordé, como quien recupera un periodo perdido de su infancia por un olor, el oxímoron perceptivo conformado por la dichosa desesperación de quien está enamorado sin saberse correspondido. También, sin pensar mucho en ello, recuperé una línea perdida que me acompaño mucho tiempo; Es el amor, tendré que ocultarme o que huir. Cuando me dí cuenta, ya estaba llegando a San Ángel, enfrente del convento del Carmen abordé, exhausto, un taxi.
El martes, a las seis de la mañana Pauline pasó por mi y... pero, ¿a que prolongar este relato?. Pronto salimos muchas veces, en un pasaje del centro le dí un beso y ella lo correspondió. Luego de una plática con Jorge, — que derivó en riña— se mudó a mi apartamento de la calle Amsterdam, en la Condesa. ¿Cómo se describe la felicidad?. Pauline era una ser maravilloso, hija de un empleado bancario de Marsella, había huido a los dieciséis años para viajar por Italia en busca del verdadero arte. Había sobrevivido tres años en Nápoles con el escaso dinero que le enviaba su madre, luego había conocido a un artista plástico sueco con el que había vivido hasta que terminó internado en una clínica de rehabilitación de Uppsala. En Florencia se mantuvo con lo poco que ganaba vendiendo sus cuadros. Pero más allá de su historia personal lo fascinante en ella era que en realidad era una auténtica pintora, yo había conocido a muchas personas que se hacían llamar “artistas”, la mayoría hijos ociosos de familias adineradas, casi todos entregados a la fácil e irresponsable fe del arte conceptual. Aquí, una de esas artistas inflaba pelotas que lucían los bermellones títulos de “Envidia”, “Muerte”, “Traición” y las arrojaba entre el público. Aquél otro había recubierto con asfalto el monitor de una computadora, una chica había hecho crecer hierba en una tabla con ruedas que llamaba “ecopatineta”, uno más, se había hecho famoso iluminando durante dos horas un edificio en proceso de demolición. Ese conjunto de patéticas miserias conformaban lo que ahora era el “arte”. Pero más allá de obras concretas lo que yo veía en los artistas era un grupo de perezosos fumadores saturados de gestos y frases hechas, tratando de darle algo de autenticidad a sus ingrávidas vidas. Que esos vanos, pequeños y mezquinos espíritus busca-becas fuesen colocados en la misma categoría que las candentes mareas de fuego y cristal creadas por Carlyle, Brahms o Picasso era simplemente indignante. Y de pronto en medio de todos ellos la aplicada, laboriosa y discreta Pauline surgía como un ser fiel a si misma y auténtica. Soy incapaz de juzgar el valor artístico de su trabajo, pero sé que en las obras humanas los resultados son inferiores a su ejecución. Y sé, que Pauline trabajaba con frecuencia dieciséis horas al día prácticamente sin comer, sólo mordisqueando manzanas y uvas cuyos restos dejaba por toda la casa como pequeños cadáveres vegetales. Y todo lo hacía en busca de un efecto, de una sombra, de un combinación de colores, en el dominio y la exploración de una onda hecha con la espátula o el pincel. Durante estas jornadas de trabajo uno debía tener cuidado de guardar silencio y cuidar el volumen de la televisión, el radio y la computadora so pena de escuchar el afrancesado y no muy cortés grito de “¡bájale a ese aparato!”. Hasta Matia, — el gato que ella encontró en el parque y que trajo a casa sin preguntarme— realizaba sus gatunas actividades con absoluto silencio y discreción durante estas febriles temporadas de su dueña. Todo para que una mañana, luego de días de trabajo y sosteniendo una taza de té en la mano, Pauline exclamará “No sirve”. Y entonces Matia y yo la veíamos desmontar la enorme tela del caballete, apoyarla contra la pared del fondo del estudio y empezar a planear cosas de nuevo, desvelada y feliz. En ocasiones yo intentaba convencerla de que la pintura era buena, además, que ya estaba muy avanzada, sólo faltaban algunos retoques en ciertas figuras. Pero ante aquellas tímidas muestras de apoyo ella me interrumpía usando una voz amable pero definitiva con la cual repetía “No sirve”. Y luego, rodeándome con su brazos blancos y tersos me abrazaba muy fuerte, se acercaba a mi oído para susurrarme ”gracias... gracias, ..Je t'adore” y nos besábamos por primera vez en días. Luego nos sentábamos a desayunar, tomando café y roles de canela mientras intercambiábamos las secciones del periódico y Mita ronroneaba y perseguía bolitas de papel que su dueña le arrojaba por el piso ajedrezado de la cocina. Era hermoso verla así, yo la miraba de reojo, con su bata blanca y la toalla aún rodeándole el cabello, jugando con el gato en el regazo. Durante los días posteriores al “no sirve” Pauline dejaba de trabajar pues había quedado mentalmente exhausta y mucho más pálida. Pero ella no sabía estarse quieta, para distraerse, arreglaba la casa o salía con las amigas y amigos que había hecho en la ciudad, sobre todo en las fiestas de la embajada de Cuba donde eramos invitados frecuentes. Yo había escrito algunos artículos en un diario de Morelia criticando a las democracias latinoamericanas y ponderando la organización política de los colectivos cubanos. Mi intención había sido señalar a la democracia como algo deseable y al sistema político de la isla como inviable a largo plazo, pero al parecer los cubanos habían entendido aquellos artículos como una apología al régimen. Sea como fuese el caso era que yo siempre estaba feliz durante las treguas que se iniciaban con el famoso no sirve, pues sentía que ella estaba de vuelta en la casa luego de estar ausente por días. Para mi, esos lapsos de tiempo siempre eran demasiado breves. No obstante, a veces sus largas periodos de trabajo terminaban de manera distinta pues en esas ocasiones miraba con sus ojos verdes y enamorados la tela completamente terminada y decía con una enorme sonrisa en los labios: “no está mal, de veras que no está mal”. Estos, aunque muchos más escasos, eran los mejores días. Invariablemente, a la noche, nos vestíamos elegantes y yo la invitaba a cenar con amigos para celebrar su indudable triunfo sobre los tercos dioses del óleo y de la acuarela. Cuatro años pasaron así, los más felices de mi vida, nada se compara al encontrar un amor a medida, entre ambos nos consentíamos, cocinándonos las cosas que nos gustaban, y regalándonos pequeñas sorpresas que sabíamos que al otro le hacían feliz. Y ahora Jorge me enviaba un saludo. Casi no habíamos tenido la menor noticia de él en estos cuatro años. Como fuese, él era mi amigo, y no hubiese sido la conducta propia de un caballero ignorar su atención. Esa tarde, Jorge me habló a mi oficina de la universidad. Ignoro como obtuvo mi número. —Luis, nada de rencores — te invito a comer . Una noche llegué a casa y Pauline estaba fumando en la sala, ella casi nunca fumaba. — Jorge estuvo aquí — dijo ella. —A qué ha venido — pregunte como un idiota. —A despedirse, tiene cáncer, quiere que done algo de sangre — me contestó. —¿Lo harás? — —No ve porque no... El lunes iré — dijo ella. —Esta bien — asentí. El lunes siguiente estuve nervioso todo el día, me urgía llegar a la casa, verla. Sin embargo me detuve en el bar del Sanborn's de Chilpancingo por una copa, sabía que Pauline estaba alterada por todo esto y un compañero ansioso era quizás lo menos que le hacía falta, decidí mostrarme tranquilo, darle a los días el tranquilo bálsamo de la rutina. Llegue a casa cerca de la medianoche, me prepare un sandwich y entré a la recamara: la cama estaba intacta. Llamé a casa de Jorge, escuche su voz a través de su maquina contestadora. Baje los escalones del edificio de cuatro en cuatro y maneje hasta la casa de Jorge. Casi tiré la puerta a patadas, la doméstica de Jorge abrió. “¿Qué no lo sabe?, el señor murió el sábado por la mañana, ese mismo día lo cremaron. No quería velorios.” Quede estupefacto, Jorge estaba muerto, ¿pero Pauline? . Sólo pude pensar en alguien: el Doctor Maier. — ¿Tiene la dirección del Doctro Maier?, por favor, es urgente — dije, exigí, desesperado. — Debe estar en una de las memorias del teléfono, el señor le hablaba mucho al doctor, a veces el venía, se pasaba todo el día aquí — me respondió la domestica- —Por favor, déjeme entrar a buscarlo — le supliqué, exigí otra vez — necesito hablar con el doctor. —Pase, si quiere — me respondió— hoy es mi última noche. Van a vender la casa para no se qué fundación. —Si, si, gracias — como había dicho la doméstica, en la memoria del teléfono estaba el número del doctor. Marque de inmediato pero nadie me respondió. Sabía que no podía regresar a casa sin Pauline. — ¿Tienes la dirección de la clínica? — pregunté — Allí en un cajón hay un folleto, una vez acompañe a Nicolás, el chofer, está en San Andrés, en una desviación de la vieja carretera a Cuernavaca — me contestó. Salí corriendo, maneje fuera de mí, deje atrás la ciudad, la carretera estaba casi abandonada, después de tomar la desviación de terracería a San Andrés la obscuridad y el silencio pudieron ser absolutos. Toda mi alma estaba azorada por los más negros y contumaces presentimientos. Por fin, luego de un largo tramo vi un edifico grande y blanco, “la clínica” pensé. Durante el trayecto (esto lo pienso ahora), la realidad se hizo más delgada y tenue, todo los eventos siguientes sirvieron para construir una alucinación maligna, una pesadilla que no terminaba nunca. Deje el auto en la entrada, en una de las habitaciones del piso superior pude ver luz y la silueta de alguien que caminaba por el cuarto. La puerta que daba hacia el patio estaba abierta, en la recepción había mucha luz, pero no había nadie. Llamé en voz alta pero nadie respondió. Subí las anchas escaleras hacia el cuarto donde había visto la silueta. La puerta estaba entreabierta, empuje, pude ver, de espaldas, la figura fofa y rechoncha del Doctor Maier con un cigarro en la mano y la otra recargando el enorme peso de su cuerpo en el respaldo de un pequeño diván junto a su escritorio. — La vida no es un sueño, pero puede ser un sueño, escribió Novalis— dijó con su voz clara y fuerte de tenor. Supe que aunque de espaldas, el me había visto llegar — ¿Dónde está Pauline?. — pegunté en el tono más enérgico que pude hallar, en aquel momento hubiese dado lo que fuese por un revolver. —Aquí, — respondió con tranquilidad — venga conmigo. Me condujo por un pasillo, todos los olores de los hospitales parecían concentrase en ese pasillo. — ¿Sabe quién era Jorge de Icaza? — Me preguntó. — Qué, de qué demonios ... — intenté protestar — ¡Eran visionario! — me interrumpió — ¡De qué habla usted, que es todo esto!, por favor sólo digame que ella está bien. — supliqué — Siéntese por favor — Me dijo mientras señalaba un diván — Conocí al señor De Icaza en Francia. Entre los excesos del alcohol nos hicimos amigos, el tenía mucho dinero y yo buscaba un patrocinador. El, quizás para distraerse, escuchó mis ideas, luego, por supuesto, las olvidó. Poco tiempo después él se marcho a Italia y yo a Uganda, donde encontré abundante material para mis experimentos, por así decirlo. Pero hace dos años recibí una carta suya en la cual me urgía a venir a México a seguir mis investigaciones. Junto con la carta llegó un cheque con una cantidad exorbitante, sólo cobrable en México. De modo que vine a este hermoso país. Para ser honestos, debo confesarle que no solamente necesitaba el dinero, también había otras razones, si, aquellos idiotas de la comisión europea de derechos humanos me pisaban los talones. Al llegar aquí me enteré que el señor De Icaza tenía un cáncer muy avanzado, inoperable. — ¿Y usted es oncólogo? — pregunté. — No, por Dios no, yo soy tanatólogo. Estudio la muerte, o más precisamente, cómo vencerla.— dijo Maier en un tono gris, profesional. — Hasta ahora, el enfoque sobre cómo protegenernos de la muerte — continuó — ha sido erróneo. Los americanos intentan preservar todo el cuerpo conservándolo bajo temperaturas extremas. Pero las células, al congelarse forman cristales que destruyen todas las membranas celulares. ¡Aún las mitocondriales!. Incluso sumergiendo a una persona viva en nitrógeno líquido la conservación por este método es científicamente imposible, puedo asegurárselo. —Más en realidad, lo que se necesita preservar no es al cuerpo, sino a la persona. ¿Y qué es una persona sino un conjunto de circuitos neuronales formados en el cerebro?, — preguntó en tono retórico —, de modo que lo único que hay que preservar es el cerebro, el resto es sólo tosca maquinería biológica. Incluso el bulbo raquídeo, encargado de las funciones vegetativas puede ser desechado pues ya no hay órganos que controlar. ¡Imagínese los ahorros que se derivan de preservar sólo seiscientos gramos en contra de los ochenta y tantos kilos que pesa un occidental promedio¡ — sentenció el doctor Maier presa de un gran entusiasmo. Si, lo sé, cuesta trabajo aceptarlo, pero eso somos, seiscientos gramos de vulgar materia orgánica, la mayoría grasa. —El siguiente problema es cómo preservar el córtex cerebral una vez extirpado. ¡Y es el mismo cerebro quien se encarga de darnos la respuesta!. Como usted sabe el cerebro esta formado por neuronas y por células de mantenimiento llamadas glias, que no tiene ningún papel en el pensamiento, sino que su función es proveer a las neuronas de alimento y cuidados del mismo modo que las abejas obrera cuidan y alimentan a su reina. Estas son las células que se deterioran y mueren pues las neuronas son, en principio, inmortales, pues dado que nunca se duplican su ADN no se degrada, es decir, las neuronas nunca envejecen, son las glias las que fallan en su trabajo de neuroniñeras como yo les suelo llamar. Lo que yo descubrí fue la manera de producir de manera permanente glias que soporten al tejido extirpado, manteniéndolo vivo, para siempre. La inmortalidad real, científica ¡éste es mi legado al mundo!. Y diciendo esto puso sobre la mesa algo que parecía una olla de presión con un cristal al frente y numerosos indicadores en la tapa. Me acerque a observar aquel aparato, admito que con curiosidad. Al quitarle la tapa, en el interior de la caja se podía ver una estrecha y lustrosa plataforma oblonga, donde evidentemente descansaría el tejido, docenas de delgados tubitos saturaban el fondo de la olla. Todo aquel aparato era de acero inoxidable, con unas pocas gomas. —Esos serán las venas que llevarán el suministro de oxigeno y glucosa al tejido suspendido, — dijo señalando a los tubitos del fondo—. El mantenimiento del sistema es muy económico, sólo es necesario cambiar algunos filtros cada cincuenta o sesenta años. —Pero surgió un problema, y era que, al estar el cerebro vivo, también estaría despierto, y sin duda para la persona sería muy incómodo despertarse sin tener ningún sentido. Yo creo que sería una situación muy aburrida, así que me vi en la necesidad de extirpar los ojos para que la persona pudiera ver. A veces pongo una película para que se entretengan en su viaje al futuro. — ¿Qué está diciendo maldito loco?, ¿dónde esta Pauline? — dije (grité) como un poseído tomándolo de las solapas de su traje. —Oh, usted no sabe como llego a amar el señor de Icaza a esa muchacha, más de una vez lo vi sollozar por ella. Él por supuesto, al saber de su enfermedad tuvo el natural deseo de preservarse, y no lo culpo; el supo de mis éxitos con varios “voluntarios” Hutus y Tutsis de Uganda. La operación fue un éxito y el ya no tiene ningún temor a la muerte... pero temía a la soledad y busco una compañera para compartir su viaje a la eternidad. Yo, como usted supondrá, soy el heredero universal del señor De Icaza, así me aseguraré que él, (y ella), cuenten con un fondo encargado de su manutención y gocen de vida eterna. Venga, le presentaré al nuevo señor y señora De Icaza. Abrió una de las puertas de metal que estaban a un costado de su escritorio y vi seis cajas como las que me había mostrado, todas conectadas a una maquinaria lateral, a través del cristal en cada una de ellas se podían ver los cerebros extraídos y los ojos flotando, sin párpados, en una de ellas estaban los ojos marrón de Jorge. Todo me daba vueltas, por un momento enloquecí y corrí por los pasillos obscuros de la clínica acosado por un deseo vehemente de caer muerto. Pero el destino me guardaba un último horror, al llegar a un quirófano del fondo, vi azul y desnudo, el cuerpo mutilado de Pauline.
Última actualización: 2007-04-29 10:57:00-05 |
![]() acabo de ver a una "wera" Con esas tortas ni chesco pido!! =P 1 hour, 56 minutes ago De nuez empanadas rusas (zarzamora con queso filadelfia) 2 hours, 21 minutes ago Tacos&Champurrado pure power 3 hours, 11 minutes ago Aprendiendo el 'foreach' del C Shell en el Korn Shell... :-) 13 hours, 28 minutes ago nunca desarmes una lap de madrugada y sin lentes :'( 19 hours, 38 minutes ago en un cyber usando IE. :( 23 hours, 40 minutes ago Que estuvimos haciendo >> 14943 lecturas Anticoncepción de Emergencia 12952 lecturas Sexualidad infantil y juvenil 11491 lecturas Rompiendo cualquier clave WEP en unos pocos minutos 9444 lecturas Sinapsis y exocitosis 8631 lecturas Mi primer CakePHP, mmmmm cakeee 6823 lecturas Evolución filética en las hepáticas 6340 lecturas BASH y Primeros Comandos 5231 lecturas CakePHP II Active Record 5061 lecturas Cómo convertirse en hacker 4437 lecturas
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